Notas de un estudiante proisraelí: nuestros lugares deben sentirse como un hogar, no como un escondite
La comunidad sólo crece realmente cuando hay momentos visibles y cotidianos en medio del campus que dicen: estamos aquí, y no nos escondemos.

Jóvenes estudiando en una biblioteca
Ser visiblemente judío en el campus nunca ha sido fácil, pero en el segundo aniversario del 7 de Octubre nos negamos a encogernos. Mi amigo y yo montamos un puesto en medio del campus. Desplegamos carteles de rehenes, colgamos banderas israelíes y encendimos velas eléctricas en conmemoración. Habíamos hecho la evaluación de riesgos, hablado de seguridad y planeado casi todos los escenarios: la experiencia nos había enseñado que la visibilidad tiene un coste.
Pero la reacción inicial no fue una explosión de ruido, sino un extraño tipo de silencio. Casi ningún estudiante judío se acercó a nosotros. Algunos se detuvieron, con los ojos muy abiertos, y nos dijeron que era la primera vez que veían una bandera israelí en el campus. Otros afirmaron que sabían mucho más sobre la guerra de Gaza que sobre el horror del 7 de Octubre, hasta que se detuvieron y leyeron nuestros folletos.
Hubo algunas personas que nos miraron, se rieron o nos hicieron fotos de forma hostil, pero en comparación con lo que habíamos preparado apenas se notó. Es una tendencia esperanzadora, pero la única forma de que continúe es que seamos más los que demos un paso al frente y mostremos al mundo quiénes somos.
A medida que avanzaba el día, algo cambió: empezaron a aparecer estudiantes judíos que al principio estaban demasiado nerviosos para dejarse ver. Ver fotos del puesto en internet –abierto, tranquilo, inconfundiblemente corriente– les dio confianza para pasarse por allí. Como resultado, fue ese puesto abierto al público, y no el acto judío privado celebrado con motivo del aniversario, el que suscitó interés.
Ese cambio reflejaba algo que ya había visto al frente de las sociedades judía e israelí: en el campus, el miedo suele manifestarse como ausencia. Recientemente hicimos una encuesta entre nuestra comunidad para conocer el estado de ánimo en el campus, y más de la mitad dijo que la preocupación por la seguridad era lo que les impedía asistir a los actos sobre Israel. Muchos nos apoyaban en privado, pero estaban demasiado preocupados por que se les viera.
Se puede ver en los pequeños detalles: los estudiantes piden no aparecer en fotos con una bandera israelí que puedan acabar en Instagram. Incluso cuando renombramos un evento o una imagen como completamente apolíticos, la gente a veces sigue dudando por si se la asocia.
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Este tipo de retirada a la invisibilidad se convierte en una especie de espiral de silencio: la gente se queda callada porque asume que está sola, y ese silencio exacerba el aislamiento. Sin querer, esto muestra que la presencia judía es algo vergonzante o que hay que ocultar. Trasladamos los actos a salas traseras, compartimos lugares en el último minuto y hablamos más de seguridad que de comunidad. Se han cancelado actos, algunos incluso ya iniciados, cuando las protestas se volvieron amenazadoras.
Escondernos no hace que los judíos sionistas estén más seguros. Sólo refuerza la sensación de que el mero hecho de ser visiblemente judío o proisraelí es peligroso. Tenemos éxito cuando equilibramos la privacidad con el orgullo, aunque el miedo no es imaginario. Incidentes como el reciente tiroteo masivo durante un evento de Janucá para familias en la playa de Bondi, en Australia, siguen siendo un brutal recordatorio de que la visibilidad judía puede conllevar un riesgo real.
Aun así, no se puede permitir que el terror convierta lo que debería ser ordinario en algo que sólo hacemos a puerta cerrada. La comunidad sólo crece realmente cuando hay momentos visibles y cotidianos en medio del campus que dicen: estamos aquí, y no nos escondemos. Los estudiantes no deberían tener que pensarse si mostrar su identidad en los lugares a los que pertenecen.
El impulso es importante porque el aislamiento genera vulnerabilidad. Una vez se cruza un umbral de visibilidad, la dinámica cambia. Muchos de los temores de los estudiantes se refieren a lo que podría ocurrir, no a lo que suele ocurrir, por lo que permanecer juntos de forma confiada y organizada puede constituir una suerte de seguridad.
A los nuevos estudiantes: no tenéis que hacer grandes apariciones por primera vez ni meteros de lleno en situaciones difíciles. Venid a un acto que esté justo fuera de vuestra zona de confort y traed a vuestros amigos. No necesitáis ser los encargados del puesto o la cara visible en las redes sociales. Podéis simplemente aparecer y estar con los demás, y eso por sí solo marca la diferencia.
Los líderes estudiantiles deben hacer el cuidadoso trabajo de seguridad, pero no dejar que los grupos estudiantiles se conviertan en búnkeres. Nuestros espacios deben sentirse como un hogar, no como un escondite.
Cuanto más orgullosos estemos de nuestra identidad, más difícil será que alguien nos intimide para que la abandonemos. Es mucho mejor estar entre una multitud que nos apoya que enfrentarse solo a la hostilidad desde la distancia.
© JNS