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¿Puede Josh Shapiro rescatar al Partido Demócrata del antisemitismo de izquierdas?

La impactante historia del gobernador de Pensilvania sobre los ayudantes de Kamala Harris preguntándole si era un agente israelí es el primer disparo en una batalla para salvar el alma de su partido.

Josh Shapiro, gobernador de Pensilvania

Josh Shapiro, gobernador de PensilvaniaZUMAPRESS.com/Cordon Press.

La noticia de que un posible candidato presidencial ha escrito un libro es tan poco sorprendente como su negativa a responder si se presentará en 2028. Pero del reciente intento del gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, de mantener su nombre en las noticias ha trascendido un dato que excede el mero fin publicitario-político. Es cierto que es uno de los primeros disparos en la carrera presidencial demócrata de 2028, tiro que espera hiera mortalmente a una potencial candidatura de la ex vicepresidente Kamala Harris. Pero es más: es un intento de desarmar preventivamente a aquellos en su partido que piensan que su identidad judía y su partidismo pro-Israel, a menudo insuficiente, significan automáticamente que no puede ser nominado por el Partido Demócrata.

La historia fue desvelada por The New York Times, que obtuvo una copia de las próximas memorias de Shapiro, tituladas Where We Keep the Light (Dónde Guardamos la Luz), que obviamente fueron filtradas al periódico por el personal del gobernador o su editor. En un artículo del 18 de enero, el Times informó de que el libro incluye un pasaje con detalles de la investigación del equipo de la entonces candidata Harris cuando todavía consideraba al gobernador como posible compañero de fórmula.

¿Demasiado judío para ser nominado?

Se sabía ya que la reunión entre Harris y Shapiro no fue bien, y que ambos se llevaban claramente mal. Incluso entonces, era bastante obvio que su decisión de no recurrir al popular gobernador de un estado clave que podría haberla ayudado a ganar, eligiendo en su lugar a un político mucho menos impresionante, el gobernador de Minnesota, Tim Walz, no se debió sólo al choque de dos egos. Como señalé en su momento, el "desbaratamiento" de Shapiro como posible vicepresidente tenía más que ver con la forma en que su partido había pasado a estar dominado por una facción de izquierdas que se oponía al Estado de Israel y era, en el mejor de los casos, blanda con el antisemitismo.

Puede que Shapiro se pasara el año anterior demostrando su oposición al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su preocupación por la guerra contra Hamás en Gaza. Estaba claramente preocupado por evitar un conflicto con la opinión de moda entre las élites sobre Oriente Próximo. Pero era demasiado innegablemente judío y demasiado partidario del Estado judío como para atraer a la base interseccional de su partido, que cree falsamente que Israel es un Estado genocida y que promueve un apartheid.

Aun así, las memorias de Shapiro respaldan la sospecha de que Israel desempeñó un papel clave en la opinión que le mereció a Harris.

"Shapiro no sólo está librando una batalla para satisfacer su ambición, sino también para salvar el alma de un partido gravemente comprometido por el antisemitismo".

El gobernador dice que la sesión de investigación, por la que pasan todos los candidatos a vicepresidente, se centró en sus opiniones sobre Jerusalén. Más que eso, cuenta que le preguntaron "si alguna vez había sido un agente del gobierno israelí". El libro describe su incredulidad ante una pregunta que con razón calificó de "ofensiva", a lo que replicaron: "Bueno, tenemos que preguntar".

El extracto dice que esas palabras se repitieron: "¿Se ha comunicado alguna vez con un agente encubierto de Israel?".

La interrogadora Dana Remus, ex asesora de la Casa Blanca, continuó, según Shapiro, que relató: "Si estaban infiltrados, respondí, ¿cómo demonios voy a saberlo?". No sin razón, el gobernador concluyó que el hecho de que le hicieran semejante pregunta "decía mucho de algunas de las personas que rodean a la vicepresidente".

Pero las consecuencias de esta historia van más allá de un intento de hacer quedar mal a un posible oponente en 2028 -junto con otros demócratas, Harris parece en camino de presentarse-. El contexto es un debate demócrata sobre Israel que ya se había agriado meses antes de que la ex vicepresidente decidiera elegir a un compañero de fórmula que acabó siendo un lastre, en lugar de uno tan fuerte como podría haber sido Shapiro.

El problema del antisemitismo en el Partido Demócrata

Los demócratas habían despejado el terreno para la reelección de Biden; el único problema era que muchos demócratas de izquierdas estaban tan descontentos con su apoyo equívoco a la guerra de Israel contra Hamás que le habían apodado Joe el Genocida. Tan preocupado estaba por los votantes árabes-americanos de Michigan que envió a Jon Finer, su subdirector de seguridad nacional, y a una delegación de otros funcionarios a suplicar el apoyo de Abdullah Hammoud, el alcalde pro-Hamás de Dearborn, Michigan.

A lo largo de la campaña, Biden y especialmente Harris dejaron claro que no estaban interesados en contradecir los libelos de sangre sobre Israel y el antisemitismo descarnado que comenzaron a difundir tantos miembros de su partido tras el ataque árabe palestino dirigido por Hamás contra el sur de Israel el 7 de octubre de 2023.

