El técnico que trascendió la mayor dicotomía del fútbol argentino: por qué Scaloni superó el legado y el debate entre Menotti y Bilardo
Lo hecho por Scaloni resultó en uno de los mejores trabajos jamás realizados por cualquier director técnico, considerando lo logrado en los últimos ocho años y la serie de obstáculos que supo sortear.

Lionel Scaloni, head coach of Argentina.
Poco después de conquistar los Mundiales del 78 y 86, el ecosistema futbolístico argentino se vio, de un momento a otro, inmerso en una dicotomía y guerra de paradigmas tan práctica como ideológica, al punto de verse reflejada incluso en las formas y el fondo. Fue lo equivalente a que este segundo Mundial alcanzado por España se hubiera logrado gracias a un fútbol enteramente en las antípodas del mostrado en Sudáfrica, con un director técnico que despertara filias y fobias y defendiera a capa y espada un mantra y un ethos contrarios a los de 2010.
Se trata de César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo, las dos cabezas de una bicefalia futbolera que ha moldeado tanto el imaginario colectivo de todo un país como su misma esencia filosófica. Se trata de dos posturas tan profundamente complejas y valiosas como opuestas, las cuales desataron durante un buen tiempo una importante división que se trasladaba tanto al terreno de juego como a las mismas salas de redacción de los medios deportivos más prestigiosos del país. Menottismo contra Bilardismo: la idea de un fútbol lírico ante el pragmatismo más rocoso; Aquiles y Odiseo; el jazz frente al rock industrial.
A pesar de que hasta hace poco parecía impensable el ascenso de una figura que pudiera enterrar este monstruo bicéfalo, el incendio que representó el Mundial de Rusia para Argentina en 2018 fue lo suficientemente destructivo como para ver a la selección albiceleste hundida en una crisis deportiva que forzó a la Asociación del Fútbol Argentino a tomar como medida urgente el despido inmediato de Jorge Sampaoli. Si bien para aquel momento existían candidatos de incuestionable renombre, como Diego Simeone o Mauricio Pochettino, el elegido sería una figura que no había dirigido aún en Primera División y cuya experiencia en los banquillos se reducía a ser el analista de rivales durante la era Sampaoli y a un breve paso como entrenador de la selección sub-20: Lionel Scaloni.
El triunfo de una derrota y la construcción de una era inigualable
El exjugador de equipos como el Deportivo La Coruña o el West Ham United tomaría el mando de uno de los banquillos más complicados en el momento más complejo de su historia moderna, tras la patética imagen y el nivel deportivo mostrados en Rusia, un amor propio diezmado tras las finales de Copa América contra Chile y una generación dorada que no daba para más y a la que nadie parecía querer enterrar. La Argentina que recibe Scaloni fue considerablemente más adversa y cuesta arriba que aquellas que recibieron Menotti y Bilardo en sus épocas. Y es que, si la del Flaco venía precedida de la decepción del 74 y la falta de presión mediática, a la del Narigón la antecedía una España 82 con más sombras que luces, pero con numerosas razones para ilusionarse a corto plazo.
Lo hecho por Scaloni resultó en uno de los mejores trabajos jamás realizados por cualquier director técnico, considerando lo logrado en los últimos ocho años y la serie de obstáculos que supo sortear. Porque no solo fue encontrar un sistema de juego en el que se pudiera potenciar la calidad de los jugadores y brindarle finalmente a Lionel Messi un hábitat en el cual sentirse cómodo y poder explotar sus infinitas virtudes, sino materializar un duro cambio generacional en el que les brindaría confianza a una serie de figuras que hoy son estrellas y que, en su momento, no parecían serlo para los ojos de propios y extraños.
