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La alfombra roja al servicio de la yihad

La narrativa de que la retórica antiisraelí está separada del antisemitismo se derrumba cuando vemos que judíos son atacados en las calles de Nueva York, apuñalados en Europa, baleados en sinagogas, por personas que sostienen en los mismos libelos que difunden los actores con total frivolidad en la alfombra roja. Las celebridades alimentan el odio criminal de los terroristas.

La actriz Hannah Einbinder posa con el premio y el pin con la mano roja (Photo by Frederic J. Brown / AFP) /

La actriz Hannah Einbinder posa con el premio y el pin con la mano roja (Photo by Frederic J. Brown / AFP) /AFP

Existe un viejo dicho que reza: “El antisemita no acusa al judío de robar porque crea que robó algo. Lo hace porque disfruta viendo al judío vaciar sus bolsillos para probar su inocencia”. Estas semanas hemos visto cómo el furor judeófobo crece conforme Israel avanza sobre los últimos bastiones de Hamás en Gaza. Miles de actores y cineastas, incluidos Olivia Colman, Mark Ruffalo, Javier Bardem, Emma Stone o Tilda Swinton, firmaron un boicot a las productoras de cine israelíes que nada tienen que ver con el gobierno, es más, mayoritariamente son contrarias a Netanyahu y su Administración. Luego, la actriz Hannah Einbinder en los Premios Emmy 2025, recibió un galardón y aprovechó el escenario para gritar "Free Palestine" y decir que su "deber como judía" era “distinguir a los judíos del Estado de Israel”, Hannah Einbinder también se despachó contra el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).

Hamás elogió el discurso de Einbinder. Quds News Network, medio de comunicación de Hamás, publicó el video de Hannah atacando a Israel, pero lo más notable fue que censuró la parte de los hombros y escote de la actriz. Tras el papelón, los encargados del tuit borraron el posteo, pero esa imagen se hizo viral en la red. Por cierto, los palestinos que sintieron tanto asco por la piel expuesta de Hannah nos señalan el límite de la sociedad entre la izquierda y los islamistas. También nos dice quién manda en esa sociedad y cuál sería el destino de la actriz si dependiera de ellos.

La narrativa de que la retórica antiisraelí está separada del antisemitismo se derrumba cuando vemos que judíos son atacados en las calles de Nueva York, apuñalados en Europa, baleados en sinagogas, por personas que creen en los mismos libelos que difunden los actores con total frivolidad en la alfombra roja. Cuando señala a Israel, el diminuto Estado judío, hogar de la mitad del judaísmo mundial, se pone en la mira de los asesinos a millones de personas. Las celebridades alimentan el odio criminal de los terroristas.

Mientras casi medio centenar de rehenes permanecen en manos de Hamás en los túneles de Gaza, resulta impactante que la responsabilidad que siente Hannah como judía sea separarse del destino de los otros judíos, específicamente, los israelíes, que son la mitad de los judíos del mundo, ¡menuda Judas! Einbinder, por supuesto, se unió a los miles de miembros de Hollywood del boicot, prometiendo no trabajar con instituciones cinematográficas israelíes.

Como para coronar su cuadro de judeofobia extra large, Hannah usó sobre su vestido de gala el pin con la mano roja que también llevaron Ruth Negga, Chris Perfetti, Aimee Lou Wood y Megan Stalter. El pin rojo celebra el linchamiento y posterior desmembramiento de dos israelíes a manos de palestinos. El conocido como "linchamiento en Ramala" fue el asesinato de dos israelíes por una multitud de palestinos, en octubre de 2000. Eran dos soldados, Vadim Nurzhitz y Yossi Avrahami, que entraron en la ciudad de Ramala por error, desarmados, y fueron llevados a una comisaría por la Autoridad Palestina. Allí, una multitud de palestinos ingresó a la comisaría y junto con los policías comenzaron a golpearlos hasta la muerte. En ese momento, Aziz Salha en plena orgía de sangre, se asomó a la ventana para mostrar sus manos bañadas en sangre de judíos y alegrar a la multitud. Esas manos asesinas, bañadas en sangre de judíos, son las que están representadas en el pin que los actores de Hollywood lucen con orgullo.

