Por qué Epstein importa
El presidente debe entender que el valor simbólico del caso Epstein reside no en el escándalo mismo sino en aquello a lo que se lo asocia. Lo que el votante de Trump no quiere perder es el compromiso tácito de verdad y transparencia que tiene con su presidente.

Jeffrey Epstein, junto con su expareja Ghislaine Maxwell
Si analizamos las numerosas acciones reales y bien documentadas destinadas a impedir que Donald Trump ganara la elección en 2020, o incluso los esfuerzos destinados a impedir que se presentara en las elecciones de 2024 —desde una avalancha de procesos judiciales hasta la censura en redes sociales, la desmesurada creación de material dedicado a su desprestigio en medios y el odio sistemático vertido hacia su persona por el Partido Demócrata—, resulta evidente que, si Trump o alguien de su entorno estuviera implicado en una supuesta lista secreta de tráfico sexual de menores en manos del FBI, esa información habría salido a la luz hace años como parte de la prolongada campaña de demolición de su figura. Por ello, las versiones que vinculan a Trump con la famosa lista de Epstein no parecen ni remotamente posibles.
Del mismo modo, cabe considerar el hecho de que, desde que estalló el caso Epstein, el FBI ha estado bajo el control de administraciones tanto republicanas como demócratas, lo que implica que ambos partidos han tenido la oportunidad de filtrar o censurar información según sus intereses. A pesar de las sanguinarias carreras electorales y de las acusaciones de conspiraciones del deep state, ninguna prueba concreta sobre la supuesta lista ha emergido, incluso cuando gran parte de la información sobre Epstein y sus crímenes se filtró antes de su publicación oficial. La esperada bomba informativa nunca estalló.
La explicación más sencilla, siguiendo el principio de la Navaja de Ockham, es que el caso Epstein no tiene más revelaciones políticamente significativas que ofrecer. Entonces, ¿por qué los recientes intentos de la Administración por cerrar el tema han generado un efecto Streisand, avivando sospechas y descontento entre sus propias filas? ¿Por qué importa el caso Epstein?
"Los crímenes documentados de Epstein, sus conexiones con figuras poderosas, su suicidio... crearon la conspiración perfecta".
El caso Epstein importa porque trasciende lo político. Combina elementos truculentos: campañas sucias de todo el espectro político para incriminar a sus adversarios en actos aberrantes, el poder de las élites para manipular el sistema judicial y la sempiterna fascinación mediática por los escándalos de ricos y famosos. Estos factores convirtieron a Jeffrey Epstein, un millonario financista de Manhattan que se vendía a sí mismo como filántropo mientras ocultaba su faceta de depredador sexual, en el epicentro de una trama infernal.
Mucho antes de que Esptein y su maldita existencia fueran remotamente conocidos, ya existían teorías de la conspiración acerca de prácticas satánicas, robos de órganos o fluidos, redes de pedofilia VIP, sospechosas cajas de pizza, pócimas de adrenocromo y un sinfín de ramificaciones propias de la literatura fantástica que la clase política ha explotado para desacreditar a sus oponentes. Pero el surgimiento del escándalo Epstein fue maná para estas teorías y ayudó a hacer creíble la fantasía.
Nada le faltó a este escándalo, incluyendo las múltiples rarezas que rodearon su final: los guardias de seguridad distraídos; la extraña situación de su compañero de celda; la confusión en torno a las cintas de vigilancia eliminadas o editadas, el equipo de abogados estrella, las personas vinculadas al caso muertas en circunstancias trágicas como Leigh Patrick; Jean-Luc Brunel, el agente de modelos cuya agencia presuntamente seleccionaba mujeres para Epstein, que se suicidó en la prisión mientras esperaba juicio por violación de menores; Carolyn Andriano, víctima de Epstein desde los 14 años cuyo testimonio fue clave para condenar a Ghislaine Maxwell; o Virginia Giuffre, una de las víctimas más conocidas que logró un acuerdo multimillonario con el príncipe Andrés y se suicidó recientemente.
Los crímenes documentados de Epstein contra adolescentes, sus conexiones con figuras poderosas, el trato indulgente que recibió en el juicio de los 2000 y su suicidio en una celda federal en 2019 crearon la conspiración perfecta. Y si bien la idea de una red de delincuentes sexuales conectados por "cajas de pizza" es descabellada, la hipótesis de una lista de clientes que le proporcionaba al magnate protección mediante extorsión no parecía tan absurda.
Durante años la política alimentó estas sospechas. En la campaña electoral de Trump se sugirió que desclasificaría los archivos de Epstein y en febrero, la Administración Trump armó un gran alboroto al entregar a influencers unas prolijas carpetas que supuestamente contenían la Fase 1 de los archivos. Estas carpetas fueron un fiasco, cosa que refuerza la teoría de la Navaja de Ockham, pero la foto en la Casa Blanca fue viral y Pam Bondi disfrutó de los flashes junto a los influencers MAGA, así como de la expectativa recibida y el protagonismo obtenido. ¿No sabía Bondi que no había Fase 2? ¿No leyó las carpetas? ¿Debió esperar a la desilusión del público para victimizarse y culpar a otros del papelón?
