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El gran engaño del Cero Neto, el costo millonario de la alarma climática

La agenda verde debe someterse a debate, incluso a votación. Pero antes hay que pinchar su burbuja de falsedades.

Protesta en NY por el cambio climático

Protesta en NY por el cambio climáticoAndrew Caballero-Reynolds/AFP.

Durante años, la narrativa ecologista y decrecentista ha vendido el Cero Neto como una panacea inexorable que ofrecía crecimiento, empleos verdes, costes bajos y un planeta salvado. La narrativa oficial ha sido implacable con quien osara cuestionarla. Sin embargo, en los últimos tiempos, la panacea ha perdido su brillo tanto en el ámbito económico, como en el científico y, sobre todo, en el político. 

Ahora, en Gran Bretaña ha surgido un nuevo y devastador informe del Instituto de Asuntos Económicos (Institute of Economic Affairs-IEA) sobre el verdadero coste de esta transición que asestó una estocada a la utopía verde. La publicación desvela el objetivo del Cero Neto como un proyecto basado en suposiciones fantasiosas, contabilidad creativa y una manipulación sistemática de la opinión pública.

Lo que el autor, David Turver, revela coincide con las críticas que científicos, economistas y especialistas vienen denunciando desde que ciertas corrientes políticas abrazaron inconsulta e irresponsablemente este drástico plan de decrecimiento: que nadie, absolutamente nadie, sabe cuánto costará realmente el Cero Neto y cuál será su impacto real.

"El debate sobre el Cero Neto debe basarse en hechos, no en fantasías ni en fe climática".

Continuando con el caso británico, en 2019, Philip Hammond advertía a Theresa May de un coste superior al billón de libras. Al año siguiente, National Grid hablaba de 3 billones. En 2025, la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria mencionaba 803.000 millones solo para el Tesoro. El Comité de Cambio Climático estimó en 2015 que reducir las emisiones en un 80% costaría 1,5 billones de libras. Años después, mágicamente, el coste total del Cero Neto entre 2025 y 2050 quedó reducido a apenas 108.000 millones. Y ahora, el analista David Turver calcula que el coste real podría ascender a 9 billones de libras: más de 300.000 libras por hogar británico. 

¿Cómo es posible semejante disparidad? ¿Quién es responsable por semejante brecha? La manipulación de cifras, los cálculos basados en un escenario hipotético y las matemáticas creativas han sido una constante dentro de los influencers climáticos, que, dicho sea de paso, no han tenido un solo acierto desde que empezaron a pronosticar apocalipsis y catástrofes.

Los beneficios del Cero Neto: energía más cara y menos confiable

El informe del IEA desmonta sistemáticamente las suposiciones. Los costes de la transición se han subestimado artera y sistemáticamente, mientras que se ocultan bajo la alfombra contable los de instalación, mantenimiento y un factor clave: el respaldo necesario para cuando no sopla el viento ni brilla el sol. Ni que hablar de lo que nadie habla, los daños en la fauna y la contaminación generada por la producción y desecho de estas energías. Finalmente, está el problema que ningún ecologista quiere enfrentar: la energía renovable es intermitente por naturaleza.

Se pretende reemplazar un sistema energético fiable por uno que depende completamente del clima. Las baterías pueden compensar fluctuaciones de horas, pero no semanas de cielos nublados y aire en calma. Las soluciones que desde la política se ofrecen consisten en mantener fuentes de energía tradicional como respaldo, pero operarlas esporádicamente o no mantenerlas las encarece brutalmente. En conclusión, los sufridos ciudadanos pagan el doble por energía que a esta altura de la civilización debería ser extremadamente barata.

Las consecuencias ya son palpables y ahora viene la parte realmente perversa: incluso si aceptáramos la narrativa alarmista sobre el cambio climático (y cada vez más voces científicas la cuestionan), los beneficios del Cero Neto para el planeta son matemáticamente nulos.

El caso de Gran Bretaña representa menos del 1% de las emisiones globales, y esa cifra sigue disminuyendo. Si mañana el país volviera literalmente a las cavernas, el impacto sería indistinguible. Esta verdad a voces se reproduce respecto de cada lugar en el que esta demencial política fue o pretende ser implementada. Mientras tanto, China construye centrales de carbón a ritmo industrial e India acelera su industrialización con combustibles fósiles. El resultado es que las industrias británicas de alto consumo energético como la del acero, la química, del cemento, etc., o bien trasladarán su producción a países con energía más barata y sin restricciones de emisiones o quebrarán. Es suicidio disfrazado de virtud.

Cuando Donald Trump criticó a Keir Starmer por su política verde y pidió dejar atrás los molinos de viento, la reacción de los medios y de los políticos progresistas en general fue de indignación sobreactuada. Nadie expuso datos, en parte porque el decrecentismo es un dogma político y en parte porque nadie tiene idea de lo que realmente cuesta este plan criminal. A nadie parece importarle, los objetivos se han fijado décadas por delante y se van moviendo a gusto de la política, convenientemente más allá de las carreras de quienes los establecen.

Pero el Cero Neto no se limita al sector energético. Se ha convertido en un sistema de control que permea toda la economía británica. Las empresas deben alcanzar objetivos de emisiones no sólo en sus operaciones directas, sino en toda su cadena de valor: proveedores, transportistas, clientes e incluso empleados. Ninguna gran empresa británica escapa a este control. Es una herramienta de ingeniería social corporativa, implementada con celo regulatorio y sin debate democrático real.

Hechos, no fantasías ni dogmas climáticos

La otra manipulación que no debe quedar oculta es la de la manipulación del debate público. Porque muchas encuestas muestran el apoyo popular a las políticas verdes, pero no sabemos si las preguntas son realmente abarcativas y si incluyen informar a los ciudadanos respecto de que esto significa facturas energéticas disparadas, alimentos más caros, desempleo, frío, miseria y una desindustrialización progresiva. ¡Y tampoco se les informa que se trata de un esfuerzo totalmente inútil!

Porque el otro escándalo del Cero Neto, además de su coste estratosférico, son los beneficios nulos. Es la falta absoluta de honestidad. Se ha vendido como algo inevitable y asequible cuando es una decisión política consciente de priorizar el dogma sobre el nivel de vida de la gente común. Los organismos públicos deben reconocer que el proyecto es simplemente una fantasía de élites aisladas de la realidad.

El debate sobre el Cero Neto debe basarse en hechos, no en fantasías ni en fe climática. Y sin privar a la sociedad de la decisión de si seguir adelante con esta quimera. Pero que sea una decisión informada, votada en las urnas, no una imposición burocrática disfrazada de inevitabilidad científica. El escándalo del costo del Cero Neto revela no sólo el fanatismo decrecentista sino la burbuja de falsedades que se implementó para sostenerlo.

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