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El terrorífico show nuclear de Trump en Arabia Saudí

Por qué Trump y el Congreso deberían rechazar el acuerdo nuclear entre EEUU y Arabia Saudí

Donald Trump y el príncipe heredero y primer ministro del Reino de Arabia Saudí, Mohammed bin Salmán. 19 de noviembre de 2025

Donald Trump y el príncipe heredero y primer ministro del Reino de Arabia Saudí, Mohammed bin Salmán. 19 de noviembre de 2025AFP.

El presidente de EEUU, Donald J. Trump, ha propuesto un acuerdo nuclear civil con Arabia Saudí corre el riesgo de convertirse en uno de los errores estratégicos más peligrosos de la política estadounidense reciente en Oriente Medio. Aunque sus defensores describen el acuerdo como una asociación energética pacífica destinada a fortalecer las relaciones con un aliado árabe clave, las consecuencias a largo plazo podrían ser devastadoras. El acuerdo amenaza con debilitar décadas de política de no proliferación de EEUU, desencadenar una carrera armamentística regional, envalentonar a los adversarios de Estados Unidos y crear riesgos de seguridad que las generaciones futuras podrían ser incapaces de revertir.

El Congreso y la opinión pública estadounidense deberían rechazar el acuerdo antes de que siente un precedente que pudiera socavar los esfuerzos globales para impedir la proliferación de armas nucleares.

El aspecto más controvertido del acuerdo propuesto es que, según se informa, permite a Arabia Saudí desarrollar capacidades nacionales de enriquecimiento de uranio bajo salvaguardias que no alcanzan los estrictos estándares exigidos anteriormente por Washington. Si bien el uranio poco enriquecido se utiliza como combustible para reactores nucleares civiles, la misma tecnología puede, en última instancia, producir uranio altamente enriquecido apto para armas nucleares.

El peligro no es teórico.

El príncipe heredero saudí Mohammed bin Salmán dejó sus intenciones muy claras hace varios años. "Arabia Saudí no quiere adquirir ninguna bomba nuclear", afirmó en 2018. "Pero, sin lugar a dudas, si Irán desarrollara una bomba nuclear, haríamos lo mismo lo antes posible".

Estas palabras deberían haber puesto fin a cualquier debate sobre la autorización del enriquecimiento de uranio en territorio saudí. Revelan que Riad considera las capacidades nucleares civiles no solo como un proyecto energético, sino también como una posible protección estratégica frente a Irán.

Los defensores del acuerdo argumentan que el reino sigue siendo un socio cercano de Estados Unidos y que el acuerdo contiene suficientes salvaguardias. La historia, sin embargo, nos enseña una lección diferente: los gobiernos cambian, los regímenes caen, las alianzas se rompen, y el amigo de hoy —incluso como miembro de los Acuerdos de Abraham —, puede que no sea el aliado de mañana.

Arabia Saudí ha sufrido repetidos ataques terroristas perpetrados por Al Qaeda y ISIS. También es el lugar de nacimiento de Osama bin Laden, y 15 de los 19 terroristas que perpetraron los atentados del 11 de septiembre de 2001 eran ciudadanos saudíes. Aunque el Gobierno saudí ha negado sistemáticamente cualquier implicación en dichos atentados, la historia del reino sugiere lo contrario.

La amenaza persistente que supone el extremismo islamista sigue existiendo.

Entre 2003 y 2006, Al Qaeda lanzó una insurgencia mortífera dentro del reino, dirigida contra instituciones gubernamentales, residentes extranjeros e infraestructuras críticas. El ISIS ha reivindicado la autoría de atentados contra mezquitas, fuerzas de seguridad y civiles en el interior de Arabia Saudí.

Aunque las autoridades saudíes han logrado en gran medida reprimir a estos grupos, su existencia pone de relieve una realidad persistente: las organizaciones islamistas extremistas siguen considerando al reino tanto un campo de batalla como un botín. Nadie puede predecir cuál será el panorama político de Arabia Saudí dentro de 20 o 30 años. Un futuro período de inestabilidad, crisis de sucesión o colapso del régimen podría poner instalaciones, tecnología o materiales nucleares sensibles en manos de actores cuyos objetivos son fundamentalmente hostiles hacia Estados Unidos y sus aliados.

El mayor peligro, por lo tanto, no es el príncipe heredero Mohammed bin Salmán ni los actuales dirigentes saudíes. El mayor peligro es la incertidumbre en torno a quién pueda gobernar el reino dentro de unas décadas. La tecnología nuclear perdura mucho más que los regímenes políticos.

