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Marcelo Wio

España, tienes un problema muy gordo

Todos coinciden en una necesidad que se hace rasgo: controlar la opinión interna – y, en la medida de lo posible, la externa.Elpensamiento conspiranoico debe ser alimentado e incentivado.

Manifestación anti-Israel en Madrid (España). Mayo de 2026

Manifestación anti-Israel en Madrid (España). Mayo de 2026NurPhoto via AFP.

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Populismos, latrocinios institucionales, totalitarismos e islamismo, todos coinciden en una necesidad que se hace rasgo: controlar la opinión interna – y, en la medida de lo posible, la externa. Esto es, la imposición del marco interpretativo para los elementos de la realidad que pasen el tamiz de la conveniencia, así como para los códigos que se adjuntan para reconocer a los afines – en breve, el remedo de identidad grupal, cultural.

Y los métodos para ello son, por contrastado rendimiento, trillados. En este sentido, el prejuicio, como ideología, es de una eficacia formidable. Un ejemplo bochornoso de su aplicación en occidente puede verse en España, donde el antisemitismo ha sido alentado desde canales oficiales y, ahora, con motivo del Mundial, la rebaja social opera contra la selección argentina, y lo que, evidentemente esta representa: el pensamiento conspiranoico debe ser alimentado e incentivado. Incluso los opositores al gobierno beben del mismo manantial contaminado.

No buscan los que se sirven de estas ideologías, de estos recursos infames, el aplauso –al menos no como producto primario -, sino la degradación social. Es que, como explicaba eor Zmigrod en The Ideological Brain, las ideologías transforman nuestra cognición, nuestros reflejos, nuestra naturaleza visceral y biológica:

“Estar inmerso en la ideología cambia al creyente; cambia sus creencias
explícitas e implícitas, pero también su cognición en general, sus respuestas
instintivas,… el cerebro en su conjunto. En resumen, exige que nos convirtamos
en otra persona… menos curiosos, menos libres”.

Porque, continuaba, la ideología exige que la realidad se ajuste a los ideales – o a las necesidades -, que los ideales se ajusten entre sí, que todo esté unificado y organizado.

El sometimiento, pues, es de esperar, será mayor cuanto más bajo sea el material que compone el dogma: se trata de la simplificación más burda y absoluta de la realidad – en la que, por lo demás, el “nosotros” que se construye depende inexorable de la existencia de ese espejo invertido que es el “otro” imprescindible, confeccionado con la desesperación de creerse o saberse poca cosa

Así, con complicidad de tantos medios de comunicación, se termina por entrenar a la audiencia en la incapacidad de distinguir verdad de invención, hecho de afirmación; en la creencia de que la verdad es ese amasijo de imágenes y palabras manoseadas que se publican o se pronuncian desde un estado – mientras se anhela que la realidad no se cuele sin en la meditación ciudadana.

Todo, entonces, se rebaja a la inverosímil uniformidad de partido, de estandarte, de eslogan, de desprecio: metáfora y eufemismo – deseo, conveniencia - como sustitutos de los hechos. El andamiaje del propio valor “moral”, de la autoestima colectiva y personal, unidos a un “otro” puntual: confabulador, que ensucia la pureza de las cosas que interesan.

El resultado es el silencio de muchos, el ruido de pocos fanáticos a los que se les presta la centralidad – el foco de atención, como se suele decir – para mentir consenso. La consecuencia es, sobre todo, el deteriorar los hilos de deberes, derechos, civismo que sostienen a una sociedad. El incalculable empobrecimiento intelectual, económico, moral y social – lo que lleva fulminar en unos años, puede tardar generaciones en recomponerse.

En distintos estadios de este descenso se encuentran diversas sociedades occidentales debido a decisiones, negligencias o voluntades de sus gobiernos e instituciones: aquel contrato entre los ciudadanos es o está por ser historia, los valores son ya artículos dúctiles de usar y tirar – y arrojadizos, por sobre todas las cosas –, y la verdad ha perdido definitivamente contra la mentira, contra el relato, contra la estupidez.

Escribía Voltaire (Questions sur les Miracles): “Una vez que su fe le convenza de creer lo que su inteligencia considera absurdo, tenga cuidado de no sacrificar también su razón en la conducción de su vida. … Había gente que nos decía: «Creéis en cosas incomprensibles, contradictorias e imposibles porque os lo hemos ordenado; pues bien, cometed actos injustos porque también os lo ordenamos». Sin duda, quien tiene el poder de hacerte creer absurdos tiene el poder de hacerte cometer injusticias”.

Para algunos españoles ya es seguro pedir, con una bandera de gran tamaño, en plena fiesta de los San Fermin, la destrucción de Israel. ¿Cuánto faltará, pues, para que ellos mismos pasen a cometer esos actos ‘eliminacionistas’ ante la impávida mirada de la multitud?

España tiene un problema. El antisemitismo es sólo el síntoma. Algo huele mal en Pamplona. Y en Barcelona, Valencia, etcétera, etcétera. Porque el antisemitismo no dice nada de los judíos ni de Israel, lo dice de quienes se miran en ese espejito para verse lindos, morales y menos tontos.

Y la naturalización de este odio viejo es, en realidad, la naturalización del envilecimiento de la sociedad que lo practica.

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