Rahm Emanuel le hace el juego a los fanáticos
El discurso de Rahm Emanuel en Tel Aviv no estuvo dirigido a Israel, sino al electorado demócrata estadounidense. Detrás de sus críticas al Estado judío, el autor ve una maniobra de posicionamiento político que refleja hasta qué punto la cuestión israelí se ha convertido en una prueba de lealtad dentro de un Partido Demócrata cada vez más condicionado por su ala radical.

Imagen referencial de la bandera Israel
El 8 de julio, Rahm Emanuel subió a un escenario en la Universidad de Tel Aviv, a decirle a Israel que se ha convertido en un "paria territorial". Días después, con la cobertura mediática que generó ya instalada en Washington, la jugada revela con total claridad hacia dónde ha derivado el Partido Demócrata: incluso su ala "moderada" necesita, para sobrevivir, sumarse al coro que trata a Israel como el problema del mundo.
Empecemos por lo obvio, Emanuel no tenía ninguna necesidad de pronunciar ese discurso en Israel. Nadie en Jerusalén lo esperaba, nadie en Tel Aviv lo necesitaba, y la prensa israelí, ocupada esos días con la cumbre de la OTAN en Turquía y con la tensión creciente con Irán, apenas registró su visita. Pero un día antes de que hablara ya se sabía lo que iba a decir, su agente de prensa hizo bien su trabajo… The Washington Post, The New York Times, CNN y el resto del mainstream estadounidense, todos amplificando a un hombre que ni siquiera figura en las encuestas prematuras sobre 2028, mientras otros aspirantes con mucha más tracción real luchan por conseguir una fracción de esa cobertura.
Esa es la clave para entender el verdadero destinatario del viaje. Emanuel no voló a Tel Aviv para hablarles a los israelíes. Voló para que las cámaras de Washington lo filmaran hablándoles con dureza a los israelíes, y así poder presentarse ante los fanáticos, los influencers de la islamoizquierda, los activistas propalestinos, los donantes (¿del Golfo?) y el creciente ala radical de su propio partido que él es capaz de cuestionar a Israel con la misma dureza que ellos exigen, una credencial que, hoy, decide si un judío demócrata puede aspirar a algo en 2028. Es un truco de relaciones públicas tan viejo como efectivo: usar el escenario de otro país para resolver un problema de posicionamiento interno, y hacerlo, además, con la ventaja adicional de que el (especialmente seleccionado) público de la Universidad de Tel Aviv, alineado con la izquierda israelí, le garantizaba los aplausos que necesitaba para que el clip se viralizara de regreso en Estados Unidos.
Lo que Emanuel llamó su "solución de los 23 estados" no es más que la vieja y fracasada fórmula de dos Estados de Clinton y Obama, ahora maquillada con el peso simbólico de toda la Liga Árabe. Es la misma lógica, además, que el propio Emanuel ayudó a diseñar hace diecisiete años, cuando como jefe de gabinete de Obama impulsó la estrategia de crear "luz del día" entre Washington y Jerusalén: distancia pública como supuesta herramienta de presión constructiva.
El resultado de aquella apuesta es conocido, no acercó la paz un centímetro, y coincidió con la Segunda Intifada tardía, el fracaso terminal de Oslo y, finalmente, la masacre del 7 de octubre de 2023. Que el arquitecto de esa estrategia regrese casi dos décadas después a vender la misma receta, ahora con sanciones explícitas contra ciudadanos, funcionarios y bancos israelíes incluidos, no es prudencia diplomática ni sabiduría acumulada. Es la reincidencia de un hombre que necesita, por ambición personal, demostrarle a la base radicalizada de su partido que también sabe hablarle duro al Estado judío.
Emanuel elige no sumarse a los libelos que diariamente se difunden, pero enfrenta a quienes sí lo hacen. Esa cínica equidistancia es la formula diplomática de la judeofobia progresista que sermonea al país judío y a su “gobierno de derecha” para convencer a su propia base de que es correcto su propio sesgo antiisraelí.
Hay un punto que merece más espacio del que suele recibir, porque desnuda la hipocresía completa del "amor duro" de Emanuel. A Netanyahu se le reprocha, Emanuel incluido, la decisión de tolerar el ingreso de dinero qatarí a Gaza y de mantener abierto el paso de trabajadores gazatíes hacia Israel, calculando que ese beneficio económico traería la calma. El reproche es fácil de hacer en retrospectiva. En su momento, mientras ese esquema funcionaba, casi nadie lo señaló como un error; y es difícil imaginar a esos mismos críticos respaldando, antes del 7 de octubre de 2023, una ofensiva israelí para desarmar a Hamás por la fuerza. El fracaso de esa apuesta, entonces, no revela mal cálculo del primer ministro: revela que del otro lado no había ningún interés en preservar ni siquiera la paz precaria que ese dinero compraba.
