Cuando los tiranos piden negociar: el peligro de fortalecer una vez más la fábrica de asesinatos de Irán
Siempre que el régimen iraní se siente fuerte —abundante de dinero, influyente en la región, legitimado diplomáticamente— es desafiante, agresivo y expansionista. Siempre que se siente débil, redescubre las 'negociaciones'.

Protesta contra el régimen iraní en Londres
Ahora que están de rodillas, los gobernantes de Irán, al parecer, quieren negociar. Funcionarios iraníes, incluido el ministro de Asuntos Exteriores, han señalado su disposición a negociar un nuevo acuerdo nuclear. Pero no de moderarse o de un auténtico cambio de comportamiento. La súplica del régimen iraní es claramente su último esfuerzo desesperado por aferrarse al poder para poder seguir torturando, masacrando y sacando los ojos a sus ciudadanos.
Los mulás buscan una salida. Este no es, por tanto, el momento del equivocado optimismo diplomático que profesa que esos dirigentes están dispuestos a dejar de construir armas nucleares y misiles balísticos que puedan alcanzar Estados Unidos, o a dejar de brutalizar a iraníes inocentes. El régimen, que gobierna puertas adentro mediante el terror, evidentemente sigue esperando poder gobernar al resto del mundo mediante el mismo terror.
Este patrón es, de hecho, la forma en que la República Islámica de Irán ha operado desde su fundación en 1979. Siempre que se siente fuerte —con dinero, influyente en la región, legitimada diplomáticamente— se muestra desafiante, agresiva y expansionista. Siempre que se siente débil, redescubre las negociaciones. En el islam chií, se dice que si el islam está amenazado, hay que practicar el disimulo (taqiyya). Para los mulás de Irán, las conversaciones siempre han sido una táctica para ganar tiempo, reducir la presión y fortalecer su mano.
Tras años de sanciones y de presión creciente durante la última parte de la Administración Bush (después de la participación iraní en los atentados del 11 de septiembre de 2001), el régimen se encontraba económicamente desgastado y políticamente acorralado. Cuando el presidente Barack Obama llegó al poder, Teherán se orientó rápidamente hacia las negociaciones. El resultado fue un falso acuerdo que rescató a los mulás cuando estaban en su momento más vulnerable. El pacto no sólo ofreció un respiro al régimen, sino también más de 150.000 millones de dólares y la posibilidad de construir legítimamente tantas armas nucleares como pudiera —al cabo de unos años, con una prohibición que finalizó el 18 de octubre de 2025—. Este respiro no sólo condujo al resurgimiento del régimen iraní, sino que ayudó a financiar toda su industria bélica, incluido su arsenal nuclear.
"Irán sin duda pretende esperar a que termine la actual Administración estadounidense".
En 2015, rebosante de dinero y legitimidad internacional bajo el tierno patrocinio de Estados Unidos, el Gobierno iraní viró inmediatamente no hacia la moderación, sino hacia el endurecimiento dramático de sus redes regionales de peones y la construcción de un lazo de fuego militar alrededor de su enemigo, Israel. El Reloj del Apocalipsis de Irán, dispositivo en una valla publicitaria de la Plaza de Palestina en Teherán, contaba los días que faltaban para la predicción de que "el régimen sionista dejará de existir dentro de 25 años". Es decir, en 2040.
Irán —invirtiendo fuertemente en programas de misiles balísticos, armas para milicias y guerra asimétrica— se atrincheró en toda la región, desde Líbano hasta Siria e Irak, mientras que Hezbolá, como era de esperar, incrementó sus capacidades militares.
Las consecuencias del empoderamiento de Irán por parte de la Administración Biden se hicieron evidentes el 7 de octubre de 2023 durante la invasión de Hamás a Israel. Así como con la desestabilización regional masiva: durante los años de Biden, Irán y sus peones lanzaron no menos de 151 ataques contra las fuerzas estadounidenses en la región mientras que profundizaban los ciclos de violencia. El régimen de Irán no utilizó el alivio para reformarse; lo utilizó para prepararse. Con el tiempo, atacó a funcionarios estadounidenses, a un embajador saudí y a un disidente civil iraní, todo ello en suelo estadounidense.
