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ANÁLISIS

Cinco años después del 11J: el silencio que estremece más que las multitudes

Cuba no vive una etapa de estabilidad. Vive una fase de contención. El país que salió masivamente a las calles en 2021 hoy enfrenta una combinación de miedo, agotamiento, emigración y control estatal que explica por qué no ha ocurrido otro estallido nacional, pese a que las condiciones materiales son incluso peores.

Una mujer pide por la libertad de Cuba durante una protesta en 2021 (Archivo)

Una mujer pide por la libertad de Cuba durante una protesta en 2021 (Archivo)AFP

Diane Hernández
Publicado por

A cinco años del 11 de julio de 2021 (11J) en Cuba, las mayores protestas antigubernamentales desde 1959,  la pregunta no es por qué los cubanos salieron a las calles entonces. La verdadera pregunta es por qué, con una crisis económica mucho más profunda, apagones más prolongados, mayor pobreza y una calidad de vida deteriorada, no se ha repetido un levantamiento nacional de la misma magnitud.

La respuesta no es simple. Tampoco admite una sola explicación.

Al revisar el análisis publicado por medios independientes cubanos, organizaciones internacionales de derechos humanos, centros de estudios y otras publicaciones, existe un punto de coincidencia sorprendente: el 11J no fue derrotado únicamente con la fuerza; fue seguido por una estrategia sistemática destinada a impedir que vuelva a ocurrir.

El país está peor… pero la sociedad está más contenida

Si se observaran únicamente los indicadores económicos, muchos analistas habrían esperado nuevas protestas nacionales.

Hoy Cuba enfrenta una inflación persistente, apagones que afectan durante horas a gran parte del país, escasez crónica de alimentos y medicamentos, colapso casi general del transporte, deterioro acelerado de los servicios públicos y una emigración histórica.

Paradójicamente, el deterioro económico no ha producido una movilización proporcional. La razón parece estar en otro lugar.

Primera explicación: la represión dejó de ser reactiva para convertirse en preventiva

Quizás el cambio más importante ocurrido desde 2021 es que el régimen aprendió de aquella experiencia.

Diversos informes sostienen que el aparato de seguridad evolucionó desde responder a las protestas hacia impedir que lleguen a producirse mediante vigilancia digital, monitoreo territorial, identificación temprana de activistas y judicialización anticipada de cualquier intento de organización.

Es decir, en 2021 el régimen reaccionó. En 2026 intenta evitar que la protesta nazca.

La vigilancia sobre redes sociales, los arrestos preventivos y la rápida intervención de los órganos de seguridad han reducido considerablemente la capacidad de coordinación espontánea.

Segunda explicación: el miedo se volvió una herramienta política

Después del 11J llegaron cientos de procesos judiciales.

Miles de detenciones. Condenas de hasta veinte y treinta años para algunos manifestantes. Ese mensaje tuvo un efecto psicológico evidente. No se trató únicamente del castigo sobre quienes participaron. Fue una advertencia dirigida al resto de la sociedad.

Diversos organismos de derechos humanos consideran que el encarcelamiento de manifestantes continúa siendo uno de los principales mecanismos de disuasión política.

Tercera explicación: la emigración cambió el mapa social

Otro elemento repetido en numerosos análisis es el enorme impacto de la emigración.

Más de un millón de cubanos abandonó el país en pocos años, alterando profundamente la composición social. Entre quienes emigraron había jóvenes, profesionales, emprendedores y sectores históricamente más inconformes.

En términos políticos, muchos ciudadanos sustituyeron la opción de confrontar al sistema por la posibilidad de salir del país. No desapareció el descontento. Cambió la vía de escape.

Cuarta explicación: sobrevivir consume toda la energía

Existe además un fenómeno menos visible.

En muchos hogares cubanos, la prioridad diaria dejó de ser la política. La prioridad pasó a ser conseguir alimentos, cocinar durante los horarios con electricidad, buscar transporte o resolver medicamentos.

Cuando la supervivencia ocupa la mayor parte del tiempo, disminuye la capacidad de organizar acciones colectivas. No significa aceptación. Significa agotamiento.

Quinta explicación: el problema de la coordinación

El 11J sorprendió porque fue esencialmente espontáneo. No existía una dirección única. Tampoco una organización nacional. Precisamente esa espontaneidad permitió su expansión inicial. Pero también facilitó su desarticulación posterior.

Desde entonces, cualquier intento de coordinación enfrenta mayores obstáculos tecnológicos, policiales y judiciales, reduciendo las posibilidades de sincronizar protestas simultáneas a escala nacional.

¿Significa esto que desapareció el descontento?

Probablemente no.

Prácticamente todos los análisis independientes coinciden en distinguir entre dos conceptos diferentes: ausencia de protestas y ausencia de inconformidad. No son lo mismo.

La falta de movilizaciones masivas no implica necesariamente respaldo al sistema político. Puede reflejar simplemente que los costos de protestar aumentaron considerablemente.

La paradoja cubana

Cinco años después del 11J, Cuba vive una paradoja difícil de ignorar. Las condiciones materiales son peores que en 2021. Pero las condiciones políticas para una protesta nacional son mucho más difíciles.

Mientras la crisis económica se profundiza, también se han fortalecido los mecanismos de control, vigilancia y disuasión del aparato estatal, según informes recientes de organizaciones internacionales y medios independientes.

¿Puede repetirse otro 11J?

Nadie puede responder con certeza. Los estallidos sociales rara vez son previsibles.

​La historia demuestra que las grandes protestas suelen surgir cuando coinciden factores económicos, sociales, emocionales y políticos imposibles de calcular con exactitud.

​Lo que sí parece claro, según buena parte de los análisis consultados, es que el castrismo ha dedicado estos cinco años a reducir precisamente esa posibilidad mediante un sistema de control más sofisticado y preventivo.

​Cinco años después del 11J, el silencio de las calles no puede interpretarse automáticamente como estabilidad.

​Puede ser, más bien, el resultado de una combinación compleja de represión, miedo, desgaste económico, emigración masiva y fragmentación social. El descontento no necesariamente ha desaparecido.

​La diferencia es que hoy expresarlo públicamente tiene un costo mucho mayor que en 2021. Y esa puede ser, precisamente, la principal lección que dejó el 11J tanto para la ciudadanía como para el régimen dirigido por Miguel Díaz-Canel.
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