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Trump ofrece a los palestinos otra oportunidad para elegir la paz

El plan del presidente podría poner fin a los combates en Gaza y liberar a los rehenes restantes. Su éxito, sin embargo, depende de que los enemigos de Israel abandonen sus fantasías genocidas.

Mapa de la propuesta de la Casa Blanca para Gaza

Mapa de la propuesta de la Casa Blanca para GazaX/@CasaBlanca.

Si funciona, el presidente Donald Trump merecería el Premio Nobel de la Paz que tanto codicia —pero que, con casi toda seguridad, nunca recibirá—.  Su plan de 20 puntos para poner fin a la guerra en Gaza, aceptado públicamente por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en una reunión en la Casa Blanca el 29 de septiembre, se basa en algunas suposiciones inverosímiles sobre el futuro.

Pero si funciona, Israel habrá alcanzado sus dos principales objetivos bélicos: la liberación de todos los rehenes restantes en manos de terroristas palestinos y la eliminación de la organización terrorista Hamás en la Franja de Gaza. Pero no solo, también habría brindado otra oportunidad más a los árabes palestinos para que eligieran la paz, e incluso poner fin a su guerra centenaria contra el sionismo, que sólo les ha traído muerte y destrucción.

¿Quieren la paz?

Como ocurrió con otras iniciativas similares de las últimas décadas, el problema reside en que no está nada claro que los palestinos consideren deseable una oportunidad para poner fin a su larga guerra contra la presencia judía en Israel —o, aunque sea, una para poner fin a la etapa comenzada hace dos años—. Mientras su identidad nacional esté inextricablemente ligada al conflicto contra los judíos, ningún plan acabará funcionando. No importa qué tan justo sea o cuánto los beneficie en el futuro. En ausencia de una aceptación palestina de que su lucha por borrar a Israel terminó, nada va a cambiar.

Además, el plan de Trump solo podrá resultar exitoso si realmente existe un cuerpo de tecnócratas palestinos no-politizados y no contaminados por el credo de la destrucción de Israel que se encuentre disponible para dirigir la Franja. De ser posible, significaría también que estamos a punto de asistir a un cambio radical en la cultura árabe-palestina difícil de imaginar, así como a una igual de improbable reforma de la corrupta Autoridad Palestina, que espera, finalmente, hacerse con el control de Gaza.

Requerirá, asimismo, que la comunidad internacional y las Naciones Unidas adopten políticas que promuevan la causa de la paz en lugar de permitir la perpetuación de la centenaria guerra musulmana y árabe contra el sionismo.

Por si fuera poco, la propuesta se basa en la idea de que una Junta de Paz presidida por Trump y compuesta por líderes mundiales como Tony Blair, el ex primer ministro británico, tendrá tanto la voluntad como la capacidad de supervisar imparcialmente la creación de una "Nueva Gaza" dedicada a la coexistencia en vez de a servir de fortaleza terrorista.

Y, por supuesto, depende también del buen comportamiento de los terroristas de Hamás, los combatientes que estuvieron ausentes en Washington.

Sus líderes no sólo tendrán que entregar las armas y el enclave costero que dominan desde 2007. Se verán obligados, ellos, su grupo islamista y el gran número de palestinos que apoya sus objetivos genocidas, a renunciar a una ideología fundada en una religión que les obliga a continuar luchando por la erradicación del Estado judío, independientemente de cuántos de los suyos mueran como consecuencia directa de sus estrategias y tácticas.

Si todo eso sucede, el plan de 20 puntos proporcionará un camino para que Israel logre sus objetivos principales en la guerra iniciada el 7 de octubre de 2023. Por eso Netanyahu no tuvo más remedio que ir de la mano de Trump.

Píldoras amargas para Israel

No obstante, algunos elementos del plan son píldoras amargas de tragar para el Gobierno israelí.

La liberación de 250 terroristas que actualmente cumplen cadena perpetua en cárceles israelíes a cambio de la puesta inmediata en libertad de los 48 rehenes israelíes restantes -tanto los que están vivos como aquellos cuyos cuerpos siguen en poder de los palestinos- es otro ejemplo escandaloso de cómo los negociadores aceptan una falsa equivalencia moral entre los asesinos y sus víctimas inocentes.

Luego el plan confía en el deseo de estos míticos tecnócratas apolíticos palestinos de construir una Gaza dedicada a proporcionar a sus residentes una vida decente, en lugar de servir como plataforma de lanzamiento para la próxima edición de la yihad contra los judíos.

La idea de que la Fuerza Internacional de Estabilización prevista en el plan pueda vigilar Gaza o garantizar que no sea una amenaza para sus vecinos, incluido Egipto, requiere otro enorme acto de fe. Después de todo, también podría utilizarse como una oportunidad para que aquellos que odian al Estado judío pongan en marcha la cadena de acontecimientos que conduzca al estallido del próximo intento palestino de destruir Israel.

Que Netanyahu se viera obligado por Trump a disculparse ante el primer ministro qatarí Mohammed bin Abdulrahman Al Thani por el ataque aéreo contra dirigentes de Hamás que residían con seguridad y lujo en el Estado del Golfo, expresando su "profundo pesar" y comprometiéndose a no volver a violar su soberanía, fue humillante y profundamente erróneo. La predisposición del presidente a creer en el cuento de hadas de que los qataríes son una fuerza de paz, en lugar de los principales financiadores del odio islamista en todo el mundo, es un asombroso y garrafal error. Pone en entredicho su juicio y los motivos de algunos de sus asesores, como el enviado para Oriente Próximo, Steve Witkoff, comprometidos por sus vínculos financieros con Doha.