Harris estaba aparentemente ansiosa por la posibilidad de que Shapiro la perjudicara entre los votantes antiisraelíes. Durante el proceso de selección se le preguntó si se "disculparía" por hablar en contra de los incidentes de antisemitismo que tuvieron lugar en la Universidad de Pensilvania después del 7 de Octubre, uno de los campus donde las turbas pro-Hamás atacaron a los estudiantes judíos para intimidarlos. La sugerencia era en sí misma indignante, y Shapiro la rechazó. En su libro, escribió que creía que de esa manera se le estaba señalando; así como que se le preguntaba sobre la posibilidad de ser un doble agente israelí por ser judío. No le faltaba razón.

Harris estaba en la cresta de la ola en agosto de 2024, cuando tuvo lugar la investigación de Shapiro. Un golpe de mano de varios líderes demócratas consiguió forzar al enfermo presidente Biden a abandonar su candidatura a la reelección después de haber ganado ya la nominación de su partido. La desastrosa actuación de Joe Biden en un debate con Donald Trump el 27 de junio había hecho que su deterioro cognitivo, que los cabecillas demócratas y la prensa progresista habían pasado años encubriendo, fuera demasiado obvio como para ignorarlo. En lugar de llevar a cabo un proceso competitivo que podría haberles ayudado a ganar, los demócratas decidieron que era imposible pasar por alto a Harris, una mujer de color en un partido donde reina la política identitaria, y simplemente la aclamaron como su candidata sin dejar lugar a impugnación alguna.

Aliviados por no tener que seguir fingiendo que Biden era competente, los demócratas y sus hinchas en los medios progresistas abrazaron a la vicepresidente. Durante unas semanas, ese breve estallido de euforia por su nominación pareció colocarla en una posición fuerte para vencer a Trump. Aunque ella y sus apologistas se quejaron posteriormente de que no había tenido tiempo suficiente en la campaña para ganar, la verdad fue justo la contraria: cuanto más sabían los estadounidenses de ella -y tenían la oportunidad de verla y escucharla- pensaban menos de ella.

Un candidato a la vicepresidencia más fuerte que Walz podría haber ayudado, aunque nada de lo que Shapiro hubiera podido hacer habría cambiado mucho las cosas. En su libro, Shapiro afirma que, tras sus desastrosas reuniones con Harris y su equipo, le disgustó el proceso y retiró su candidatura. También que su mujer se opuso. Y que el miembro del personal al que comunicó esta noticia replicó que no podría transmitir personalmente la decisión a Harris porque "la vicepresidenta no manejaría bien la mala noticia y que no debía presionar".

Shapiro tuvo suerte de no ser elegido. Quedarse fuera de la candidatura le permitió no sólo evitar formar parte de un desastre épico de campaña, sino también presentarse en 2028 como un moderado que no repetiría el error de Harris de inclinarse a la izquierda.

La filtración de este extracto es, sin embargo, algo más que un intento de Shapiro de vengarse por lo que parece una experiencia horrible, a la que fue sometido por Harris y sus ayudantes.

También es un esfuerzo por adelantarse a los demócratas de izquierdas que intentarán etiquetarlo como alguien demasiado judío y demasiado pro-Israel para liderar un partido en el que la mayoría de los votantes están, como dejan claro las encuestas, en contra del Estado judío. En ese sentido, no sólo está librando una batalla para satisfacer sus propias ambiciones desmesuradas, sino también para salvar el alma de un partido que se ha visto gravemente comprometido por el antisemitismo desde el 7 de Octubre.

Un partido demasiado woke

La base demócrata, en gran parte, se ha vuelto woke en los últimos años. La creencia en los mitos tóxicos de la Teoría Crítica de la Raza, la interseccionalidad y el colonialismo de los colonos ha hecho que parezca que políticos abiertamente antisionistas y antijudíos, como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, son más representativos de las opiniones de los votantes demócratas que un progresista convencional como Shapiro. 

Puede que al gobernador de Pensilvania no le guste Netanyahu, y ha dado marcha atrás en su entusiasmo juvenil por los imperativos de seguridad de Israel. Pero está demasiado vinculado a la comunidad judía, además de ser nominalmente pro-Israel, para calar en una base del partido que ha abrazado plenamente al Squad izquierdista del Congreso y a quienes tienen opiniones afines a Mamdani.

Es posible argumentar que Shapiro simplemente se presenta en el momento equivocado y en el partido equivocado, cuando la división partidista sobre Israel sigue siendo demasiado grande. Aún así, si los republicanos nominan al vicepresidente JD Vance en 2028 y siguen tratando a un defensor del antisemitismo como el podcaster Tucker Carlson como si fuera una luminaria del partido, entonces se crea una apertura para los demócratas. La triste verdad es que ambos partidos tienen ahora un grave problema de antisemitismo, aunque esté más extendido entre los demócratas que en el GOP.

Las memorias de Shapiro son un recordatorio para los demócratas de que no deberían dejarse seducir tanto por la política identitaria y el apoyo al catecismo woke de la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI) como para volver a elegir a un candidato tan desastroso como Harris. También plantean la posibilidad de que el político pase el preludio de las próximas presidenciales presentándose como oponente de los antijudíos y los antisionistas interseccionales de su partido, en lugar de como otro político más que intenta atraerlos.

Si es así, entonces su candidatura, gane o pierda, será una contribución positiva a la cultura política estadounidense, en lugar de un mero ejercicio de egoísmo por parte de un candidato con pocas posibilidades de convertirse en el primer presidente judío del país.

Jonathan S. Tobin es director del Jewish News Syndicate (JNS).

© JNS

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