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La guerra del New York Times contra la historia de Estados Unidos

Por qué el diario más influyente del país ha convertido la denigración del relato fundacional en una política editorial sostenida.

Personas pasando frente a la redacción de The New York Times en Nueva York

Personas pasando frente a la redacción de The New York Times en Nueva YorkAFP

Para celebrar los 250 años de la Declaración de Independencia, The New York Times Magazine publicó en junio una ambiciosa producción animada sobre la Revolución estadounidense. Su tesis hace ostentación de revisionismo: "la tierra, no los impuestos, fue el primer agravio" que enfrentó a las colonias con Gran Bretaña. La gesta de 1776 aparece allí menos como una lucha por el autogobierno que como una empresa de colonos ávidos de territorio, movidos por un "sentimiento antinativo". En el cumpleaños del país, su diario más influyente eligió describir a sus pioneros como acaparadores de tierras.

Se trata de una constante narrativa que The New York Times sostiene desde hace años: la inquina permanente hacia el origen del país, la reescritura de su fundación en clave de pecado original y la sustitución del relato de la libertad por el del despojo.

Conviene destacar los hechos que la tesis del aniversario pasa por alto. El relato del Times arranca en 1763, con la Proclamación real que limitaba la expansión hacia el oeste, y de ahí deduce que la independencia fue, en el fondo, una pelea por tierra indígena. The Washington Free Beacon fue de los primeros medios en encender las alarmas por este intento de reducir la Revolución a un acaparamiento territorial que, por cierto, choca con datos clave, como el hecho de que la mayoría de los protagonistas no tenían ninguna necesidad de nuevas hectáreas, mientras que Washington, Jefferson o los Lee ya poseían miles. El motor que la Declaración pone por delante no es la tierra, sino el principio de que los gobiernos derivan su poder del consentimiento de los gobernados y el rechazo a ser gobernados por un Parlamento lejano en el que no estaban representados.

Y esos principios tenían linaje. Cuando, ya anciano, le preguntaron de dónde había sacado las ideas de la Declaración, Thomas Jefferson respondió sin vacilar en una carta de 1825: no había buscado "descubrir principios nuevos ni argumentos jamás pensados", sino dar voz a "la mente americana", alimentada por "los libros elementales del derecho público, como Aristóteles, Cicerón, Locke, Sidney". El nombre de John Locke no es baladí: del Segundo tratado sobre el gobierno civil proviene la convicción que vertebra la Declaración de que los hombres nacen libres e iguales, que todo poder legítimo descansa en el consentimiento de los gobernados y que un pueblo tiene derecho a alterar o abolir el gobierno que se vuelve contra sus derechos. Por eso John Adams, ya retirado, pudo escribir en 1818 que la verdadera Revolución había ocurrido antes del primer disparo: estaba "en las mentes y los corazones del pueblo". No en un mapa de tierras por repartir, sino en una idea.

Pero todo este revisionismo del NYT ya lo vimos. Siete años antes, el mismo diario había ensayado la misma operación, esta vez con un nombre que se volvió célebre.

En agosto de 2019, lanzó el Proyecto 1619, dirigido por Nikole Hannah-Jones. La premisa estaba en el nombre: tomar como verdadero punto de partida de la nación no la Declaración de 1776, sino la llegada de los primeros africanos esclavizados a la colonia de Virginia en 1619. El gesto era deliberado y lo reconocía el propio texto introductorio, que invitaba a "reformular" la historia estadounidense entendiendo 1619 como el verdadero nacimiento del país. La consigna no era matizar el relato fundacional, sino desplazarlo.

El proyecto creció hasta volverse una maquinaria cultural: una edición especial de la revista, un suplemento dominical con el Smithsonian, un podcast, un libro, un libro infantil, una serie en Hulu que ganó un Emmy y (lo más descarado) un currículo escolar distribuido por el Pulitzer Center a miles de aulas en todo el país. Hannah-Jones recibió el Pulitzer de Comentario en 2020. El Proyecto 1619 no fue un artículo: fue un plan de estudios destinado a adoctrinar a los niños en la culpa y las teorías woke sobre decolonización.

El problema es que su tesis central no resistió el escrutinio de los propios historiadores. La afirmación más explosiva del ensayo de Hannah-Jones era que una de las razones principales por las que los colonos buscaron independizarse fue proteger la esclavitud. En diciembre de 2019, cinco historiadores firmaron una carta pública en el propio Times donde pedían correcciones y advertían sobre lo que llamaron un desplazamiento de la comprensión histórica por la ideología.