Ningún presidente estadounidense puede garantizar que la Casa de Saud gobierne para siempre. La agitación política, la inestabilidad interna o incluso un derrocamiento violento de la monarquía podrían, algún día, poner las instalaciones de enriquecimiento de uranio, los científicos nucleares, las tecnologías sensibles y los materiales aptos para armas en manos de terroristas islamistas.

Una vez que la tecnología nuclear sensible escapa al control estatal, no puede recuperarse sin más. Las organizaciones terroristas podrían aprovechar por sí mismas los conocimientos o materiales nucleares, o venderlos en el mercado negro mundial a regímenes rebeldes u otros actores no estatales. Tal escenario representaría una pesadilla irreversible para los esfuerzos internacionales de lucha contra el terrorismo y la no proliferación.

El acuerdo propuesto también abandona el "estándar de referencia" que ha guiado la cooperación nuclear civil de EEUU durante décadas. En virtud del acuerdo nuclear de 2009 entre EEUU y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Abu Dabi aceptó condiciones estrictas que prohibían el enriquecimiento de uranio y el reprocesamiento de combustible gastado en su territorio, al tiempo que se concedía una supervisión internacional exhaustiva. Estas restricciones redujeron significativamente los riesgos de proliferación.

Según se informa, el acuerdo con Arabia Saudí descarta muchas de estas salvaguardias. Además, al parecer no exige a Riad que adopte el Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica, que permite a los inspectores acceder con poca antelación a instalaciones no declaradas para detectar actividades nucleares clandestinas.

Si Washington rebaja sus propios criterios con respecto a Arabia Saudí, otros países exigirán inevitablemente un trato idéntico.

Es probable que los EAU intenten renegociar su propio acuerdo. Turquía y Egipto exigirían casi con toda seguridad privilegios similares. Rusia y China podrían utilizar el precedente estadounidense para justificar unas salvaguardias más débiles en sus propias alianzas nucleares en Oriente Medio y más allá.

En lugar de reforzar el régimen mundial de no proliferación, Estados Unidos lo estaría debilitando con sus propias manos.

El acuerdo también socava la capacidad de Washington para hacer frente a Irán en relación con sus ambiciones nucleares. Durante años, sucesivos gobiernos estadounidenses han insistido en que nunca se debe permitir que Irán enriquezca uranio sin una estricta supervisión internacional, ya que el enriquecimiento abre la vía a las armas nucleares. Si a Arabia Saudí se le concede esa misma capacidad en condiciones menos exigentes, Teherán acusará inmediatamente a Washington de aplicar un doble rasero.

De hecho, los responsables iraníes ya han comenzado a esgrimir precisamente ese argumento. El portavoz del Ministerio del Interior iraní, Ali Zeinivand, declaró recientemente que, si se inicia una carrera armamentística regional, Irán tendría "más libertad de acción que nadie", al tiempo que acusaba a Estados Unidos de discriminación por permitir que algunos países desarrollen capacidades nucleares mientras niega a otros el mismo derecho.

Estados Unidos no puede exigir de forma creíble que Irán renuncie a capacidades que, al mismo tiempo, está dispuesto a conceder a Arabia Saudí.

El acuerdo también amenaza con desencadenar una peligrosa carrera armamentística nuclear regional. Irán ha indicado en repetidas ocasiones que respondería a los avances nucleares de Arabia Saudí. Turquía ya ha advertido de que podría verse obligada a desarrollar capacidades similares si Irán adquiere armas nucleares. Sin duda, Egipto se vería presionado para hacer lo mismo.

Quizás el aspecto más preocupante del acuerdo es que separa la cooperación nuclear civil de los objetivos diplomáticos más amplios.

La Administración Trump considera que la ayuda nuclear civil es una baza para impulsar la normalización de relaciones entre Arabia Saudí e Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham.

La paz, sin embargo, nunca debería comprarse mediante concesiones estratégicas que pongan en peligro la seguridad internacional.

La paz con Israel no es un premio otorgado por los países árabes o musulmanes. No es algo que deba requerir sobornos estadounidenses en forma de tecnología nuclear o incentivos estratégicos.

La paz redunda en beneficio de los propios intereses de Arabia Saudí. Refuerza la estabilidad regional, potencia el desarrollo económico, atrae la inversión extranjera y mejora la seguridad de todas las partes. Los Estados árabes y musulmanes deberían buscar la paz con Israel porque beneficia a sus propios pueblos, no porque Washington ofrezca concesiones peligrosas.

Una vez que el enriquecimiento de uranio se extienda por Oriente Medio, no será fácil contenerlo. Cuando las potencias regionales empiecen a competir por la capacidad nuclear, quizá ya no haya vuelta atrás. Estados Unidos no debería convertirse en el artífice de la próxima carrera armamentística nuclear en Oriente Medio.

© Gatestone Institute.

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