La masacre del 7 de octubre no fue una respuesta a ninguna política israelí sino la confirmación de que, para la política palestina, cualquier gesto de convivencia es, en el mejor de los casos, una oportunidad táctica para preparar el próximo ataque. Lo que hizo Emanuel, desde un podio en Tel Aviv, es reescribir la historia para no tener que admitir que el fracaso nunca fue de decisión israelí, sino de la negativa palestina, sostenida durante cien años, a aceptar cualquier futuro que no implique la desaparición del Estado judío.
El mismo doble estándar se repite cuando Emanuel reclama el fin de la ayuda militar estadounidense como gesto de "amor duro" hacia Israel, presentándolo como una idea audaz y propia. Omite mencionar que fue el propio Netanyahu quien planteó primero la posibilidad de ir reduciendo esa asistencia. Al colgarse esa idea como si fuera suya, Emanuel pretende parecer más audaz que el gobierno israelí. Tampoco reconoce que el deterioro de imagen de Israel es resultado del financiamiento catarí a las universidades y medios, que determinaron buena parte de la opinión pública sobre Israel.
Emanuel es incapaz de aceptar que el Partido Demócrata ha sido secuestrado por su ala más radical y ciertamente no busca disputarle a Mamdani la narrativa antijudía y antioccidental que ahora reina en el partido. Insiste en que esta corriente no representa al partido, como si el hecho de haber ganado la alcaldía de la ciudad más grande del país, de haber duplicado su representación y estar ganando las internas de cara a las próximas elecciones no fuera, precisamente, representar al partido.
Esa negación es la misma que le permite a Emanuel presentarse como si su discurso en Tel Aviv fuera sobre política exterior, cuando en realidad es sobre supervivencia electoral interna. Y encaja, además, con el mecanismo que explica por qué el partido entero orbita alrededor de Israel en lugar de alrededor de la vivienda, la inflación, la inmigración o la inseguridad. Gaza se transformó en el examen de pertenencia para cualquier candidato demócrata que no quiera ser baneado del partido. Es una lógica cómoda para quien la aplica, porque convierte una política exterior lejana en el único parámetro que importa, mientras el propio partido gobierna ciudades donde ninguno de esos problemas domésticos logra resolverse.
Ese clima explica también episodios que deberían avergonzar a cualquier demócrata honesto: el senador estatal californiano Scott Wiener, que se postula al escaño que deja Nancy Pelosi, fue expulsado hace poco de un parque en San Francisco por el solo hecho de ser judío, pese a haber adoptado el mismo lenguaje de "genocidio" que exige la izquierda de su partido para tolerar a alguien con su apellido. No importó que su posición sobre Israel fuera prácticamente idéntica a la de quienes lo hostigaron. Lo único que lo distinguía de ellos era su identidad judía y su vínculo histórico con el Estado que ahora se supone que todo demócrata debe, como mínimo, poner en duda.
Ese reacomodo de Emanuel no ocurre en el vacío: ocurre porque el terreno bajo sus pies ya cambió de dueño. El 23 de junio, cuando el ala socialista duplicó su bloque en el Congreso de Nueva York, un congresista centrista describió esa noche, sin metáforas, como un "terremoto" y "una derrota enorme" para el liderazgo del partido; otro directamente resumió el estado de ánimo con un "hijos de puta, agárrense". El progresista Ro Khanna no disimuló el motivo del triunfo: celebró que esos candidatos ganaron porque estaban "dispuestos a plantarse frente a AIPAC".
Emanuel entendió ese mensaje mejor que nadie. Por eso no fue a Tel Aviv a conversar con un aliado; fue a asegurarse un lugar en la fila de salida, para cuando la ola radical del partido empiece a chocar contra la realidad de gobernar y de competir en distritos donde ese discurso no alcanza para ganar. Su apuesta es que en 2028 el partido necesitará a alguien que pueda decir, con la autoridad de haber servido a Clinton y a Obama, que también supo hablarle "con dureza" al Estado judío. Es la postura de alguien que decidió que la única manera de sobrevivir en su partido es sumarse, con vocabulario más elegante, al mismo desprecio hacia Israel que profesa el ala que dice combatir.
Y no hace falta que la apuesta sea necesariamente por la Casa Blanca, cosa que, francamente, parece muy improbable. A los 66 años, con un currículum que ya incluye la jefatura de gabinete, una alcaldía y una embajada, Emanuel bien podría estar construyendo el perfil de un compañero de fórmula: el nombre judío que un candidato demócrata necesitaría a su lado para sostener su coartada, tranquilizar a los donantes tradicionales, sin dejar de acreditar, gracias al espectáculo de Tel Aviv, que también sabe hablarle con dureza a Israel cuando el ala Mamdani lo exige. En cualquiera de los dos escenarios, el cálculo es el mismo: mostrarse comprensivo con la corriente que hoy define al partido. Emanuel eligió a conciencia hacerle el juego a los fanáticos.