"Los miles de millones en inversiones y ayuda extranjera vertidos en Gaza [...] no crearon una opinión pública favorable a la paz".

A pesar de todo ello, la exigencia del plan de la liberación inmediata de todos los rehenes y la perspectiva, aunque sea totalmente teórica, de una Gaza libre de Hamás fueron motivo más que suficiente para que Netanyahu aparcara la incredulidad y hiciera lo que le ordenaba el republicano.

El juicio de Trump dista mucho de ser perfecto, como deja patente su postura sobre Qatar. La implicación de esa nación en esta trama es una bandera roja en sí misma. Se trata, después de todo, del Gobierno que posee y dirige Al Jazeera -el medio de noticias más influyente en el mundo árabe y musulmán, así como una de las principales fuentes de propaganda de Hamás- y es el principal financiador y anfitrión de los Hermanos Musulmanes y Hamás.

No obstante, el estadounidense también ha dejado claro que si Hamás no acepta y acata los 20 puntos del nuevo plan, Israel tendrá libertad para "terminar el trabajo" de destruir a los terroristas en la ciudad de Gaza, donde todavía ejercen su dominio. Es más, el plan para crear una "Nueva Gaza" se aplicará en las partes de la Franja actualmente ocupadas por Israel aunque Hamás no lo acepte.

No existen motivos para confiar en prácticamente ningún otro actor de la escena internacional en cuanto a garantizar que los terroristas cumplan los acuerdos. Las Naciones Unidas y sus agencias están fatalmente comprometidas por sus vínculos con Hamás y su simpatía con la causa de la eliminación de Israel. Tampoco son de fiar las naciones europeas -supuestos amigos y aliados de Jerusalén-, que ahora reconocen unilateralmente la estatalidad palestina para recompensar a Hamás y socavar a Israel.

La prueba de los pacificadores

El mundo aprendió tras la firma de los Acuerdos de Oslo en septiembre de 1993 que el presidente Bill Clinton y su equipo de política exterior estaban dispuestos a hacer la vista gorda ante la violación de los términos pactados, así como ante los evidentes indicios de que las concesiones territoriales de Israel eran tenidas por los palestinos como nada más que un regalo que permitiría seguir su campaña de destrucción bajo condiciones más ventajosas. Lo mismo ocurrió en gran medida con las administraciones de George W. Bush, Barack Obama y Joe Biden.

Pero, como el presidente más proisraelí de la historia del Estado judío moderno, Trump se ganó la confianza de sus aliados. Y, por tanto, hay buenas razones para creer que, a pesar de sus ideas equivocadas sobre Qatar, cumplirá su palabra de exigir responsabilidades a los palestinos y a Hamás.

Al igual que en todo otro momento de la historia en que los palestinos recibieron la opción de optar por la paz, imaginar un desenlace exitoso ha vuelto a ser posible. 

Hacerlo, sin embargo, requiere olvidar todo lo que sabemos sobre los palestinos, sobre una sociedad informada por ideales islámicos que niegan que no-musulmanes gobiernen tierras alguna vez poseídas por musulmanes. Si el conflicto continúa, no será porque los israelíes fallaron en comprometerse o asumir riesgos por la paz. Más bien, será producto de la visión palestina de victimización perenne y de que es necesario seguir sacrificando generaciones en el altar de la eterna búsqueda por librar a Oriente Medio de un Estado cuya existencia contradice los principios yihadistas.

Por eso han fracasado todos los esfuerzos anteriores por construir la paz. Los miles de millones en inversiones y ayuda extranjera que se han vertido en Gaza, así como en Judea y Samaria, no han creado una opinión pública favorable a la paz. Las suposiciones pragmáticas de los diplomáticos que crearon el proceso de Oslo, y las de figuras más transaccionales como Trump, siempre han fallado en comprender que este conflicto tiene que ver con la fe islamista y no con una disputa inmobiliaria.

Por muy necias que sean esas suposiciones, Trump ha dado a los palestinos una rampa de salida más de una guerra que sigue devastándolos. Pensar que van a aprovechar esa oportunidad no se corresponde con una evaluación realista de su cultura política y su historia reciente. Y si no lo hacen, sabemos que la mayor parte del mundo culpará a Israel y no a los palestinos, como ha ocurrido cada vez que han rechazado la paz.

La gente decente debería rezar para que los palestinos despierten por fin de la ideología de pesadilla que les ha llevado por el camino del derramamiento de sangre durante un siglo. Eso significaría el fin de su sufrimiento, así como la libertad de los rehenes y un respiro para Israel. Sin embargo, nadie debería sorprenderse si eso no ocurre. Si, o más bien cuando, los palestinos vuelvan al terrorismo, entonces Trump debe cumplir su palabra y respaldar los esfuerzos israelíes para destruir a Hamás, y también redoblar su campaña para eliminar el antisemitismo que ha surgido en la educación estadounidense tras el 7 de Octubre.

Como el mundo debería haber aprendido hace tiempo, el verdadero camino hacia la pacificación va más allá de la elaboración de planes teóricos para poner fin a los conflictos. La voluntad de hacer cumplir esos planes, en lugar de hacer guiños a más violaciones palestinas y promesas de continuar la guerra, sirve como la verdadera prueba de los estadistas.

Jonathan S. Tobin es director de JNS (Jewish News Syndicate).

© JNS

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