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El silencio de Irán no es una derrota, y Trump lo sabe

Las calles están tranquilas en la República Islámica, pero el régimen no está a salvo. La historia demuestra que la paciencia, y no el pánico, decide las batallas en Oriente Próximo.

Un manifestante rompe la bandera de la República Islámica de Irán.

Un manifestante rompe la bandera de la República Islámica de Irán.AFP.

Siempre es más fácil unirse al conocido coro antiamericano y antiisraelí que comprender lo que realmente está ocurriendo en Oriente Próximo. Cuando los acontecimientos se vuelven complejos, los eslóganes se apresuran a sustituir a la estrategia.

La acusación actual es simple: Donald Trump prometió ayuda a los iraníes que desafiaban al régimen y luego los abandonó. Como siempre, Israel es arrastrado a la acusación, con Benjamin Netanyahu presentado como co-conspirador en alguna traición calculada. La comparación con la retirada de Barack Obama en 2009 está ahora de moda, como si la historia fuera un conjunto de temas de conversación reutilizables.

Pero esta lectura es superficial y prematura.

El campo sigue muy abierto. Israel permanece en alerta porque no se trata de una confrontación simbólica. Trump ha expresado su repulsión hacia la República Islámica con demasiada claridad como para salir del escenario como un hombre débil. Incluso aquellos de su entorno que están a favor de las negociaciones saben que la historia tiene una forma de destruir cada acuerdo construido sobre ilusiones acerca de Teherán.

Irán no es Venezuela. Es un país de más de 90 millones de habitantes, encerrado en un denso aparato militar eideológico que persigue a los disidentes, aplasta a las mujeres y persigue a las minorías. ¿Qué clase de "trato" pide al mundo que tolere ejecuciones masivas a cambio de una calma temporal? Eso no es diplomacia; es negociar con un minotauro mientras la población está prisionera en sus propias casas.

El silencio en las calles no significa rendición. Una chispa basta para reavivar la revuelta una vez que se cuenten los muertos y el líder supremo pronuncie su sermón ritual. Pero las chispas por sí solas no ganan. Las armas importan. Las estructuras importan. El tiempo importa. El portaaviones aún no ha llegado, e Israel debe estar preparado para un feroz contraataque si Irán opta por la escalada.

Teherán aún puede soñar con una guerra mesiánica, con Israel como su víctima preferida. Por eso es crucial el alineamiento regional: Qatar no debe sabotear, Arabia Saudí no debe ir a la deriva y el campo occidental no debe fracturarse.

Aquí nada es sencillo, ni siquiera obligar a Hamas a desarmarse o a devolver el cadáver de Ran Gvili a medida que avancen las negociaciones. Esto es Oriente Próximo, no un juego de moralidad.

Una cosa, sin embargo, es inequívoca. El pueblo iraní no es el enemigo. Son las víctimas. Y la historia no perdonará a un mundo que confunde fatiga con sabiduría mientras les deja atrapados bajo sus propios nazis.

©JNS

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