Bienvenidos al Obamalisk
La inauguración estuvo a la altura de la grandilocuencia del edificio. Asistieron los cuatro expresidentes vivos, Obama, Clinton, Bush y Biden, con una sola ausencia: Donald Trump, que no fue invitado.

El Centro Presidencial Barack Obama en Chicago
Finalmente se inauguró el Centro Presidencial Barack Obama, en el Jackson Park de Chicago. Difícil de ignorar, la torre de granito de casi 70 metros se impone sobre el parque a escala faraónica. El terreno del complejo se extiende sobre un área de casi 7,8 hectáreas. La cima de la torre lleva 91 palabras de los discursos de Obama recortadas en 433 letras de hormigón de metro y medio de alto. El monstruoso edificio no tardó en ganarse infinidad de apodos: el "Obamalisk" parece ser el elegido por los locales. Pero la imaginación popular no se detuvo ahí. Los críticos de arquitectura la describieron, como "una prisión klingon", "una roca tirada en un parque" y "un altar a sí mismo". En redes sociales se la comparó con un tacho de basura y con el decorado de una película distópica.
Ese remate llegó recientemente, en Real Time, Bill Maher puso la foto en pantalla y se preguntó en voz alta por qué a los progresistas les gusta semejante cosa; el periodista de Politico Jonathan Martin completó la imagen con un escueto "la Estrella de la Muerte", y Maher rubricó que el edificio parecía "algo que unos alienígenas construyeron en Dubái". Después acusó a su propio público de mentir cuando juraron que pensaban visitarlo. Con titulares que iban subiendo la apuesta: The American Spectator lo bautizó directamente la biblioteca presidencial más fea del país; American Thinker prefirió la cosa más fea del planeta.
Lo más fascinante del asunto es que nada de esto parece un accidente. Los propios arquitectos casi le dan la razón. Tod Williams y Billie Tsien contaron que el expresidente los empujó una y otra vez a ser "más audaces", que llegó a marcar sus bocetos con un trazo fuerte para indicarles que se quedaban cortos, y que invocó al escultor rumano Constantin Brâncuși porque quería que su biblioteca se leyera como una obra de arte, no como un edificio. La forma, dicen, evoca cuatro manos unidas; también, según Tsien, una piedra misteriosa que encontraron en un bazar de Aksum, en Etiopía. Cuando arreció la burla, el ingeniero estructural Chris Bird salió a defender la criatura asegurando que no es una monstruosidad sino un "gesto grandioso" sin precedentes arquitectónicos. Es la coartada clásica, declaremos que esa horribilidad era el plan desde el principio.
Y para quienes quieran llevarse el esperpento a casa, la fundación del expresidente vende pins de 30 dólares con la silueta del centro, hechos a mano en arcilla de papel. Un souvenir tan sobredimensionado como su modelo. Excelente metáfora del proyecto: un monolito horrible convertido en merchandising.
Una fiesta para el mausoleo
La inauguración estuvo a la altura de la grandilocuencia del edificio. Asistieron los cuatro expresidentes vivos, Obama, Clinton, Bush y Biden, con una sola ausencia: Donald Trump, que no fue invitado. La CEO de la Fundación Obama, Valerie Jarrett, explicó que era "una celebración para quienes ayudaron a Obama". El elenco fue de premiación: Bruce Springsteen, Stevie Wonder, Bono, Christina Aguilera, John Legend, Common y Jennifer Hudson sobre el escenario; Oprah, Tom Hanks, Anne Hathaway y Stephen Colbert entre el público. El cierre, con medio panteón del pop cantando "Higher Ground". En su discurso, Obama jugó a la modestia: pidió a los visitantes apurados que "se saltearan" los clips de sus propios discursos. Algo entrañablemente contradictorio para quien acaba de levantar un monumento de 850 millones a su gestión.
Más allá de las burlas, el centro presenta características muy particulares. En principio no albergará ningún archivo físico, ni lo administra la Administración Nacional de Archivos (NARA). Es la primera biblioteca presidencial enteramente digital, y los documentos de la presidencia quedan custodiados por el gobierno federal en otra parte, digitalizados a cuentagotas. Sus múltiples críticos sostienen que lo que se construyó no es tanto una biblioteca como un centro de activismo cívico con vista panorámica.
El biógrafo de Obama y ganador del Pulitzer David Garrow advirtió que la ausencia de una verdadera biblioteca presidencial desalentará la investigación seria sobre estos años. No es un detalle menor. Durante décadas, las salas de lectura de estas instituciones fueron el lugar donde historiadores y periodistas revisaban, página por página, las cajas de memorandos que permiten entender cómo se gobierna de verdad. Cambiar el acceso sin filtros al papel por un portal digital curado por la propia fundación del homenajeado no amplía la transparencia: la pone bajo control del interesado.
¿Quién paga el esperpento?
Obama prometió en 2018 financiar la construcción con donaciones privadas, y consiguió que semejante terreno tuviera un arrendamiento a 99 años por la módica suma de 10 dólares. Lo que era un cálculo de 300 millones terminó costando unos 850 millones. Por el camino quedaron subcontratistas que denuncian que se les adeudan millones y que enfrentan la ruina, la fundación lo niega.
