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El falso dilema de Megyn Kelly

En el áspero territorio del debate político, periodistas, influencers, podcasters y políticos están expuestos a las valoraciones —negativas o positivas— por sus posturas; es, literalmente, el producto que venden. La equidistancia no existe en este ecosistema y Kelly lo sabe mejor que nadie. Gran parte de la derecha se está convirtiendo en lo que la izquierda siempre dijo que era,  es natural que el público se lo recrimine. Es parte del oficio.

Megyn Kelly en una gala (Photo by Evan Agostini/Invision/AP)

Megyn Kelly en una gala (Photo by Evan Agostini/Invision/AP)Evan Agostini/Invision/AP / Cordon Press

El asesinato de Charlie Kirk es una enorme tragedia, cuyos componentes históricos y políticos marcarán el futuro de EEUU. Sin embargo, con descarada bajeza, aún cuando ni siquiera la familia había logrado procesar la noticia, ya la derecha woke se embarcaba en instrumentalizar su muerte para apropiarse de su legado, intentando convertirlo póstumamente en un disidente contra Israel. Esta maniobra mezquina es apenas un síntoma de un fenómeno más amplio y preocupante: la oleada de odio a los judíos posterior al 7 de octubre de 2023, que está ganando cada vez más terreno en sectores de la derecha.

La renuencia de importantes voces conservadoras a denunciar —o simplemente a mostrarse en desacuerdo con— los delirios judeófobos de Tucker Carlson y Candace Owens ha generado una enorme polémica con tintes de cotilleo de estrellas de telenovelas. Megyn Kelly se encuentra en el ojo de esa polémica, por la que ha recibido muchos reproches. Recientemente, resumió su impaciencia ante las críticas en una publicación en X donde dejó claro que no tiene obligación de separarse de nadie y decide sobre qué opinar. Agregó que si alguien necesita que condene a Carlson u Owens para escucharla, entonces quizá su programa no sea para esos críticos, y que su lucha es con la izquierda, no con ellos dos. Invocó, además, la amistad con Carlson y la presión que ya sufre Owens como razones para no criticarlos.

Por supuesto, Kelly tiene todo el derecho de hacer y decir lo que quiera. Pero ese derecho no la inmuniza contra las críticas, porque quienes opinan también tienen derecho a expresarse. En el áspero territorio del debate político, periodistas, influencers, podcasters y políticos están expuestos a las valoraciones -negativas o positivas- por sus posturas; es, literalmente, el producto que venden. La equidistancia no existe en este ecosistema y Kelly lo sabe mejor que nadie: ha construido una carrera exitosa precisamente gracias a sus posicionamientos contundentes. Si ahora elige la solidaridad corporativa con Tucker y Candace por encima de la coherencia intelectual, es natural que el público se lo recrimine. Es parte del oficio.

El debate central, en el cual personas aparentemente cuerdas se han dejado arrastrar por los delirios místicos de Owens, es si Kirk estaba desilusionado con Israel. La especulación cobró fuerza cuando esta odiadora profesional de Israel empezó a insinuar que los servicios secretos israelíes tendrían relación con su asesinato. Los comentarios tan descabellados de Owens provocaron que el primer ministro israelí interviniera públicamente, mencionando una carta que había recibido de Kirk expresando su apoyo a Israel.

Owens afirmó descaradamente que Netanyahu mentía sobre el contenido de esa carta, y Kelly se sumó con entusiasmo al capricho de Candace al sostener que las conversaciones que Kirk había tenido en su podcast ¡contradecían la carta que el propio Kirk había firmado! El papelón terminó salpicándolas a ambas por igual.

Ahora que se ha publicado el contenido completo de esa carta, se puede ver, para sorpresa de nadie, que Owens mentía y que Kelly está intentando cubrirla. La carta deja claro que las afirmaciones de que Kirk se había vuelto contra Israel eran falsas. Es más, a Kirk le preocupaba que Israel perdiera apoyo debido a la batalla por la información que, en el caso de la guerra en Gaza, como en muchos otros ámbitos, sigue ganando la izquierda.

Kirk no dudaba en absoluto sobre Israel, sino que lamentaba la forma en que algunas voces responden a las críticas al Estado judío. Eso pareció pasar desapercibido para Kelly. La preocupación de Kirk era genuina y profunda. El pogromo que desató la guerra y que va a cumplir dos años ha destrabado un antisemitismo descarado que ni los más pesimistas hubieran imaginado. El wokismo, aun expuesto en su radicalización violenta y su ridiculez, sigue consiguiendo victorias en la guerra informativa. Los medios y el ámbito del espectáculo y la cultura siguen siendo patrimonio del progresismo rancio y dialectizante. Si la tienen tan fácil con un tema tan procazmente manipulado, qué no podrán hacer en adelante.