Aislamiento, pobreza, represión: Irán hoy
En la actualidad, la República Islámica de Irán se encuentra posiblemente en la situación más débil desde su fundación. Internamente, la sociedad está en ebullición. Años de represión, corrupción, mala gestión económica y brutalidad han creado una población que se ha levantado una y otra vez contra la élite gobernante, mientras Estados Unidos y otros supuestos protectores de la libertad, como la ONU, miraban castamente hacia otro lado. El contrato social entre el Estado iraní y sus ciudadanos sólo se sostiene ahora mediante la brutalidad, el terror y el miedo.
Económicamente, la moneda está en caída libre, y el pueblo iraní soporta el coste del colapso. La inflación ha destruido innumerables medios de subsistencia. La economía, que ya no ofrece estabilidad, crecimiento ni esperanza, sólo genera escasez, incertidumbre y muerte.
A nivel regional, los principales aliados de Irán se han debilitado o eliminado. Sus fuerzas proxy, antaño percibidas como imparables, han recibido golpes significativos. La presión militar, sobre todo de Israel y reforzada por las políticas de máxima presión de la Administración Trump, ha limitado gran parte del poderío militar que Irán poseía antaño. Su imagen como ascendente hegemón regional ha sido sustituida por la de un régimen que lucha por mantener unidas las ruinas de un imperio.
Políticamente, está más aislado que nunca. La brutalidad contra su propio pueblo ha acabado con la credibilidad moral que le quedaba. Ejecuciones, detenciones masivas y violentas medidas represivas han puesto aún más de manifiesto la naturaleza del régimen. La idea de que este sistema pueda convertirse de repente en un socio negociador responsable desafía tanto la lógica como la experiencia.
Como el régimen es tan débil, está buscando una tabla de salvación, y sería una locura geopolítica dársela. Irán sin duda pretende esperar a que termine la actual Administración estadounidense, sabiendo que el tiempo, si logra ganarlo, podrá reparar sus circunstancias políticas.
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El camino a seguir
La sostenida presión económica y militar de Trump sobre Irán ha puesto, por primera vez, al régimen a la defensiva. Desperdiciar semejante oportunidad sería un error de magnitud histórica.
Cualquier acuerdo que se ofrezca en este momento —por bienintencionado que sea— sólo serviría a los intereses de Irán. No a los de Estados Unidos, no a los del mundo. Incluso una legitimidad parcial reforzaría un sistema construido sobre el salvajismo y el terror. Si la Administración estadounidense imagina que Irán cumplirá compromisos firmados en un papel —¡con infieles!—, puede que ya no merezca liderar el mundo libre.
La seguridad nacional estadounidense entrará en juego en caso de que las ruidosas amenazas militares de Trump sean vistas por sus adversarios como un mero farol. No sólo hay que cerrar las lagunas financieras de Irán, sino que la disuasión militar debe seguir siendo creíble y visible. La disuasión sólo funciona si se cree en la amenaza.
También hay una dimensión moral. Negociar con este régimen en este momento sería una señal para el pueblo iraní de que su sufrimiento, sus protestas, su encarcelamiento y sus decenas de miles de muertes pueden dejarse de lado en nombre de la conveniencia diplomática.
El principio de responsabilidad de proteger existe precisamente para abordar situaciones en las que un régimen brutaliza a su propia población. Sin embargo, una y otra vez, las Naciones Unidas ignoraron este principio cuando se trató de Irán. El doble rasero es más que evidente: en otros lugares se exigen responsabilidades —a menudo erróneamente, con una falta de justicia pasmosa—, pero se posponen para siempre cuando se trata del régimen de los ayatolás. Probablemente ya es hora de que la Administración Trump, por respeto a los contribuyentes estadounidenses, recorte la financiación a esta corrupta colección de narcisistas más de lo que ya lo ha hecho.
El Gobierno iraní ha sobrevivido durante casi 50 años mintiendo y engañando, como aconseja la taqiyya, para extraer concesiones. Hasta ahora, ha logrado embaucar a ocho administraciones estadounidenses y a la comunidad internacional, y sin duda volverá a intentarlo. Toda complacencia otorgada a este régimen se convertirá en represión, inestabilidad y terror.
Descartar la oportunidad actual sería una devastación estratégica y moral. El camino a seguir no es la negociación, es negarse a otorgar poder a la peor expresión del mal.