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Rafael Bardají

Rafael Bardají

La ceguera voluntaria de Europa

Guerra buena, guerra mala

La reunión a su máximo nivel del Consejo Europeo de esta semana no ha hecho más que confirmar una realidad incómoda: Europa ha decidido que hay guerras buenas y guerras malas. Y, más aún, que esa distinción no depende de los hechos, sino de su propia disposición a actuar.

Edificio de la Unión Europea en Bruselas/ Nicolas Tucat

Edificio de la Unión Europea en Bruselas/ Nicolas TucatAFP.

En Bruselas, los líderes europeos han vuelto a decir no. No a Donald Trump, no a implicarse en la guerra contra Irán, no a asumir riesgos estratégicos en el estrecho de Ormuz. Sí, en cambio, a la diplomacia, a la desescalada y al multilateralismo.

Nada nuevo. Y, sin embargo, todo revelador.

La reunión a su máximo nivel del Consejo Europeo de esta semana no ha hecho más que confirmar una realidad incómoda: Europa ha decidido que hay guerras buenas y guerras malas. Y, más aún, que esa distinción no depende de los hechos, sino de su propia disposición a actuar.

La guerra de Ucrania es, para Europa, la guerra buena. La guerra contra Irán, la guerra mala.

Y en esa distinción se encierra toda su contradicción estratégica.

Ucrania: la guerra justa

Desde 2022, Europa ha movilizado cientos de miles de millones de euros para sostener a Ucrania frente a la agresión rusa. Ha financiado su Estado, ha enviado armamento, ha asumido costes económicos y políticos considerables. La narrativa es clara: Ucrania defiende la soberanía, el derecho internacional y el orden europeo.

En ese marco, la guerra es legítima. Incluso necesaria.

Europa no sólo la apoya: la necesita para reafirmar su identidad política. Ucrania se ha convertido en el último reflejo de una Europa que quiere verse a sí misma como defensora de principios.

Pero incluso en ese caso, su papel ha sido limitado. Europa paga. Estados Unidos asegura el combate. Europa sostiene. Estados Unidos decide. La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto una realidad que muchos prefieren ignorar: sin Washington, Kiev no podría resistir.

Aun así, Europa ha encontrado en Ucrania una causa cómoda. Una guerra lejana, con un enemigo claro y un coste controlado. Una guerra que no exige decisiones existenciales.

Irán: la guerra incómoda

Nada de eso ocurre con Irán.

Irán no es un Estado normal. No es una potencia convencional con intereses limitados y comportamiento previsible. Es un régimen teocrático, revolucionario y con aspiraciones hegemónicas que lleva décadas desestabilizando su entorno. Ha engañado sistemáticamente a la comunidad internacional con su programa nuclear clandestino, ha financiado y dirigido atentados terroristas en suelo europeo, ha armado redes de violencia en Oriente Medio y ha atacado directamente a Israel.

Hoy lanza misiles indiscriminadamente contra población civil, en abierta violación del derecho de la guerra, y emplea armamento prohibido como las municiones de racimo. No estamos ante un actor más del sistema internacional, sino ante un régimen que desafía sus reglas básicas y amenaza la seguridad regional y global.

Y, sin embargo, Europa insiste: no es su guerra. Pero sí lo es.

Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva, Europa reaccionó con incomodidad. No fue consultada. No controla la situación. Y, sobre todo, no quiere implicarse.

La respuesta ha sido inmediata: esta no es nuestra guerra. La alta representante de política exterior, Kaja Kallas, lo ha dejado claro. Europa apuesta por la diplomacia. Busca una salida negociada. Rechaza la escalada.

Incluso ha introducido un argumento revelador: el conflicto con Irán es preocupante, entre otras cosas, porque puede desviar la atención de Ucrania. Es decir, el problema no es sólo la guerra en sí, sino que compite con la guerra “correcta”.

Aquí la contradicción deja de ser estratégica para convertirse en algo más grave: una forma de ceguera voluntaria.