Cuando se señala a un Estado, se lo demoniza y se lo juzga con estándares que no se aplican a ningún otro, hemos entrado en el reino de la patología. Algunos casos verdaderamente reveladores, por ejemplo, los países que pretenden boicotear el Festival de la Canción de Eurovisión si Israel participa. O las estrellas de Hollywood, que anuncian con aires de grandeza que su virtud no les permitirá trabajar con empresas israelíes. El caso del gobierno de España es un manual de judeofobia. El presidente del gobierno español comenta con indiferencia que “lamentablemente” su país no tiene armas nucleares para detener a Israel e insinúa que dejaría de participar en la copa mundial de futbol si es que en la misma competencia se encuentra el pequeño estado judío, y tras incitar a los activistas prohamás, suspendió el torneo de ciclismo en Madrid porque participaban israelíes. Países Bajos se hunde en el caos parlamentario por Gaza. Siete ajedrecistas israelíes inscritos en un torneo español se retiraron del evento porque se les informó que no podían competir bajo su bandera nacional.

Nada de esto es casual, todo esto refleja profundas historias de terrorismo, antisemitismo y culpa poscolonialidad que ahora explota la propaganda de Hamás y se redirige contra el Estado judío. Junto al antisemitismo de las élites y de muchos ciudadanos del occidente libre, existe una guerra legal en el escenario global: la Corte Internacional de Justicia, la Corte Penal Internacional e innumerables "comisiones de investigación" de la ONU se han convertido en un escenario de persecución. Se lanzan falsas acusaciones de genocidio contra Israel, incluso mientras Hamás declara abiertamente su intención de exterminar a los judíos "desde el río hasta el mar".

En este momento y sin ningún pudor, varias ONG rastrean en las redes sociales a soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y a funcionarios israelíes en el extranjero para acosarlos, impedirles visitar otros países y conseguir que alguien les arruine la vida. Nada de esto es solidaridad con Gaza. Es persecución contra los judíos. Cuando se rechaza a los atletas israelíes, cuando se acosa a los estudiantes judíos en el campus, cuando se manchan con heces las sinagogas de Londres, cuando se vandalizan restaurantes kosher en París, Berlín y Nueva York, no se trata de Gaza. Se trata de los judíos.

Una encuesta de Gallup realizada a principios de este año reveló que el apoyo a Israel entre los demócratas se ha desplomado. La transformación del partido demócrata en una agrupación islamoizquierdista pone en peligro el panorama estratégico israelí. Hamás, Qatar, Irán y Rusia atacan la opinión pública estadounidense con brutal intensidad. Cada video escenificado, por más evidente que sea la falsificación de imágenes y datos, se vuelve una herramienta viral que va directo a las mentes trastornadas de los jóvenes criados en más de una década de wokismo. Cada estadística manipulada de las Naciones Unidas se dirige a los campus universitarios occidentales y a las asambleas electorales de partidos de izquierda. Ahora, mediante la guerra legal, la manipulación mediática y la proliferación de redes sociales, han normalizado el antisemitismo como algo "progresista". Esa narrativa no sólo deslegitima a Israel, sino que pone en peligro a las comunidades judías de todo el mundo.

Lo cierto es que Israel ha cometido muy pocas faltas legales en Gaza, aunque esto no sea lo que publican los medios del establishment que parecen voceros de la organización terrorista y que suelen dar por buena su narrativa en las páginas principales, para luego, con suerte, poner las desmentidas en el fondo para que nadie las lea. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) han tomado medidas sin precedentes para proteger a los civiles: folletos de advertencia, llamadas telefónicas, mensajes de texto, corredores humanitarios y pausas en los combates. No hay precedentes en la guerra moderna de este nivel de esfuerzo, especialmente en un entorno de combate como Gaza, donde los civiles son escudos humanos y Hamás pretende maximizar el número de muertos. Ni en Irak, ni en Afganistán, ni en Siria, ni en Ucrania se han tenido semejantes cuidados y estándares; y, sin embargo, Israel es el acusado de genocidio.

El doble rasero es patético y Hamás aprendió a usarlo a su favor. Su estrategia no es militar, ya que sabe que no puede derrotar a Israel de frente. Su enfoque se basa en el victimismo palestino como arma, inunda los medios con imágenes falsas y distorsiona la realidad hasta presentar a Israel como el agresor y a Hamás como la víctima. Cada semana inventa un libelo que se convierte en contenido mediático viral. Hamás ha convertido la muerte en publicidad, y el mundo la absorbe por completo.

