La tradición, la gran lección que nos deja la exitosa Revolución Americana
Desde una sensibilidad conservadora, es claro que América Latina no necesita, como aún proponen algunos políticos progresistas, inventarse otra vez.

Grabado: Magna Britannia con sus colonias reducidas.
La Revolución Americana, muy distinta a la Francesa, deja lecciones profundas que cobran fuerza a la luz del evidente éxito del proyecto de los Padres Fundadores.
A diferencia de la Revolución Francesa, la Americana legó una estructura que sobrevive y que convierte a Estados Unidos en una esperanza para un Occidente cada vez más decadente —donde, precisamente, naciones como Francia, extremadamente secularizadas, juegan un papel decisivo en esa decadencia.
En gran parte, la diferencia de la Revolución Americana con la Francesa tiene que ver con el resguardo de la tradición. Esta es la columna vertebral de cualquier actitud conservadora. Y es precisamente la clave del éxito del proyecto de los Padres Fundadores: la libertad nace de las instituciones heredadas.
Pero esa no es solo una diferencia que la Americana tiene con la Revolución Francesa. En gran parte, el ánimo rupturista y progresista también determinó las revoluciones latinoamericanas. Como bien cuenta Carlos Rangel en su imprescindible obra Del buen salvaje al buen revolucionario, la lucha independentista de la región fue alimentada por un furibundo espíritu antiespañol.
En cuanto a la Revolución Americana, los colonos no pretendían crear un hombre nuevo. En cambio, insistían en que el motor que impulsaba sus anhelos era la necesidad de defender los derechos tradicionales de los propios ingleses.
Edmund Burke, al elogiar la Revolución Americana —aun siendo crítico—, decía que la independencia de Estados Unidos defendía un orden heredado. Según se extrae de Burke, la Revolución Americana fue, en muchos sentidos, una revolución conservadora: mantuvo el common law; respetó la propiedad privada; cuidó las iglesias, la vida local y evitó destruir la estructura social legada por los británicos. No hubo, en Estados Unidos, un equivalente al terror francés o al tratado de guerra a muerte blandido por Bolívar contra los españoles.
En Del buen salvaje al buen revolucionario, Rangel arguye que la hostilidad a la tradición española fue decisiva para engendrar una espiral de caos en las nacientes naciones latinoamericanas que aún hoy las aqueja. Antes de la Independencia, los países de Suramérica eran España. Disfrutaban su legado, su historia, su tradición y sus instituciones. Pero el afán de construir algo nuevo, rompiendo con lo anterior, devino en décadas de inestabilidad para muchas de las jóvenes naciones.
En ese sentido, si algo podemos aprender de la Revolución Americana, sobre todo amén del aprecio por nuestros países de origen, es el valor de la tradición y la importancia de resguardar lo que nos precede para legarlo a lo que nos sucede.
Desde una sensibilidad conservadora, es claro que América Latina no necesita, como aún proponen algunos políticos progresistas, inventarse otra vez. En cambio, debe reconciliarse con aquello que le dio continuidad histórica: su tradición jurídica, la familia, la iglesia, las asociaciones civiles, la propiedad privada y una rica cultura política que nos enseña a limitar el poder en vez de personalizarlo.
La gran lección de la Revolución Americana no es hacer la revolución, sino comprender que las transformaciones más duraderas suelen implicar preservar y pulir un orden heredado, en vez de apostar a su plena sustitución.