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La Policía de West Midlands y la gran mentira del multiculturalismo

El multiculturalismo, que prometía un mosaico enriquecedor, ha entregado guetos impermeables donde rigen leyes tribales. No ha traído diversidad, sino el privilegio de la violencia. El resultado es un sistema de justicia de dos niveles. Si un grupo tiene la capacidad de intimidación suficiente, el Estado se retira.

Manifestación antisemita frente al Villa Park de Birmingham.

Manifestación antisemita frente al Villa Park de Birmingham.AFP.

A medida que pasan los días y la verdad se abre paso, el caso del Maccabi Tel Aviv en Birmingham se perfila como uno de los grandes escándalos de nuestro tiempo. Este patrón de manipulación antisemita en Occidente, dónde el libelo se viraliza y la desmentida apenas se conoce, es el factor clave del crecimiento del sentimiento antijudío que está alcanzando niveles alarmantes. Lo que ocurrió en West Midlands es la confirmación definitiva de una tesis ineludible: el multiculturalismo, lejos de lograr la utopía de diversidad y respeto mutuo, implementó un sistema de privilegios basado en la ley del más fuerte. El fracaso es rotundo y, como consecuencia, se ha erigido el paraíso de la ley del más fuerte, donde el Estado cede el control de las calles a quien amenaza con mayor violencia.

La mentira, la capitulación y la vergüenza

En noviembre del año pasado, la Policía de West Midlands prohibió a los aficionados del Maccabi Tel Aviv asistir al partido contra el Aston Villa. La versión oficial fue tajante: existía un riesgo de vandalismo por parte de los hinchas israelíes. Los jefes policiales, liderados por Craig Guildford, insinuaron informes de inteligencia procedentes de los Países Bajos que describían a estos aficionados como una horda violenta.

Hoy sabemos que todo eso fue una mentira. La policía neerlandesa ha negado haber emitido tales advertencias y ha desmentido la narrativa de que los israelíes fueran los agresores en los incidentes previos en Ámsterdam. Para sostener su decisión, la Policía de West Midlands había recurrido a la falsificación deliberada de información, afirmando que sus homólogos holandeses les habían advertido que aficionados israelíes habían empujado a miembros inocentes del público al río tras el partido entre Ajax y Maccabi en Ámsterdam, y que cientos de ellos atacaron intencionalmente a comunidades musulmanas.

"Ante la disyuntiva de proteger a un grupo minoritario de una turba violenta o ceder ante la amenaza, la policía británica eligió la capitulación"

La realidad fue la opuesta: fueron aficionados del Maccabi quienes fueron empujados al agua en noviembre de 2024. Lo que ocurrió en Ámsterdam fue una cacería de judíos coordinada a través de redes sociales. Cuando Craig Guildford, jefe de la Policía de West Midlands, compareció ante el Parlamento británico, admitió la farsa. La realidad que la policía británica ocultó deliberadamente al Parlamento y al público es mucho más siniestra: sabían que miembros de la comunidad musulmana de Birmingham se estaban organizando para atacar a los judíos visitantes.

Ante la disyuntiva de proteger a un grupo minoritario de una turba violenta o ceder ante la amenaza, la policía británica eligió la capitulación. En lugar de garantizar la seguridad, optaron por expulsar a las víctimas para no molestar a los victimarios. Como bien señaló Kemi Badenoch, la policía sabía que los activistas planeaban atacar a los judíos, pero su respuesta fue culpar falsamente a los judíos para expulsarlos. Eso es colaboracionismo.

El drama del apaciguamiento cultural

El caso de Birmingham revela una captura institucional alarmante en la que una fuerza policial encubre una amenaza islamista. Al examinar el proceso de nombramiento del jefe de policía Guildford, se supo que Kamran Hussain, entonces director ejecutivo de la mezquita Green Lane, formó parte del panel que evaluó a Guildford antes de su nombramiento. Esta misma mezquita fue consultada por la policía antes de prohibir la entrada a los aficionados del Maccabi.

La mezquita Green Lane, una de las instituciones islámicas más grandes e influyentes del Reino Unido, ha acogido repetidamente a predicadores con posturas radicales. Uno de sus predicadores proclamó que los esposos podían "disciplinar físicamente" a sus esposas como "último recurso" y que las mujeres no debían salir de casa sin permiso de sus maridos.

Pero este fenómeno no es exclusivo del Reino Unido; es la metástasis de una Europa que se ha arrodillado en el altar del relativismo cultural. En Francia, el concepto de los territories perdus de la République ya es una realidad geográfica. En las banlieues de París o Marsella, la ley francesa está siendo suplantada por las normas de las bandas narcotraficantes y la presión islamista. Allí, como en Birmingham, la policía opta por no entrar para evitar conflictos, dejando a los ciudadanos vulnerables a merced de los malhechores locales.

"En las 'banlieues' de París o Marsella, la ley francesa está siendo suplantada por las normas de las bandas narcotraficantes y la presión islamista"

En Alemania, la situación es similar en barrios como Neukölln en Berlín o ciertas zonas de Duisburgo, donde los clanes criminales familiares imponen su propia justicia paralela. La policía alemana ha admitido en ocasiones la dificultad de operar en estas zonas sin un despliegue masivo de fuerza. Al igual que en West Midlands, el Estado prefiere mirar hacia otro lado antes que admitir que ha perdido el monopolio de la violencia en partes de su propio territorio.

El multiculturalismo, que prometía un mosaico enriquecedor, ha entregado guetos impermeables donde rigen leyes tribales. No ha traído diversidad, sino el privilegio de la violencia. El resultado es un sistema de justicia de dos niveles. Si un grupo tiene la capacidad de intimidación suficiente, el Estado se retira.

El futuro: ¿sumisión?

Una ideología que exige la supresión de la verdad y el silenciamiento de las víctimas para "no ofender" a los violentos es una ideología contraria al sentido común y al Estado de Derecho. Lo que está en juego es si el adoctrinamiento y la intimidación islamista son compatibles con las democracias occidentales. Si la respuesta de las autoridades es mentir, ocultar amenazas y prohibir a las víctimas, la batalla ya se está perdiendo.

Este no es un caso aislado. Es parte de un patrón sistemático donde las instituciones han optado repetidamente por el apaciguamiento, sacrificando principios fundamentales de igualdad legal y libertad.

"El multiculturalismo ha muerto, asesinado por su propia incapacidad de defender los valores que le dieron cobijo, incapaz de crear una armonía de culturas coexistiendo bajo reglas comunes"

El caso de la Batley Grammar School es paradigmático: un profesor escondido durante años después de recibir amenazas por mostrar una caricatura del profeta Mahoma durante una lección educativa. Las autoridades no lo protegieron; permitieron que el miedo impusiera su ley. Las bandas de abuso sexual de niñas británicas, compuestas por hombres de origen paquistaní, operaron durante años mientras las autoridades miraban hacia otro lado por temor a ser acusadas de racismo. Las marchas propalestinas en Londres, donde se han exhibido abiertamente símbolos de grupos terroristas y consignas antisemitas, han sido tratadas con guante blanco por la Policía Metropolitana, mientras que manifestaciones de otros grupos políticos enfrentan mano dura.

El multiculturalismo ha muerto, asesinado por su propia incapacidad de defender los valores que le dieron cobijo, incapaz de crear una armonía de culturas coexistiendo bajo reglas comunes. En cambio, creó un sistema donde las instituciones estatales calculan cuál grupo es más peligroso de confrontar, y ajustan la aplicación de la ley en consecuencia. El resultado es que los violentos gobiernan y los respetuosos de la ley quedan desprotegidos.

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