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Make the Moon Great Again: Trump gana el primer round en la nueva Guerra de las Galaxias

Estados Unidos ha logrado marcar el rumbo, este éxito debería hacer que los ciudadanos se sintieran enormemente orgullosos, no sólo por llegar antes sino por construir algo a lo que valga la pena que empresas y científicos de todo el mundo se sumen

Artemis

ArtemisAFP

Mientras los ojos del planeta miraban al Estrecho de Ormuz, el futuro espacial se desplegaba de una forma tan fantástica y exitosa que resulta ¿triste? ¿inquietante? ¿llamativa? La tibia reacción del mundo ante el regreso de los seres humanos a la órbita lunar. Por primera vez en 54 años, cuatro astronautas a bordo de la nave Orión rodearon la cara oculta de la Luna y volvieron a casa sanos y salvos, ¡de hecho, salieron de su nave caminando tan tranquilos! batiendo el récord histórico de distancia alcanzada por tripulación humana: 406.771 kilómetros desde la Tierra.

Sin embargo, no fue ni por asomo un acontecimiento que hiciera que los humanos que nos quedamos aquí en la Tierra contuviésemos la respiración ante semejante proeza. Es más, posiblemente la mayoría de los terrícolas ni deben saber los nombres de estos astronautas, a diferencia de lo que ocurría durante la carrera espacial en la Guerra Fría, en la que los astronautas de cada bando eran auténticos héroes para su país.

Ese gesto de indiferencia dice varias cosas. Una es que tal vez la misión ya no parece extraordinaria como en 1969, o que poco se ha hecho por difundir la maravilla de esta misión. También puede que sea consecuencia de ese trastorno que Donald Trump y su exótica personalidad producen en ciertas personas. Una mezcla de esto y algún condimento más ha nublado la capacidad de reconocer uno de los logros más trascendentales de la historia de la exploración humana. Porque fue Trump quien, en 2017, rescató del olvido burocrático el programa Artemis y le devolvió a la NASA su vocación original. Jared Isaacman, administrador de la NASA nombrado por Trump, fue el que formuló la diferencia crucial con el programa Apolo: esta vez vamos para quedarnos. No para plantar una bandera y volver a casa. No para ganar una carrera y abandonar el campo. Para quedarnos.

Cuestión que esta tripulación se convirtió en la más veloz de la historia al reingresar a la atmósfera terrestre a casi 40.000 kilómetros por hora. Y por primera vez en la historia de la exploración espacial, una mujer viajó más allá de la órbita terrestre. Además de las pruebas de sistemas y la validación de la nave Orion, la misión realizó observaciones científicas de alta relevancia. La tripulación documentó la topografía a lo largo del terminador lunar con luz rasante similar a la del Polo Sur, donde están planeados los futuros alunizajes. También reportaron destellos de impactos de meteoroides en el lado oscuro de la Luna.

Vale la pena que nombremos a los cuatro héroes que rompieron el récord. El Comandante Reid Wiseman de 50 años. Piloto de pruebas de la Marina que durante la misión, la tripulación en reconocimiento de su liderazgo propuso nombrar un cráter lunar en honor a su difunta esposa Carroll. El piloto, Victor Glover de 49 años. La especialista de misión, Christina Koch de 47 años. Primera mujer en viajar a la Luna que tiene el récord de la misión espacial individual más larga para una mujer: 328 días consecutivos. Y finalmente el especialista de misión Jeremy Hansen de 50 años de la Agencia Espacial Canadiense, primer canadiense en orbitar la Luna.

Para entender qué está en juego hay que recordar que el abandono de aquella carrera espacial de hace medio siglo es tal vez uno de los mayores errores de la historia estadounidense. Entre 1969 y 1972, Estados Unidos puso 24 hombres en la Luna en seis misiones consecutivas. Luego este interés se agotó y las misiones se terminaron. No fue por un límite tecnológico y ciertamente no faltaban objetivos científicos, todo lo contrario. Sin embargo, una lamentable combinación de factores como haber ganado la competencia contra la Unión Soviética y algunas mezquindades presupuestarias influyeron en este absurdo abandono.