La objeción no era menor ni partidaria. Wilentz, un historiador de Princeton señaló que en 1776 no existía ninguna amenaza británica perceptible contra la esclavitud dado que el movimiento abolicionista británico era prácticamente inexistente en esa fecha, de modo que la idea de una revolución hecha para "salvar" la esclavitud carecía de base empírica. Gordon Wood fue más rotundo al decir que no conocía a un solo colono que dijera querer la independencia para conservar a sus esclavos.

La respuesta del diario fue reveladora. El editor de la revista, Jake Silverstein, defendió el proyecto y se negó a corregirlo. Solo en marzo de 2020, después de que una de las propias historiadoras consultadas, Leslie Harris, revelara que había advertido al equipo sobre ese error y que la ignoraron, el diario introdujo una "aclaración" casi imperceptible, y la frase pasó de "los colonos" a "algunos de los colonos". Más tarde, sin nota editorial, el sitio eliminó silenciosamente la frase que describía 1619 como "nuestra verdadera fundación". Cuando los críticos lo notaron, se les acusó de actuar de mala fe.

El proyecto fue tan falsario como divisivo, incluso dentro de la misma izquierda. El World Socialist Web Site lo denunció como una falsificación que reemplaza el conflicto de clases por el racial. El mismo James Oakes, firmante de la carta original, publicó en 2021 en la revista Catalyst un ensayo sosteniendo que el proyecto había tergiversado tanto la historia de la economía esclavista como la del movimiento antiesclavista que lo combatió.

La teoría decolonial entra por la puerta grande

Entre el Proyecto 1619 y la caricatura por el aniversario 250 hay un solo método. Lo que une a ambos proyectos es el marco intelectual que el NYT fue normalizando: la lógica de la lectura decolonial aplicada a la divulgación masiva. Como cualquier teoría crítica, el marco marxista y dialectizante de estos intentos busca encuadrar todos los eventos históricos dentro del sistema binario de opresores-oprimidos tan propio de la ideología woke. Por eso, el relato busca presentar al nacimiento de la nación no como una pulsión de libertad y autogobierno, sino como una estructura de dominación cuyo relato oficial existe sobre todo para encubrir el despojo. Bajo ese prisma, las ideas de la Ilustración como el consentimiento de los gobernados, los derechos naturales, la representación, dejan de ser principios y pasan a ser coartadas al servicio de los “opresores”.

El gesto retórico es siempre el mismo, buscar un interés material inconfesable detrás de cada héroe. Si los fundadores hablan de libertad, es hipocresía; si actúan por interés, es prueba de cargo. Ningún dato puede refutar una tesis que interpreta tanto la virtud como el vicio como confirmación de la culpa.

Y esto no es una querella de claustro. El Proyecto 1619 no se quedó en la revista dominical: viajó a las aulas convertido en currículo, y la pieza del aniversario llega envuelta en animación, diseñada para entrar fácil y temprano. El blanco es siempre el mismo: el gran público, y sobre todo una generación a la que se acostumbra a mirar el nacimiento de su país como la escena de un crimen. Ningún dato nuevo obliga a ese giro; es una decisión de encuadre, repetida hasta volverse rutina.

Porque hay una distancia enorme entre discutir la historia y dinamitar su centro. Lo primero es el oficio normal de los historiadores, lo segundo es correr el eje hasta que la libertad de 1776 quede convertida en agravio y la nación, en poco más que su pecado original. No es periodismo que se equivoca en un dato: es un relato construido, número tras número, para que el lector termine desconfiando del país.

Por eso sería un error ver en estas piezas un puñado de excesos sueltos. Lo que asoma detrás del Proyecto 1619 y del proyecto del aniversario es un mismo sistema simbólico y cultural, ensayado en las redacciones y perfeccionado en la academia, que apunta a las raíces mismas de la nación: las morales, las filosóficas, las políticas. Tocar el mito fundacional nunca es un gesto inocente. El relato de origen es lo que le da a un pueblo su unidad y su fe en sí mismo; corroerlo no corrige la historia, la desarma. Y un país al que se le enseña a avergonzarse de sus cimientos termina dudando también de todo lo que levantó sobre ellos.

Y conviene recordar qué fue lo que se levantó. A partir de las ideas de un puñado de hombres nació la sociedad más libre y más próspera que haya conocido la historia. Se la puede criticar; lo que no se puede, sin pagar un precio, es enseñarle a renegar de la idea misma que la hizo posible. Ese es, en el fondo, el verdadero proyecto que late bajo tantas portadas: no contar mejor el pasado, sino quebrar la confianza de una nación en su propio futuro.

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