Una violación del compromiso tácito de verdad y transparencia
Este episodio, mal manejado política y comunicacionalmente, incrementó las expectativas y permitió que los rumores se convirtieran en una bola de nieve que no paró de crecer. El presidente tiene razón en querer poner fin al tema, y es necesario sincerarse de lo que está ocurriendo llegados a este punto insostenible. Por eso intentó bajar la espuma, pero no con una explicación clara y templada, sino obligando a sus seguidores a olvidar todo, insultando a quienes demandaban aquello que les habían prometido. Trump malinterpretó las demandas de gran parte de su base electoral, que son a quienes debe su puesto, más allá de los reclamos de los influencers MAGA. El caso Epstein les importa porque durante años se lo ha equiparado a otros escándalos donde el encubrimiento gubernamental ha sido evidente, casos en los que existe mucha evidencia de que ocultación ha sido brutal y flagrante.
Se trata de casos donde el ciudadano de a pie fue descaradamente maltratado, insultado y censurado. Casos que tuvieron que ver incluso con ataques al mismísimo Trump y donde sus seguidores mostraron el amor que le tienen y hasta dónde estaban dispuestos a llegar para defenderlo, aun en las peores circunstancias. Muchos de sus votantes saben ahora que sus sospechas sobre los orígenes de COVID y las regulaciones implementadas alrededor del virus estuvieron manipuladas por los políticos y por quienes se beneficiaron de compras y licitaciones gubernamentales, además del sistema de control distópico que se implementó durante aquellos años, y cuyas consecuencias se seguirán pagando por décadas. La gente sabe que el Gobierno demócrata los manipuló con la alarma climática para imponer una agenda nefasta de decrecimiento y manipular el mercado energético y alimenticio, entre otras cosas. La gente sabe que los poderosos políticos y los dueños de plataformas y redes se coludieron para censurar las opiniones y que también los manipularon con una agenda criminal alrededor de las transiciones de género en niños. Y si han apoyado a Trump contra viento y marea es porque el presidente les prometió terminar con eso, con el oscurantismo gubernamental. Por las más diversas razones, el caso Epstein quedó dentro de ese conjunto de casos, no porque el público lo convirtiera en político, sino porque la política usó un caso estruendoso para obtener ventajas. Por ejemplo, ahora, el Partido Demócrata que antes minimizaba el caso, parece aprovechar el cambio de narrativa para revitalizarlo.
También fue la mala gestión de los archivos de Epstein por parte de la fiscal general Pam Bondi la que puso al presidente en este aprieto, en una muestra de irresponsabilidad e ineficiencia que aparentemente quedará impune. La gestión errática de los archivos ha expuesto al presidente a una controversia que podría erosionar la confianza de su base y convertir el caso en una teoría conspirativa permanente, comparable a los mitos en torno a JFK o Marilyn Monroe. Sus comunicados contradictorios —primero anunciando que tenía "en su escritorio" grandes revelaciones y luego minimizando el contenido— demuestran que o en febrero o esta semana, no dijo la verdad. Con esto expuso al presidente a una mancha que puede costarle la confianza de sus bases, y a un sinfín de teorías de la conspiración estratificadas.
El presidente debe entender que el valor simbólico del caso Epstein reside no en el escándalo mismo sino en aquello a lo que se lo asocia. Lo que el votante de Trump no quiere perder es el compromiso tácito que tiene con su presidente de verdad y transparencia. Trump debe tomar nota de eso urgentemente. Su frustración debería dirigirse a quienes explotaron el caso, no a quienes creyeron en las promesas de transparencia.
La retórica sobre escándalos sensacionalistas es una herramienta política poderosa, pero de doble filo, y Trump está a punto de cortarse con el arma que su fiscal general afiló. La indignación de sus seguidores es comprensible: quienes han sido alimentados con expectativas sobre los archivos de Epstein durante años están, como mínimo, decepcionados, si no desconfiados. Alguien debe ofrecer explicaciones claras para evitar resentimientos y, sobre todo, impedir que el Partido Demócrata capitalice este fiasco. La responsabilidad de este error debe recaer en quienes manejaron el caso con negligencia, y las consecuencias no deberían quedar impunes.
El caso Epstein importa no por sus infernales vericuetos, sino porque expuso los peligros de las tramas incendiarias cuando se vuelven políticas, y expuso también la chapucería de algunos personajes que rodean al hombre más poderoso del mundo. Si el presidente quiere salir con éxito de este mal trago, deberá volver a hablar con sinceridad y consideración cuando se dirige a sus bases… y guardar los reproches para sus burócratas.