Ese alquiler simbólico fue, además, una batalla judicial de años. El grupo vecinal Protect Our Parks llevó el caso hasta la Corte Suprema denunciando un "land grab": un acaparamiento de parque público y un artilugio para "legitimar" la cesión de tierra protegida a una entidad privada. Entre sus argumentos figuraba que el centro ni siquiera califica como biblioteca presidencial, ya que no guarda los archivos. La cofundadora de Jackson Park Watch, Margaret Schmid, calificó de asombroso ceder parque irremplazable por 10 dólares, y el jurista Richard Epstein, que asesoró a los demandantes, dijo que nunca lograron que la fundación abriera sus libros. Los tribunales fallaron a favor de la ciudad, amparándose en una excepción de la ley de museos de Illinois, y la Corte Suprema declinó intervenir. Detalle aparte: el centro tampoco paga impuesto inmobiliario.
Más espinoso aún, la fundación se había comprometido a constituir un fondo de reserva de 470 millones para que, si el proyecto tenía algún problema, el contribuyente no cargara con la cuenta. A la víspera de la inauguración, ese colchón tenía depositado cerca de un millón. La fundación insiste en que el centro está "totalmente financiado"; los republicanos de Illinois insisten en que los vecinos terminarán pagando. Y aunque la obra en sí sea privada, las arcas públicas ya desembolsaron cientos de millones en infraestructura: hubo que demoler una avenida entera y rediseñar el tránsito de un parque protegido para que el monolito "funcionara" como sus diseñadores querían.
El daño no es sólo estético o financiero. Jackson Park no es un terreno baldío: fue diseñado por el legendario paisajista Frederick Law Olmsted junto a Calvert Vaux, y albergó la Exposición Universal de 1893. Sobre ese tejido histórico se incrusta este edificio. Para reubicar el tránsito y abrirle paso al complejo, el estado de Illinois aportó 174 millones de dólares en fondos públicos para cerrar caminos como Cornell Drive. Los preservacionistas denunciaron la tala de entre 200 y 400 árboles añosos, y la propia revisión federal admitió que el proyecto disminuiría la integridad histórica del parque. El resultado es una torre casi sin ventanas que se planta, "opresivamente monumental", sobre los barrios de baja altura de Hyde Park y Woodlawn a los que prometía revitalizar.
De archivo público a santuario privado
Hasta mediados del siglo XX, los papeles presidenciales se consideraban propiedad personal: los herederos de Washington y de Lincoln los heredaron y los vendieron, y el hijo de Lincoln terminó donándolos a la Biblioteca del Congreso. Fue Franklin Roosevelt quien rompió el molde al ceder sus documentos a los Archivos Nacionales y donar al Estado el museo que había levantado en Hyde Park. La Ley de Bibliotecas Presidenciales de 1955, firmada por Eisenhower, formalizó el sistema. Se construían con fondos privados y luego se entregaban a la NARA, que las administraba como museos y archivos públicos a la vez. Con los años se multiplicaron por todo el país, la de Ronald Reagan, asomada al valle de Simi, hasta exhibe el Air Force One que usó, y sus salas de lectura se llenaban a diario de investigadores hurgando en cajas de memorandos.
El sistema tuvo siempre sus pecados. El escándalo de Watergate disparó la Ley de Registros Presidenciales de 1978, que declaró públicos esos documentos, después de que se temiera que Nixon destruyera los suyos. La biblioteca de Nixon abrió en 1990 como institución privada y describió el Watergate como un "golpe de Estado"; recién en 2007, ya federalizada, un director designado por el gobierno montó una exhibición controvertida y los leales a Nixon lo empujaron a renunciar años después. La Ley de Bibliotecas Presidenciales de 1986 sumó la obligación de crear fondos de dotación, y con ella entró todavía más dinero interesado: desde la promesa de 450.000 dólares de Denise Rich poco antes del indulto que Bill Clinton concedió a su exmarido prófugo, hasta donantes corporativos como AT&T financiando a la vez la biblioteca de Kennedy y la de Obama.
El verdadero precedente del modelo Obama, sin embargo, es de 2022, cuando la NARA aceptó ceder a la Fundación George W. Bush el control operativo de su biblioteca. Obama tomó esa puerta entreabierta y la cruzó por completo: control privado total, archivistas federales fuera de juego. El museo cuenta su propia historia, decide qué se muestra y administra el acceso a su legado. Es el último paso de una larga deriva: de los archivos públicos custodiados por el Estado al santuario gestionado por la fundación.
Quienes defienden el monumento sostienen que el éxito del proyecto se jugará no en la torre sino en cómo el parque y los espacios comunitarios, como la biblioteca pública, la cancha de básquet, el centro deportivo, se integren al barrio. Pero ninguna de esas defensas resuelve el nudo. Un monumento puede ser audaz o inspirador (si es que este termina siendo lo que sus arquitectos soñaron), pero a la vez vacía a la biblioteca presidencial de su función esencial: guardar los papeles para que cualquiera, amigo o adversario, pueda repasar cada página. Obama construyó algo horrible, sí. Pero además construyó un precedente: el de centros presidenciales cada vez más blindados frente a la rendición de cuentas y el escrutinio histórico.
Y el problema con los precedentes que favorecen a los poderosos es que se consolidan en forma de impunidad. En Chicago se levantó una Estrella de la Muerte de granito. Lo verdaderamente sombrío no es su silueta sino el modelo que deja en órbita.