Persecución extremista: los demás somos los siguientes
En las sociedades occidentales, el antisionismo parece ser la raíz "políticamente correcta" de los conflictos sociales allí donde se han asentado los islamistas.

Estudiantes pro Palestina en la Universidad de Columbia
Un pequeño recordatorio: los judíos fueron expulsados de Inglaterra durante la década de 1290; de Francia en la década de 1390; de España en la década de 1490; de Sicilia a finales de la década de 1400; de Portugal en el siglo XVI; de Ucrania en la década de 1640; de Rusia en la década de 1880; de Alemania en la década de 1930; y de varios países árabes en las décadas de 1940 a 1960.
Ahora, en la década de 2020, cuando los datos estadísticos muestran la duplicación e incluso triplicación de incidentes antisemitas en las calles de Estados Unidos, surge la pregunta: ¿adónde van a ir los judíos? El único lugar que los recibe con los brazos abiertos es su hogar ancestral, Israel. Los judíos de cualquier parte del mundo cuentan hoy con el derecho absoluto de retorno a Israel, garantizado por el Estado.
Los países occidentales han permitido la entrada de inmigrantes judíos en las últimas décadas, pero la historia demuestra que eso podría ser siempre temporal, sujeto a los vientos de las ideologías predominantes y los caprichos políticos. En Occidente, a medida que el islam empieza a dominar el paisaje político, religioso y social, incluso en Estados Unidos, las opciones de los judíos se reducen.
"En 1948, con el establecimiento del moderno Estado de Israel como legítima patria histórica del pueblo judío, los judíos volvieron a tener un lugar al que llamar suyo".
Aproximadamente 3.700 años atrás, tras una hambruna, los israelitas llegaron a Egipto en tiempos de Jacob y sus hijos. Allí permanecieron como esclavos durante 400 años. Su largo y tortuoso viaje de regreso a la tierra prometida fue iniciado por su líder Moisés hacia el año 1.300 a. C.
Durante la destrucción de Jerusalén y la expulsión de los judíos por parte de Roma en el año 70 de la era cristiana, quedaron dispersos, sin Estado ni un hogar permanente. A lo largo de los siglos, fueron perseguidos, masacrados y acosados en cada lugar donde intentaron establecerse.
En 1948, con el establecimiento del moderno Estado de Israel como legítima patria histórica del pueblo judío, los judíos volvieron a tener un lugar al que llamar suyo. Aun así, siguen siendo un chivo expiatorio implacable en la escena mundial, al igual que su patria. El problema central no parece ser la tierra, sino el antisemitismo profundamente arraigado, que hoy se manifiesta a nivel nacional en un antagonismo considerado más “políticamente correcto” hacia la existencia de Israel.
"En octubre de 2025, tras ser liberados de los túneles de Hamás después de dos años en la oscuridad, los hermanos gemelos Gali y Ziv Berman declararon: 'No lo olviden, somos un solo pueblo y no tenemos adónde ir'”.
El concepto de Israel como patria legítima del pueblo judío autóctono resulta anatema para muchos. En Occidente, dado que expresar públicamente odio hacia los judíos se considera a veces de mala educación, quienes lo profesan recurren al término “sionista” como máscara de su animadversión. Los sionistas son aquellos que defienden el derecho político, legal, histórico y religioso de los judíos a su antigua patria, Israel, una entidad que se ha convertido en foco principal de prejuicios, rencores y ataques a escala mundial.
Por ello estamos sometidos al uso despectivo de la palabra “sionista” como epíteto, presentada como la nueva y supuestamente aceptable forma de decir “judío”. Este sesgo suele disfrazarse bajo diversos pretextos para desviar la atención de posibles discursos de odio y sanciones en Occidente.
En octubre de 2025, tras ser liberados de los túneles de Hamás después de dos años en la oscuridad, los hermanos gemelos Gali y Ziv Berman declararon: “No lo olviden, somos un solo pueblo y no tenemos adónde ir”. Aparte de Israel, la mayoría de los judíos no tienen, en efecto, otro lugar al que acudir. El antagonismo de los islamistas y de sus partidarios, tanto en la izquierda como en la derecha, constituye el peligro central para todos los judíos: el intento continuo de destruir su santuario, la patria ancestral y fuente del sionismo, Israel.
A pesar del actual alto el fuego en Gaza, un grupo estudiantil británico antiisraelí afirmó que su tarea “no ha terminado” hasta que “el sionismo esté completamente erradicado”.
“Erradicar a los sionistas”, comentó la periodista Melanie Philips, “seguro que no puede estar muy lejos”. El odio hacia los judíos, señaló, no ha experimentado “ningún retroceso en Occidente”. Así, el odio global contra los judíos se recrudece, sin razón, sin racionalidad ni justificación.
"Como consecuencia, muchos judíos e israelíes ya no se sienten seguros en la mayoría de los países de Europa Occidental y se han marchado a lugares más seguros".
En Italia, recientemente, manifestantes que portaban banderas palestinas gritaban: “Ayer partisanos, hoy antisionistas y antifascistas”, no gritaban “anti-Israel” ni “anti-judíos”. El profesor Maxim Shrayer, quien enseñó en la Universidad de Pisa, señaló que “algunos intelectuales italianos se sintieron envalentonados para convertir su antisionismo —técnicamente referido a Israel— en ataques contra todos los israelíes y judíos”. El Pacto de Hamás de 1988, en su artículo 7, menciona explícitamente “todos los judíos”:
"El Día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes luchen contra los judíos, cuando estos se escondan detrás de piedras y árboles. Entonces, las piedras y los árboles dirán: ‘Oh musulmanes, oh Abdulla, hay un judío detrás de mí; vengan y mátenlo". (Relatado por al Bujari y Moslem en el libro de los dichos y hechos de Mahoma, el Hadiz).