Las misiones Apolo 18, 19 y 20 fueron canceladas en 1970. En las décadas siguientes, varias administraciones intentaron volver. George H. W. Bush en 1989. Bill Clinton redirigió los fondos a la Estación Espacial Internacional. George W. Bush lanzó el programa Constellation, que Obama canceló. La historia de la exploración lunar estadounidense desde 1972 es, básicamente, una historia de amagues y cancelaciones humillantes. Por eso, lo que hace diferente a Artemis es la arquitectura del programa: la Luna como destino permanente, no como hazaña a completar.

Detrás de esa arquitectura está la nueva guerra fría espacial, esta vez con China como rival, claro. Pero también está la visión geopolítica de Trump, su capacidad de diagnóstico a largo plazo que le ha valido muchos aciertos que se reconocen hoy (recordemos sus advertencias a Europa por la loca agenda energética). Esto es lo que incomoda a muchos: tener que aceptar que Trump tuvo razón desde su primer mandato. Desde ya que Rusia, protagonista histórico de la carrera espacial, es hoy apenas un apoyo. El país que lanzó el Sputnik, que puso a Laika en órbita, que llevó a Yuri Gagarin al espacio, ya no lidera, no innova, ni compite. La nueva Guerra de las Galaxias es un duelo entre Washington y Pekín.

China se ha metido de lleno en esta competencia, de forma constante, y nunca interrumpida por cambios de agenda según las elecciones. El Partido Comunista coordina industrias, financiamiento e intereses bajo un plan quinquenal donde el sector aeroespacial figura explícitamente entre las "industrias estratégicas del futuro". Sus metas son concretas: taikonautas chinos en la Luna antes de 2030, y una base lunar permanente en la siguiente década, en colaboración con Rusia. Ya tiene logros que no son menores: fue el único país en aterrizar un vehículo en la cara oculta de la Luna y regresar con muestras. Tiene la única estación espacial independiente operativa llamada Tiangong, o "Palacio Celestial", construida después de que Estados Unidos le prohibiera el acceso a la ISS en 2011. Tiene misiones robóticas en curso: Chang'e-7 en 2026 y Chang'e-8 en 2029, ambas orientadas al Polo Sur lunar.

En ese contexto, Artemis II es el primer punto del marcador en una competencia que definirá quién fija las normas de uso de la Luna: quién controla las zonas de aterrizaje, quién establece los estándares de comunicación y navegación, quién explota sus riquezas y quién es el primero en transformar en combustible el hielo polar. La Luna tiene valor estratégico y científico concreto. Su cara oculta, protegida del ruido electromagnético terrestre, es probablemente el mejor emplazamiento para radiotelescopios de todo el sistema solar interior. La Luna podría ser una estación de servicio galáctica, esto sólo pondría al primero que lo logre a la cabeza de la exploración espacial del futuro.

En esa dirección trabaja ya la empresa Blue Origin, fundada por Jeff Bezos, que anunció haber desarrollado un reactor llamado Air Pioneer capaz de extraer oxígeno del polvo lunar mediante electrólisis. Esto es lo que cambia el juego: una empresa privada puede ir a explorar, puede invertir, puede innovar a una velocidad que ninguna agencia gubernamental logra por sí sola. El modelo Artemis no es solo NASA sino la posibilidad de que una constelación de empresas con incentivos reales para desarrollar tecnología lunar vean que hay un mercado que se está abriendo.

Estados Unidos ha logrado marcar el rumbo, este éxito debería hacer que los ciudadanos se sintieran enormemente orgullosos, no sólo por llegar antes sino por construir algo a lo que valga la pena que empresas y científicos de todo el mundo se sumen. Si el cortoplacismo miope de la politiquería y de un mundo que es incapaz de festejar sus avances no quiere celebrar, allá ellos. La guerra de las galaxias acaba de comenzar con una victoria estadounidense y, mal que le pese a muchos, ocurrió bajo la Administración Trump.

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