No, Colombia no está partida en dos: la guerrilla y el narcotráfico impidieron un triunfo más contundente de Abelardo de la Espriella
La gran mayoría optó, en esta histórica y milagrosa elección, por un proyecto que promete orden, sentido común y democracia.

Abelardo de la Espriella tras su triunfo en las elecciones de este domingo.
El triunfo del candidato conservador respaldado por Trump a las elecciones presidenciales de Colombia, Abelardo de la Espriella, es de un peso monumental. Además de una hazaña épica.
Iván Cepeda, el candidato de la izquierda, ungido por el actual presidente Gustavo Petro —un ex guerrillero extremista– tenía importantes vínculos con grupos del crimen organizado. Se podría decir que Cepeda no solo era el candidato de la izquierda política en Colombia, sino también de todos esos grupos criminales que por años han orbitado en torno a Petro y su proyecto liberticida: hablamos de la guerrilla, pero también de narcotráfico y corrupción.
Durante el Gobierno de Gustavo Petro los grupos criminales se han fortalecido considerablemente. Crecieron en número de fuerzas y militantes. También, los cultivos de cocaína se ha disparado. Es decir, las bandas al margen de la ley tenían años sin estar tan fuertes como durante estos últimos cuatro años.
De la Espriella le ganó a Cepeda en la que se considera como la elección más reñida de la historia de Colombia: una participación récord y una diferencia de poco más de 200 mil votos –un margen que, aunque pequeño, es incontestable.
Estos números han llevado a que la mayoría ponga con preocupación sobre la mesa el tema de la polarización. Colombia sería, según estos análisis alarmistas, una nación partida en dos, donde ambos bandos se odian a muerte, lo que haría difícil la armonía civil de un gobierno de Abelardo de la Espriella.
Pero estas afirmaciones, aunque sensatas, son exageradas. Sí, según los números Colombia está partida en dos, pero no se pude dejar a un lado el factor determinante de esta elección.
Para los grupos criminales el triunfo de Iván Cepeda tenía carácter existencial. No era un riesgo que podían correr. Y, aunque la elección lucía cuesta arriba por el impresionante desempeño de la novedosa campaña de Abelardo –en contraste con las limitaciones del candidato de la izquierda–, la derecha no contaba con toda la caja de herramientas que el narcotráfico y la guerrilla podían poner a disposición de Cepeda.
Según dos fuentes que monitorearon de cerca el proceso electoral, entre 500 mil y un millón de votos forman parte de lo denominado “voto-fúsil”. Frente a la primera vuelta, en mesas ubicadas en zonas controladas por la guerrilla colombiana —a la periferia del país–, solo un candidato tuvo un crecimiento que no es para nada natural.
Normalmente, para una segunda vuelta, ambos candidatos tienen un crecimiento importante con respecto a su resultado en la primera ronda presidencial. Pero este crecimiento se corresponde con la tendencia ya marcada en el primer enfrentamiento y dibujada por las encuestas. El candidato que creció anormalmente fue Cepeda.
A ello, que es el voto coaccionado, corresponde sumarle el resto de anormalidades que sin duda alguna jugaron en esta elección.
Primero, la compra de votos. Es una práctica habitual en Colombia. Las campañas ofrecen desde unos $10 dolares hasta cientos de dólares por demostrar que un elector apoyó a determinado candidato. El mismo Gustavo Petro atravesó un escándalo fortísimo luego de su elección en 2022, pues se filtraron unos audios de su actual ministro de Interior contando cómo había gastado millones comprando votos en la costa colombiana.
Por último, el Estado, a merced de una campaña, utilizó todo su andamiaje, corrupción y coacción para movilizar cientos de miles de votos.
Si se suman estas variables, podríamos hablar de una cantidad sustancial de votos del candidato Iván Cepeda que no son genuinos y que no se corresponden con la severa polarización que aparentemente sufre Colombia.
Podríamos especular con confianza: dejando a un lado todos los factores ilegales y vinculados a la guerrilla y el narcotráfico, el triunfo de Abelardo es mucho más amplio que la reñida votación que terminó mostrando la Registraduría colombiana.
Sí, Colombia es un país polarizado, como lo es cualquier nación occidental inscrito en la tendencia global de la toma por parte de proyectos populistas. Pero no es un país partido en dos. La gran mayoría optó, en esta histórica y milagrosa elección —milagrosa, sobre todo, considerando los factores mencionados– por un proyecto que promete orden, sentido común y democracia.
La mayoría votó por la razón. Otros por el fusil.
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Williams Perdomo