Irán: la Nueva (Vieja) Guerra
Para Estados Unidos, combatir la privatización de facto iraní del estrecho de Ormuz se enmarca en su tradicional defensa de la libertad de los mares, clave en su historia y en la defensa de sus intereses comerciales y estratégicos, pero también es una cuestión de percepción, de no permitir la narrativa victoriosa por parte de Irán que merme su credibilidad en la región y en el resto del mundo.

Embarcaciones navegando cerca del estrecho de Ormuz, el 13 de julio de 2026.
El presidente Trump ha declarado que el alto el fuego con Irán se ha acabado y ha comunicado al Congreso su intención de conducir nuevas operaciones de guerra contra Irán. De hecho, vamos ya por la quinta noche de bombardeos en la zona del estrecho de Ormuz y que parecen estar ampliándose a zonas del interior de Irán. Aunque muchos ven estas nuevas acciones como la prueba del fracaso de la campaña iniciada en febrero de este año, en realidad -y aunque la Casa Blanca no lo haya explicitado- nos encontramos ante una nueva guerra y no la continuación de la campaña militar llevada a cabo para acabar con el programa nuclear iraní. La distinción es importante no tanto para los anti-trumpers del mundo quienes, haga lo que haga el presidente norteamericano, siempre le van a criticar, sino para quienes dentro de Estados Unidos piensan que esta nueva acción militar es una desviación de la filosofía MAGA del America First, así como una jugada israelí para forzar a Estados Unidos a involucrarse aún más en Oriente Medio, incluido el propio vicepresidente JD Vance a tenor de sus últimas declaraciones.
Es verdad que la guerra con Irán se ha justificado por la necesidad de evitar que Irán se hiciera con un arsenal atómico, cosa que, dada la naturaleza islamista, revolucionaria y expansiva de su régimen, hubiera supuesto una alteración del poder en toda la región y una amenaza estratégica sobre el resto del mundo. La guerra de los 12 días en junio de 2025 y la de este año era lo que buscaban. Y en contra de lo que muchos dicen, los objetivos fueron ampliamente logrados: la capacidad de llevar adelante el enriquecimiento de uranio por parte de Irán es hoy igual a cero; su capacidad industrial para reponer los componentes destruidos, lo mismo, nula; y la posibilidad de que puedan utilizar los más de 400 kilos de uranio enriquecido, muy baja, estando como están enterrados bajo los escombros de Fordow y Natanz.
Por tanto, ya no estamos hablando del programa nuclear iraní por mucho que las negociaciones sea lo que tengan como principal objetivo, las causas y los objetivos de esta nueva guerra son otros. Para Irán lo que está en juego es la supervivencia de su nuevo régimen que ve en su capacidad de controlar el paso por el estrecho de Ormuz su única carta de legitimidad, habiendo perdido la Guardia Revolucionaria ahora el control de la dimensión religiosa sobre la que se ha basado el régimen desde su instauración en 1979. No es sólo la dimensión financiera de imponer tasas a los buques que lo transiten y engrosar sus arcas, es, sobre todo, una cuestión de proyectar internamente una imagen de victoria que compense todas sus pérdidas militares y les permita asegurar su poder.
Para Estados Unidos combatir la privatización de facto iraní del estrecho de Ormuz se enmarca en su tradicional defensa de la libertad de los mares, clave en su historia y en la defensa de sus intereses comerciales y estratégicos, pero también es una cuestión de percepción, de no permitir la narrativa victoriosa por parte de Irán que merme su credibilidad en la región y en el resto del mundo. Lo que pase en el Golfo, no se va a quedar exclusivamente en el Golfo, sino que tendrá su eco en el Pacífico y China. Es, por tanto, una guerra que afecta a los intereses primarios de América, no una acción de la que puedan desengancharse sin coste alguno. Guste o no.
Mundo
EEUU golpea aeropuerto, puentes y estación de tren en Irán y refuerza el bloqueo naval con un abordaje en el golfo de Omán
Emmanuel Alejandro Rondón
La tentación de abandonar la zona y dejar su futuro en manos de los países del Golfo y de los europeos, como se ha dicho en alguna ocasión, sólo provocaría una pérdida de confianza en Washington, la irrupción de otras potencias globales como su sustituto en la región o mayor caos en toda la zona, del Mar Rojo a Levante. No en balde lo que le piden los países del Golfo a estados Unidos es que acabe esta guerra en sus propios términos, no en los de Irán. No en balde son quienes están sufriendo más sus consecuencias, no Israel, porque se da por satisfecho con la evaporación de un Irán armado con sistemas nucleares.
El dilema es que esta nueva guerra por Ormuz es, en realidad, la vieja guerra de Estados Unidos contra el régimen islamista y revolucionario de Teherán en la medida en que Ormuz se ha convertido para el régimen de la Guardia Revolucionaria en su principal carta de supervivencia.
El objetivo estratégico de esta nueva guerra es y debe ser asegurar el libre tránsito por el estrecho, no forzar a los nuevos dirigentes iraníes a negociar el abandono de su programa nuclear.
Un acuerdo nuclear se construiría sobre una capacidad que ya no tienen más que sobre el papel, dejando intacta la capacidad de amenazar a los buques que pasen por Ormuz, que sí tienen sobre el terreno. Si ese fuera el resultado, un acuerdo sobre lo nuclear y un alto el fuego en el estrecho, Estados Unidos se vería abocado a mantener sus patrullas marítimas en la zona indefinidamente para convencer a las navieras del libre tránsito, algo que choca directamente con los intereses del América First de quienes abogan en el campo conservador por esta opción.
En lo que sí tienen razón los más aislacionistas de la Administración norteamericana es en la imposibilidad de acabar con las amenazas al tráfico marítimo sin una intervención terrestre. Con aviones y drones nunca se podrá acabar del todo con amenazas provenientes de otros drones y de misiles portátiles desde la costa, donde pueden esconderse en instalaciones que pasen desapercibidas. O se crea una buffer zone o los bombardeos no son eficaces ni creíbles. Y ni siquiera con una franja costera se impide el disparo de misiles de más largo alcance.
Por eso, el error estratégico para los intereses de América es limitar esta guerra al área costera de Ormuz. Hay que ampliar los ataques a zonas del interior y cercanas a Teherán donde en este momento la población no escucha más que la propaganda victoriosa del régimen y desconoce lo que está pasando. Volver a ver las bombas cayendo destruiría no sólo capacidades de mando y control, sino que haría añicos la narrativa que busca legitimar al nuevo régimen de la IRGC.
El régimen es mucho más frágil de lo que aparenta ser, aunque su imagen en el mundo occidental sea la de un régimen fortalecido por la guerra. No es el caso. Es más bien como el cristal, duro pero frágil. Un pequeño golpe puede hacerlo añicos.
Por eso, en lo que deberíamos estar en esta nueva guerra es contra la naturaleza del régimen en Teherán. Y por eso es la vieja guerra de siempre, la de eliminar de una vez por todas la “cabeza de la serpiente”, el elemento más desestabilizador que ha habido en la región desde 1979. No hay otra alternativa mejor para la defensa de los intereses del pueblo americano ni para el legítimo sueño del America First que el cambio de régimen en Irán.