La demonización siempre precede a la violencia. Observemos el caso de Estados Unidos, donde la violencia política se está normalizando. Las mentiras siempre conducen a la persecución, y cuando Israel pierda el apoyo bipartidista en Estados Unidos, cuando el antisemitismo se integre en las instituciones globales, cuando la vida judía vuelva a ser frágil en Europa y América, las consecuencias no serán menores. Estamos viviendo el mayor ataque propagandístico de la historia moderna. La masacre de Hamás del 7 de octubre no sólo pretendía matar israelíes, sino desatar una guerra narrativa que aislaría a Israel, fracturaría sus alianzas y exacerbaría el antisemitismo en todo el mundo. Ese es el mundo que Hamás desea.

Aquellos que hoy participan en la persecución antisemita global nos recuerdan a Leni Riefenstahl, el caso más emblemático de un artista que abrazó con fervor la causa antijudía y luego intentó lavar su imagen histórica mediante mentiras descaradas.

Riefenstahl comenzó a hacerse famosa con su película La Luz Azul (1931) por la que recibió reconocimiento internacional, siendo catalogada entre las mejores películas extranjeras por el Consejo Nacional de Crítica de Cine de Nueva York y ganando la medalla de plata en el Festival de Venecia en 1932. Sin embargo, su ambición la llevó directamente a los brazos del nazismo. En 1932, solicitó personalmente una audiencia con Hitler, quien le prometió: "Una vez lleguemos al poder, tienes que hacer mis películas". Desde ese momento, se convirtió en una invitada habitual en las reuniones de la cúpula nazi, integrándose completamente al círculo íntimo del poder genocida.

Como ocurre en estos días, en aquel entonces el mundo había dejado solo al pueblo judío y la industria del espectáculo premió la propaganda nazi. Riefenstahl obtuvo el Premio Nacional de Cine de 1935, el premio al mejor documental extranjero en Venecia, y el Gran Premio en la Exposición Internacional de París de 1937. Gracias a la complicidad del mundo artístico, sus obras sirvieron magistralmente a los fines propagandísticos del Reich.

La hipocresía de Riefenstahl se manifestó grotescamente durante la Kristallnacht. Cuando arribó a Nueva York con su film Olympia y se enteró del pogromo del 9-10 de noviembre de 1938 —cuando fueron incendiadas decenas de sinagogas, destruidos miles de negocios judíos, asesinados cientos de ciudadanos y arrestados treinta mil judíos enviados a campos de concentración— no solo no condenó los hechos, sino que defendió públicamente a Hitler ante los periodistas estadounidenses.

En abril de 1942, Riefenstahl comenzó el rodaje de Tierras Bajas, utilizando como extras a prisioneros romaníes del campo de trabajo de Maxglan-Leopoldskron, forzándolos a trabajar en condiciones brutales. Todos estos extras fueron posteriormente enviados a Auschwitz, donde la mayoría murió en las cámaras de gas. Años después, Riefenstahl mentiría descaradamente: "Nos reencontramos con todos los gitanos que trabajaron en Tierras bajas. Nada le sucedió a nadie". Pero en 1985, la documentalista Nina Gladitz expuso las mentiras de Riefenstahl, basándose en el testimonio de sobrevivientes. Riefenstahl demandó a Gladitz, pero el Tribunal Regional Superior de Karlsruhe falló en favor de Gladitz, estableciendo que Riefenstahl sabía perfectamente que los extras provenían de campos de concentración.

Riefenstahl no acompañó a Hitler en su caída, y en abril de 1945 huyó de Berlín mientras el Ejército Rojo asediaba la capital. Entre 1945 y 1948, interrogada en Dachau sobre sus vínculos con el Tercer Reich y confrontada con las terribles imágenes de los campos de concentración, negó todo conocimiento. La historia de Riefenstahl sirve como advertencia: aquellos que hoy participan en la persecución antisemita también intentarán, en el futuro, negar su participación y lavar su responsabilidad histórica. Pero Leni pasó a la historia como un ser repugnante y pasó a la historia como una colaboracionista nazi, no como una artista.

Cuando todo este horror pase, todos los que firmaron boicots judeófobos, todos los que gritaron en los escenarios consignas que buscan el exterminio de Israel. Todos los que se suben a la ola de atacar judíos por el mundo, dirán que fueron engañados, que sólo buscaban la paz, “que no sabían”. En ese momento, será fundamental no permitir que se salgan con la suya. Nunca más.

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