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Para los yihadistas, "nunca más" significa "una y otra vez"

La sensación de horror del 11-S no fue suficiente para que se reconociera de forma generalizada que la difícil situación de Israel forma parte de un complot islamista más amplio.

Terroristas de Hamás en Gaza

Terroristas de Hamás en GazaMahmud Hams / AFP.

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El jueves se conmemora el aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Cerca de 3.000 personas murieron ese día hace 24 años: 2.753 en el World Trade Center en el bajo Manhattan; 184 en el Pentágono en Arlington, Virginia; y 40 en el vuelo 93 de United Airlines que se estrelló en Pennsylvania después de que los valientes pasajeros -que prefirieron caer en picada y morir antes que permitir que el avión llegara a la Casa Blanca o al Capitolio- lucharan contra los secuestradores.

En el total estaban incluidos todos los pasajeros de los vuelos 11 y 77 de American Airlines, que el grupo terrorista Al Qaeda utilizó como armas de destrucción masiva para derribar las Torres Gemelas.

Además de los 2.977 hombres, mujeres y niños asesinados en lo que se conoció como el 11-S, más de 6.000 resultaron heridos durante y después del asalto islamista a la esencia de los Estados Unidos. Las lesiones inmediatas incluyeron huesos aplastados, quemaduras e inhalación de humo. Los traumas a largo plazo, así como la angustia mental, se debieron a los problemas de salud de los primeros intervinientes y de los supervivientes derivados de la exposición a los residuos tóxicos de la Zona Cero.

"Es así como incluso muchos izquierdistas de larga data en el 'campo de la paz' de Israel llegaron a la conclusión de que la diplomacia con los terroristas sólo sirve para intensificar su sed de sangre. Y no sólo para los judíos"

Para los estadounidenses, la catástrofe fue una sacudida a la autocomplacencia. Para los israelíes, fue devastadora, pero no sorprendente. Los ciudadanos del Estado judío habían pasado los 12 meses previos al aparentemente acontecimiento apocalíptico intentando calcular qué autobuses podrían estallar o qué centro comercial sería el próximo objetivo de un atentado suicida.

Lo anterior caracterizó los años de la Segunda Intifada, que la Autoridad Palestina (AP), entonces dirigida por el architerrorista y jefe de la OLP Yaser Arafat, había lanzado en 2000. ¿El impulso? La masiva oferta de tierra por paz del primer ministro israelí Ehud Barak en Camp David.

Es así como incluso muchos izquierdistas de toda la vida en el "campo de la paz" israelí llegaron a la conclusión de que la diplomacia con los terroristas sólo sirve para intensificar su sed de sangre. Y no sólo por los judíos.

Los islamistas ya estaban masacrando cristianos por todo Oriente Próximo y África, y provocando que huyeran en masa de la AP. Ah, y no olvidemos a los "infieles" musulmanes en el punto de mira yihadista por "traicionar" al Islam.

Son los mismos yihadistas que celebraron el 11-S bailando en los tejados al ver a las víctimas saltar por las ventanas del WTC. Mientras tanto, el resto del planeta experimentaba pavor.

Pero la sensación no fue suficiente para provocar el reconocimiento generalizado de que la difícil situación de Israel forma parte de un complot islamista más amplio. Avancemos rápidamente hasta el 7 de Octubre de 2023, cuyo segundo aniversario se cumple el mes que viene.

"[El antisemitismo] es una enfermedad intelectual, una enfermedad de la mente, extremadamente infecciosa y masivamente destructiva"Paul Johnson

Cuando Hamas invadió el sur de Israel y cometió las peores atrocidades contra los judíos desde el Holocausto, cabría haber esperado una toma de conciencia transnacional de que se trataba de una manifestación del mismo yihadismo responsable del 11-S -y de que diferentes grupos islamistas, a menudo rivales, tienen un objetivo compartido. Dado que los autores de todos esos atentados hablan abiertamente de ese objetivo, no debería ser difícil comprenderlo.

Desgraciadamente, el 7 de Octubre, con un número proporcional de víctimas 12 veces superior al del 11 de septiembre, tuvo el efecto contrario. En lugar de constituir una llamada de atención a Occidente, desató un tipo de antisemitismo que no se había visto desde el ascenso del Tercer Reich.

Peor aún, abrió las compuertas del odio a los judíos en Estados Unidos, desde los salones de Harvard hasta las páginas de las principales publicaciones y más allá. El fenómeno no sólo es repugnante, sino también contraproducente.

Como escribió el difunto historiador británico Paul Johnson en la revista Commentary en 2005, "[El antisemitismo] es una enfermedad intelectual, una enfermedad de la mente, extremadamente infecciosa y masivamente destructiva".

Además, afirmaba: "En toda la historia, es difícil señalar una sola ocasión en la que una ola de antisemitismo haya sido provocada por una amenaza judía real (en contraposición a una imaginaria)."

Tampoco, añadió, está "confinado a intelectos débiles, endebles o comunes; ... sus portadores han incluido a hombres y mujeres de pensamientos por lo demás poderosos y sutiles. Como todas las enfermedades mentales, es perjudicial para la razón y a veces mortal."

Bueno, es ciertamente fatal para los judíos -aunque en el proceso, carcome a las sociedades que sucumben a él. Lo mismo ocurre con el yihadismo. Una vez que arraiga en los países que sus adeptos tratan de subyugar, hace metástasis.

"La última excusa para confabularse contra Israel y los judíos es la guerra contra Hamás y las batallas subsiguientes/simultáneas con otros proxies iraníes, así como con la propia República Islámica"

Esto es particularmente cierto en Occidente, donde hay una tasa de natalidad peligrosamente baja -salvo entre los inmigrantes- así como compañeros de viaje vociferantes cuya influencia supera con creces su número. Estos son los idiotas útiles cuyas políticas y comportamientos progresistas son antitéticos a la ideología yihadista de la que son cómplices, ya sea por ignorancia o por malicia.

La última excusa para arremeter contra Israel y los judíos es la guerra contra Hamás y las batallas subsiguientes o simultáneas con otros representantes iraníes, así como con la propia República Islámica. El vértigo moral por parte de la gente que será la siguiente en la fila si los yihadistas se salen con la suya es asombroso.

Si no fuera por la actual administración de Washington, el único actor realmente relevante en la escena internacional, Israel se vería obligada a enfrentarse a sus enemigos mortales y a contrarrestar las mentiras de sus supuestos amigos.

Afortunadamente, el presidente estadounidense, Donald Trump, entiende que el Estado judío, el "pequeño Satán", está en primera línea de la guerra [que los islamistas libran] no sólo contra el "gran Satán", Estados Unidos, sino también contra todos los valores judeocristianos que ambos aprecian. Es precisamente por eso por lo que está instando a Israel a que se ponga manos a la obra para ganar ya.

En vísperas de este par de aniversarios interconectados, nos corresponde dejar de lamentar la vacuidad del lema posterior al Holocausto "nunca más", y recordar la promesa de Hamás, refrendada por los yihadistas de todo el mundo, de repetir las abominaciones del 7 de Octubre "una y otra y otra vez".

© JNS

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