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Feliz Cumpleaños, América

Los Estados Unidos nacieron hace ahora 250 años no para replicar el orden político y social de los europeos, sino precisamente para no ser Europa.

Estatua de la Libertad iluminada para una celebración (Archivo)

Estatua de la Libertad iluminada para una celebración (Archivo)AFP

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Debo empezar confesando que no puedo ser imparcial. Mi vida profesional y buena parte de mi vida privada han estado o están vinculadas a América. En Estados Unidos me especialicé en asuntos estratégicos y de defensa en los años 80 del siglo pasado; en Estados Unidos me formé como instructor de buceo años más tarde; y en Estados Unidos me hice fotógrafo profesional hace una década. En Norteamérica tengo un buen puñado de amigos e intento pasar todo el tiempo que puedo allí, cuando no estoy en Israel o España.

Lo que soy no se lo debo a América, pero Estados Unidos me ha permitido ser todo lo que soy. Me ofreció las oportunidades y con esfuerzo, sacrificio y mucho empeño pude aprovecharlas. Y estoy enormemente agradecido. Tengo que decirlo.

Tengo amigos centroeuropeos, aquellos que vivieron tras el Telón de Acero y el terror comunista, para quienes América eran unos jeans; tengo conocidos, muchos refugiados huyendo de una sentencia de muerte en sus países de origen, para quienes Estados Unidos ha sido su refugio; y sé de muchos para los que América ha sido la tierra donde poder cumplir sus ambiciones profesionales y conseguir, con el sudor de su frente como suele decirse, una vida mejor para ellos y sus familias.

Supongo que, como español y profundamente soberanista, debería mostrar cierto grado de resentimiento hacia el país que, en pleno auge expansionista, acabó con buena parte del dominio de ultramar español a finales del siglo XIX; igualmente, si fuera de izquierdas, debería criticar a un país envuelto en los valores democráticos pero que pactó con el general Franco por lo que aportaba España a la política global de contención de la URSS durante la Guerra Fría. Pero ni soy de izquierdas ni vivo anclado en la decrepitud del imperio español.

Al contrario, reconozco el rol estabilizador que EEUU ha jugado durante décadas en Europa, aportando seguridad y permitiendo que los europeos desarrolláramos el mal llamado “Estado del Bienestar¨, subvencionado en buena parte por los contribuyentes americanos; admiro el papel innovador, sobre todo en tecnología, que generación tras generación han desempeñado las brillantes mentes norteamericanas; y veo con fruición a un país que no se repliega ante sus muchas contradicciones sino que intenta abordarlas y solucionarlas de una manera racional y pragmática.

Quizá porque conozca el país nunca he caído ni en visiones idealizadas de un imperio moral destinado a hacer el bien en el mundo ni en las concepciones conspiranoicas que ven en los designios de América el origen de todos los males del globo.

Los Estados Unidos nacieron hace ahora 250 años no para replicar el orden político y social de los europeos, sino precisamente para no ser Europa. Y no entenderlo está llevando hoy en día a la incomprensión de los dirigentes de la UE del fenómeno Donald Trump.

Igualmente, la América que hemos tenido en los últimos 80 años no ha sido la América que se vio en sus primeros 170 años de vida. Su ascenso a superpotencia global y su papel hegemónico dentro del mundo occidental han sido episodios, si no pasajeros, al menos minoritarios en su historia. De ahí también la confusión actual sobre el papel de Estados Unidos en el mundo, la ideología del America First y la actitud transaccional de su 45 y 47 presidente.

Pero lo que siempre ha habido ha sido un pueblo americano orgulloso de su bandera, de los valores de libertad que representaba, de poder vivir el sueño americano, consciente de su lugar privilegiado en el mundo, profundamente moral, posiblemente excesivo en sus ambiciones y dispuesto a sacrificarse para alcanzar sus metas, elevadas o mundanas. Se trata de la América de los valientes, de los osados que quieren posarse en la Luna –o, ahora, llegar a colonizar Marte– o de los que luchan contra las discriminaciones injustas. Se trata de los Martin Luther King, los Bob Dylan, los Steve Jobs o los Elon Musk. Se trata de una nación en la que se puede hacer todo aquello que no esté prohibido expresamente y en cuya Constitución es el pueblo el que fija los poderes del Estado, al contrario que en Europa, donde el Estado es quien fija los derechos y deberes del ciudadano.

Pero la América que yo he vivido y conozco no está exenta de contradicciones. De hecho, me atrevería a decir que la América actual vive en un estado de guerra civil fría porque durante demasiado tiempo la izquierda radical ha ido mermándole la confianza en sí misma, ha intentado borrar sus raíces y ha alimentado una ideología antiamericana cuyo objetivo es subvertir el sistema económico, reducir el papel internacional de América e imponer una estructura societal basada en las tribus y la identidad grupal y no en el concepto nacional de bien común. Los ofendiditos son el subproducto más visible de esa revolución social a la que querían llevar a América.

Trump, como dique de contención de esta profunda transformación, también es algo que no se entiende en una Europa decadente en lo moral, entregada al buenismo y prisionera de un establishment que abraza a la izquierda porque así se ve más popular. Es aquello tan viejo de “todo para el pueblo pero sin el pueblo” lo que se quiere revivir en Bruselas y en muchas capitales europeas. Y el rechazo americano a este asalto a la democracia real lo que se teme.

En este 250 aniversario se ha enterrado una cápsula del tiempo destinada a abrirse dentro de otros 250 años, en julio de 2276. No sé cómo serán los americanos de ese momento. Lo que sí sé es que no habrá europeos de los de hoy que puedan hacer lo mismo, porque los nativos habrán sido reemplazados por emigrantes provenientes de Africa y, con ellos, el rechazo a los valores liberales de nuestra civilización.

Estados Unidos y el pueblo americano saben algo que los europeos hemos preferido olvidar: “Freedom is not free”, como se puede leer en el Monumento a la Guerra de Corea en Washington DC. O, dicho en palabras de Benjamin Franklin, al ser preguntado tras la Convención de Filadelfia (septiembre de 1787) por Elizabeth Willing Powell, “¿Qué tenemos finalmente, doctor, una república o una monarquía?”: “Una república, sin son capaces de conservarla”.

Estados Unidos y Europa tenían una civilización en común… hasta ahora. Europa no parece saber o querer defenderla. La América de Trump está decidida a hacerlo por su propio interés y futuro.

Yo quiero confiar en que, pese a sus muchos enemigos, el pueblo americano y sus dirigentes sabrán cómo preservar su civilización de aquí a su 500 aniversario. Tienen lo mejor para lograrlo y evitar las peores tentaciones que lo impidan.

Por eso he venido a DC para celebrar este primer 250 aniversario. Porque del éxito de América depende el éxito de la Europa libre y próspera que queremos.

¡Felicidades, América!

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