Shrayer afirmó que, en realidad, el antisionismo es simplemente una máscara del odio hacia los judíos. Parafraseando a Katharina von Schnurbein, comisaria de la UE para el antisemitismo: “el antisemitismo se esconde tras el antisionismo”.
Como consecuencia, muchos judíos e israelíes ya no se sienten seguros en la mayoría de los países de Europa Occidental y han comenzado a trasladarse a lugares más seguros.
El uso del termino “sionista” como vía de ataque contra los judíos parece buscar “expulsar a Israel de la comunidad de naciones, negar la experiencia judía y despojarnos de nuestra propia identidad, incluida nuestra condición de pueblo indígena”, sugiere el autor escocés Ben M. Freeman.
“Para un judío, estar en Jerusalén [el corazón de Sión] es estar en casa”, expresó el premio Nobel Elie Wiesel.
El uso de "sionista" como término degradante tiene raíces que se remontan a la Unión Soviética, donde prevaleció una política de antisemitismo patrocinada por el Estado. Durante el periodo soviético, "el antisemitismo adoptó oficialmente la forma de antisionismo". En Rusia y otros países soviéticos, "había toda una campaña masiva y organizada contra Israel, contra el sionismo, y era internacional", recordó la emigrante rusa Izabella Tabarovsky .
Los “progresistas antiisraelíes” de izquierdas, añade, en la actualidad “utilizan exactamente el mismo lenguaje que la propaganda soviética”. La academia neomarxista occidental ha contribuido de manera significativa al auge de este odio irracional, sustentado fatuamente en doctrinas de justicia social invertidas entre opresores y oprimidos. Con el antisemitismo considerado como el odio más antiguo del mundo, algunas cosas nunca pasan de moda.
"Está en juego no sólo la vida de un pueblo antiguo y brillante y su legitimidad para vivir pacíficamente en una tierra ancestral, sino también la nuestra".
Aunque el sionismo moderno surgió de las ideas de Theodor Herzl (1860-1904) como movimiento político, sus raíces se encuentran en la tradición bíblica. La Torá registra un pacto irrevocable con Abraham sobre la asignación perpetua de una patria a sus descendientes, a través de su hijo Isaac y posteriormente de Jacob, padre de las doce tribus de Israel.
Desde la dispersión romana, y durante siglos después, los judíos se han sentido reconfortados por la divina promesa del Deuteronomio de regresar a sus raíces ancestrales:
"Aunque hayas sido desterrado a la tierra más lejana bajo los cielos, de allí te recogerá el Señor, tu Dios, y te hará volver. Te llevará a la tierra que perteneció a tus antepasados y tomarás posesión de ella".
“El antisionismo es la exigencia de que Israel deje de existir como Estado judío”, escribe el columnista Luke Tress. Es la existencia de Israel —no los asentamientos ni otros pretextos— lo que subyace en gran parte del conflicto entre Israel y los islamistas radicales de Oriente Medio. Algunos países de la región, como Qatar y Turquía, parecen más interesados en la eliminación de Israel que en la “paz y prosperidad”.
Esta "guerra santa" puede verse en el desplazamiento forzoso del gran Imperio bizantino por parte de islamistas en lo que ahora se llama Turquía.
En las sociedades occidentales, el antisionismo parece haberse convertido en la raíz “políticamente correcta” del conflicto social allí donde se han asentado los islamistas. Por desgracia, como estas sociedades aún tienen que descubrir, el deseo de eliminar a los “indeseables” no se limita a Israel y a los judíos, sino que también alcanza a los cristianos y a otros “infieles”, incluidos muchos musulmanes que no son considerados el tipo “correcto” de musulmán, como los alauitas, drusos, ahmadíes, bahaíes y, en Turquía, los alevíes. En Nigeria, los islamistas habrían asesinado a más de 52.000 cristianos desde 2009, con el incentivo adicional de apropiarse de sus tierras. En distintos grados, gran parte de la civilización occidental se encuentra inmersa en esta grave cuestión del “reemplazo”.
Si uno se preocupa por su supervivencia física y cultural, tristemente no puede adoptar una postura “neutral”. Shrayer, aludiendo al escalofrío internacional provocado por Israel luchando en siete frentes para defender a Occidente, escribió: “La respuesta a la guerra de Israel ha demostrado, una vez más, que el silencio es aquiescencia”. Está en juego no sólo la vida de un pueblo antiguo y brillante y su legitimidad para vivir pacíficamente en una tierra ancestral, sino también la nuestra.
Elie Wiesel, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz en 1986, habló de la perdurable obligación de Occidente de apoyar a la nación judía:
"Dondequiera que los individuos sean perseguidos por su raza, religión, género u opiniones políticas, ese lugar debe, en ese momento, convertirse en el centro del universo".
Mientras los judíos luchan por sobrevivir frente a la implacable persecución por su supuesta arrogancia al defenderse a sí mismos y a su tierra, no es momento de guardar silencio. Los demás seremos los siguientes.