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La OTAN no ha salido más reforzada de esta cumbre de Ankara. Al contrario, todas sus contradicciones y diferencias siguen ahí.

Un podio con el logo de la OTAN
Las organizaciones internacionales han sido tradicionalmente como los viejos rockeros, “que nunca mueren”. Aunque, en la actualidad, como hemos podido ver en la última cumbre de la OTAN en Ankara, estas reuniones al más alto nivel son un poco como las valoraciones del día después de unas elecciones: que todos dicen haber ganado. Pero hay que ser muy crédulo para pensar que esta cumbre ha sido un rotundo éxito como se nos bombardea desde los gobiernos europeos, desde la propia OTAN y desde muchos de los medios que la han cubierto.
Los más moderados en su entusiasmo creen que ha sido un éxito porque con las promesas de más gasto en defensa por parte de los aliados europeos, se ha evitado una ruptura segura y que Trump decidiese abandonar por completo la organización; Los más optimistas nos intentan vender la idea de que la Alianza Atlántica pasa a una nueva fase, eso que el subsecretario de guerra norteamericano, Elbridge Colby llamó este pasado febrero, la OTAN 3.0, en la que el pilar europeo de la Alianza acepta la responsabilidad de la defensa convencional de Europa en todos sus niveles, desde el mando y control a las unidades de combate, pasando por la logística y las adquisiciones.
Ambas visiones comparten eso que el actual secretario de la Alianza, Mark Rutte, llama todo un logro y que ha sido el anuncio de que los aliados europeos se comprometen a gastar 50.000 millones más en reforzar su defensa.
Pero fijarse solamente en las promesas, algo en lo que los europeos son especialistas, es descuidar muchos otros aspectos de esta cumbre que no auguran un futuro muy brillante para la organización creada allá por 1949 con el propósito, como el sarcasmo británico de su primer secretario general, Lord Ismay lo definió certeramente, “mantener a América dentro, a los rusos fuera, y a Alemania debajo”.
Para empezar la reunión de Ankara ha puesto de manifiesto, una vez más, que el único líder de la OTAN ha sido, es y sólo podrá ser Estados Unidos. No ya solo por la disparidad de poder militar entre unos y otros a pesar del viejo compromiso atlántico de que ningún país debería aportar más del 50% de las capacidades críticas para su correcto funcionamiento operativo, sino por la evidente diferencia de poder político: Los europeos iban dispuestos a halagar a Donald Trump como toda estrategia (en realidad táctica), en la estela de su secretario general, y estaban dispuestos a abrir sus chequeras cuanto fuese necesario. Pero el presidente americano no iba demasiado interesado en los números -algo que da por hecho- sino que ha movido la agenda a la guerra con Irán (incluido sus últimos bombardeos en medio de la cumbre), a la crítica a los aliados por su falta de solidaridad y a repetir su exigencia de tomar el control de Groenlandia por razón es de seguridad nacional, justo cuando los europeos pensaban que ya era un tema olvidado. Los dirigentes europeos han logrado que no se les expulse de la mesa de los mayores, pero sólo se les ha permitido comer, nada de dar su opinión. Porque, aunque en la Alianza todo son iguales, hay unos más iguales que otros.
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En segundo lugar, los aliados europeos pensaban poder contentar a Trump porque le ven ya, en gran medida, como un pato cojo, llegando a la mitad de su mandato y frente a unas elecciones de mid-term en las que, secretamente, desean que los republicanos se peguen un gran batacazo y eso disminuya el poder de Trump. Yo no sé cuáles serán los resultados de las elecciones de este otoño, pero pierdan o ganen los republicanos, estoy convencido de que Donald Trump dará con la fórmula para llevar adelante sus políticas, con o sin el Congreso. Pero, en todo caso, cuando uno se fija en la foto de familia y ve a un Keir Starmer, al que le quedan semanas de vida política, o a un macron enfundado en sus gafas de sol, cuyo futuro es más que incierto, o incluso al canciller alemán Friedrich Merz, paralizado por su propia coalición de gobierno y con la oposición de la AfD en continuo ascenso, por no decir del presidente españolo que ha tenido que viajar sin su esposa que está privada de pasaporte para salir de España por decisión judicial ante el presunto riesgo de fuga, la posible debilidad del presidente americano hay que relativizar y mucho. Es el dirigente con más poder y tiempo de todos ellos.