La incoherencia estratégica

Porque, si Europa cree en el derecho internacional, en la estabilidad global y en la defensa de sus intereses, ¿cómo puede sostener que una guerra es legítima y otra no, cuando ambas afectan directamente a su seguridad?

El estrecho de Ormuz no es un escenario remoto. Es una arteria vital del sistema energético global. Su bloqueo impacta directamente en la economía europea, en sus precios, en su estabilidad.

Europa depende de lo que ocurre allí. Y, sin embargo, actúa como si no.

No estamos ante ignorancia. Estamos ante una decisión consciente de no ver. Europa no distingue entre guerras justas e injustas. Distingue entre guerras cómodas y guerras incómodas.

Ucrania permite a Europa actuar sin asumir plenamente las consecuencias de la guerra. Irán no. Ucrania es una guerra financiable. Irán es una guerra que exige poder.

Europa ha optado por la comodidad.

El cisma atlántico

Aquí es donde la brecha con Estados Unidos se hace evidente.

Para Washington, el conflicto con Irán forma parte de una lógica estratégica global: control de rutas, disuasión, equilibrio de poder. Para Europa, es un problema externo que debe resolverse mediante negociación.

Dos visiones del mundo. Dos formas de entender el poder.

Como en otros momentos de la historia occidental, no estamos ante una simple diferencia de criterio, sino ante una divergencia más profunda. Roma y Constantinopla no dejaron de hablar de un día para otro; dejaron de entenderse.

Europa y Estados Unidos parecen avanzar hoy por ese mismo camino. Estados Unidos actúa como potencia. Europa, como regulador.

Y cuando el regulador se enfrenta a un mundo de potencias, su margen de acción desaparece.

El coste de la ceguera

Europa cree que puede sostener ambas posiciones: apoyar una guerra y rechazar otra, defender el orden internacional y evitar implicarse en su defensa, beneficiarse de la seguridad americana y, al mismo tiempo, desafiar sus decisiones.

No puede. Porque el mundo que viene no permite esa ambigüedad.

La negativa europea a implicarse en Ormuz no es sólo un desacuerdo puntual con Trump. Es un mensaje. Y los mensajes tienen consecuencias. Estados Unidos puede interpretar ese “no” como una falta de compromiso. Como una señal de que Europa quiere los beneficios de la alianza, pero no sus costes. Y en política internacional, esa percepción es determinante.

Europa no está eligiendo entre guerra y paz. Está eligiendo entre asumir la realidad o seguir negándola.

Dependencia y suicidio

Europa no sólo carece de voluntad estratégica. Carece de autonomía.

Su seguridad depende de Estados Unidos. Su arquitectura tecnológica se apoya en empresas americanas. Su comercio y su crecimiento están condicionados por dinámicas globales que no controla. Incluso su cultura política —sus valores y sus instituciones— ha estado durante décadas protegida bajo el paraguas atlántico.

Europa no es un actor independiente. Es un actor dependiente que actúa como si no lo fuera.

Y esa es, quizá, la mayor de sus contradicciones.

Porque, en este contexto, mantener la relación con Estados Unidos no es una opción política. Es un imperativo estratégico. No se trata de afinidades personales ni de simpatías ideológicas hacia Trump. Se trata de supervivencia.

Sin embargo, lo que estamos viendo hoy en Europa es exactamente lo contrario. Dirigentes que trivializan la relación atlántica, que la subordinan a cálculos internos o a prejuicios ideológicos, que juegan con la distancia como si no tuviera consecuencias. Que creen, o fingen creer, que Europa puede permitirse elegir.

Pero no puede.

En el mundo que emerge —un mundo de imperios más que de grandes potencias, de esferas de influencia, de competencia abierta— las decisiones tienen un peso que Europa parece haber olvidado.

Optar por China frente a Estados Unidos no es una alternativa estratégica. Es una ilusión. Quedar a merced de Rusia no es equilibrio. Es vulnerabilidad.

Perder a América no es un reajuste.

Es un suicidio.

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