Justamente, siguiendo una narrativa que parece calcada de un panfleto antifa, Kelly defendió durante un episodio reciente de su programa en SiriusXM los comentarios de Owens, que incluyeron acusaciones falsas contra Benjamin Netanyahu y Bill Ackman, así como recomendaciones a sus seguidores para que sospecharan de quienes les pedían dejar de hacer preguntas sobre el asesinato de Charlie Kirk. Este es el mismo atajo que viene usando toda la derecha woke: el "sólo estoy haciendo preguntas". Pero ocurre que cuando la respuesta a esas preguntas no refrenda sus teorías de la conspiración y sus libelos de sangre antiisraelíes, sencillamente lo desestiman y además se victimizan. Al final del día, no son preguntas lo que hacen, sino insinuaciones maquilladas con poca destreza.

La derecha woke se ha unido sin diferencias al coro del islamoizquierdismo, sin ningún reparo en usar la narrativa de Hamás -aun cuando mil veces y con datos se ha demostrado falsaria. Pero además, vienen mostrando un nulo interés en el debate honesto. Su simbiosis con lo que toda la vida criticaron es realmente llamativa. La figura más visible de este movimiento es Tucker Carlson.

Carlson se ha adentrado cada vez más en el mundo de las críticas a Israel y al mismísimo rol de EEUU en Occidente. Y la cuestión es que Kelly, como tantos otros, se hacen los distraídos con este tema, esquivando al elefante en la sala, lo que ha generado una crisis en el movimiento conservador. Esto es sin duda un regalo para el Partido Demócrata, tan evidente que a veces cuesta pensar que no sea a propósito. Ellos, como profesionales de la conspiración, deberían saber cómo se ve esto de afuera.

Cuando The New York Post publicó el texto completo de la carta de Kirk a Netanyahu, y la estafa de Owens quedó al descubierto, Kelly pudo ver cómo Owens había mentido para usar el asesinato de Kirk en beneficio de su cruzada antisemita que ya lleva años. Si ya había opinado sobre el tema, ¿no debió ahora decir si Owens tenía razón o no respecto de la carta? ¿Cómo pudo pensar que la "brillante" Owens es fuente creíble sobre Israel, luego de que Candace cometiera uno de los yerros más estúpidos de la historia del periodismo al decir que el histórico barrio musulmán de Jerusalén era un gueto donde estaban confinados los musulmanes? ¿No nota Kelly que Candace, la “brillante”, es profundamente ignorante? ¿Concuerda Kelly con la visión del mundo que comparten Carlson y Owens?

El otro problema, a más largo plazo, es que gran parte de la derecha se está convirtiendo en lo que la izquierda siempre dijo que era.

Kelly afirma estar centrada en la lucha contra la izquierda, incluyendo a los antisemitas progresistas, pero avala la cruzada antijudía de Carlson y Owens; ya sea la amistad genuina o por juicio erróneo. Pero ni el buenismo impostado ni la amistad justifican que se dejen pasar las falsedades sin cuestionarlas, y menos para alguien que se forjó una reputación diciendo las cosas más polémicas.

La moda antisemita actual de la izquierda va a pasar como pasaron el MeToo, BLM o la lucha por las ballenas, y la izquierda hará de cuenta que nunca estuvo en esa trinchera. En cambio, la derecha quedará retratada como judeófoba e intolerante, precisamente porque voces como Kelly se negaron a denunciar a los popes de la derecha woke cuando más importaba hacerlo.

Kelly elige libremente su camino, pero no puede enojarse por generar decepción. Es su responsabilidad no distinguir entre crítica legítima y libelo de sangre, entre escepticismo saludable y teoría conspirativa. Kelly siente que ha sido injustamente señalada, pero su ceguera ante el papel que Carlson y Owens han desempeñado en la difusión del odio hacia los judíos, así como su reacción indignada al cuestionamiento de su asociación con ellos, es insostenible.

La historia juzgará con dureza a quienes eligieron el silencio cómplice por lealtad tribal. Porque es necesario ser claros, no es un dilema: es una elección. Y las elecciones tienen consecuencias.

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