Pero siendo más serios, los europeos carecen de visión estratégica. Blanden sus euros como si con ellos pudieran detener ese cacareado avance ruso sobre suelo de la OTAN. Si de verdad se llegase a gastar lo que se dice (que ni siquiera se logra en Alemania tras su publicitado plan de rearme), hay que traducir ese gasto en capacidades reales. No vale con subir -merecidamente- el sueldo a los soldados, como planea España; ni construir más carros de combate, como quiere Alemania.
Fue el mariscal francés Ferdinand Foch quien dijo aquello de que “los generales siempre preparan la guerra pensando en la anterior”. Y los europeos llevan, militarmente hablando, demasiado tiempo mirando hacia atrás. Las grandes plataformas puede que ayuden industrialmente al único sector que le queda por explotar al keynesianismo de la UE, en busca de un sector que añade algo de crecimiento a una economía decrépita, sin nuevas tecnologías e innovación. Recordemos aquí que mientras los líderes aliados prometían mejorar sus capacidades industriales, Volkswagen anunciaba el despido de 10 mil trabajadores en Alemania.
El gran pensador militar prusiano Carl von Clausewitz, dejó sentado que la guerra nunca cambia su naturaleza, sólo sus características. Y así se ha aceptado en los dos últimos siglos. Pero quizá en el siglo XXI, a tenor de lo que estamos viendo en Ucrania y Oriente Medio, nos veamos obligados a revisar su afirmación. No es una cuestión caprichosa o baladí porque si nos equivocamos sobre el conflicto futuro, estaremos fabricando los sistemas para luchar el anterior y lo pagaremos caro. Por ejemplo, en 2022 y 2023, todo el mundo hablaba del regreso a la guerra de trincheras, al peso de la artillería y a la necesidad de incrementar la producción de munición pesada ante el altísimo consumo diario de proyectiles, sobre todo de 105 y 155 mm.; en 2024, ante el uso por parte de Rusia de un creciente número de misiles y cohetes de todo tipo, el acento se puso en la necesidad de contar con defensas antiaéreas y antimisiles, cuya eficacia se veía probada por Israel contra los cohetes de Hamas, Hizballah e incluso los balísticos lanzados desde Irán; y en 2025 hemos asistido a la explosión de los drones y sistemas antidrones de todo tipo. Pero lo que no se ha visto tan claramente, son los sistemas de inteligencia, comunicaciones, mando y control que permiten discernir y elegir los objetivos, anticiparse al enemigo y multiplicar el valor destructivo de todo lo demás. La guerra ha ido mutando aceleradamente en estos últimos años y lo que se avecina traerá aún más automatización, robótica y armas más letales.
Desgraciadamente la cumbre de Ankara ha mirado más por el retrovisor que hacia delante. Y ha vuelto a demostrar que los aliados europeos temen más a Trump que a Putin y que cuanto dicen que van a hacer tiene mucho más que ver con contentar al presidente americano que disuadir al dirigente del Kremlin. Fue así bajo Biden hace cuatro años y lo sigue siendo todavía.
La OTAN no avanza a su reconversión en esa organización 3.0. Más bien camina renqueante a una OTAN 0,0, light y descafeinada en la que Estados Unidos pondrán cada vez menos interés y los europeos sus lamentos. Es verdad que hay alternativas para asegurar un sistema de defensa de Europa, incluida la absorción del pilar europeo y de lo que quede de la OTAN en la UE. Algunas más plausibles que otras, como el progresivo vaciamiento de las capacidades de la organización. Pero la única alternativa real para la defensa de Europa pasa porque los europeos se hagan cargo de ella, incluido el elemento nuclear. Y eso, hoy por hoy, no parece viable, ni por capacidad ni por voluntad.
La OTAN no ha salido más reforzada de esta cumbre de Ankara. Al contrario, todas sus contradicciones y diferencias siguen ahí. Tal vez el único que pueda estar contento sea el líder ucraniano, Vlodomir Zelenski, quien ha arrancado más gasto de los europeos para su ejército, la posibilidad de poder fabricar misiles Patriots en su suelo con licencia americana y una rueda de prensa con Donald Trump en la que hasta se le dejó hacer bromas sin salir escaldado.
Los europeos, digan lo que digan, poco tienen que celebrar.