Lo de Scaloni fue valentía y sensaciones futbolísticas que parecían haber quedado olvidadas desde 2014. Y es que, si bien no conquista la Copa América de 2019, lo mostrado en las semifinales contra Brasil fue de un nivel y un carácter que no se habían visto en los últimos cuatro años y que Argentina no había vuelto a mostrar contra su clásico rival en un partido oficial desde aquella noche de Juan Román Riquelme en el Monumental de Núñez. Ese encuentro fue el inicio de todo. El punto de inflexión a partir del cual la selección albiceleste materializaría una impresionante racha de 36 partidos seguidos sin conocer la derrota, durante la cual alcanzó su primer título desde el 92 ante la mismísima Brasil de Neymar y una Finalissima en la que despedazaría a la campeona de Europa en una de las mayores exhibiciones jamás dadas por Argentina en su más que exitosa historia.

Argentina's coach Lionel Scaloni touches the World Cup trophy.
La racha culminaría tras la derrota contra Arabia Saudita en un Mundial de Catar donde terminaría levantando la copa y alcanzando la gloria absoluta, en lo que fue la consagración definitiva de un proyecto y una serie de decisiones que posicionaron a Scaloni en el Olimpo futbolístico y en el lugar de quienes desde un principio tuvieron la razón. Y, si parecía que la incuestionable grandeza conseguida en el proceso era producto de la casualidad, Scaloni supo mantenerla y darle una continuidad que le permitió ya no solo lograr unas eliminatorias formidables, sino también conseguir una nueva Copa América en la que mantuvo una superioridad de principio a fin.
Y, si nada de esto era más que suficiente como para dormirse en los laureles tras tanto éxito conseguido, Argentina llegaría a una nueva final de la Copa del Mundo en la que todo aquello que mostró futbolísticamente en 2022 lo mostró emocional y psicológicamente al sacar adelante una serie de partidos donde parecía muerta y terminaba resucitando en el último instante, como si se tratara del Real Madrid de las selecciones o del protagonista principal de un relato en el que la víctima recuerda, poco antes de bajar los brazos, que es invencible.
La vista macro nos muestra que Scaloni alcanzó un inmejorable 78,8 % de efectividad en los 104 partidos que, hasta el momento, ha dirigido. Pero, enfocándonos solo en el palmarés, se posiciona como el técnico más laureado en la historia de la selección argentina con cuatro títulos, superando claramente a un Menotti y a un Bilardo que solo pudieron conquistar un Mundial. Y, si se cuenta como una gesta emocional lo sucedido en Italia 90, esta se empareja con lo ocurrido durante la recién terminada Copa del Mundo, incluso en la comparativa estadística y numérica.
Scaloni trascendió la dicotomía
El legado de Menotti se reduce no solo a un estilo y una manera de ver el fútbol, sino principalmente a haber dibujado la primera de las tres estrellas de la Albiceleste y a haber profesionalizado un fútbol argentino que hasta aquel entonces se encontraba empantanado en el amateurismo. Lo de Bilardo gira en torno tanto a una Copa del Mundo como a haber introducido un pragmatismo resultadista que permeó lo suficiente como para convertirse en el sello principal del fútbol argentino años más tarde, manifestado principalmente en buena parte de los clubes que terminaron ganando Copas Libertadores.
Por su parte, el legado de Scaloni se reduce a la recuperación de una grandeza disminuida, a la resurrección de lo que no pocos consideraban un cadáver futbolístico que se encontraba en una situación no tan diferente a la que desde hace un tiempo padecen otras selecciones titánicas como Alemania o Brasil. Rescatar a la Albiceleste de una crisis generalizada para devolverle la gloria que había quedado enterrada en los últimos años del siglo pasado.
Mantener el debate entre el Menottismo y el Bilardismo es hoy un ejercicio más absurdo que trascendental ante este hecho. Más allá de que siga siendo muy temprano para determinar si Scaloni ha de considerarse o no una tercera vía en cuanto a modelo y cosmovisión (cuenta con claros elementos de ambos), la interrogante sobre quién ha sido el director técnico más grande y determinante para la selección argentina carece de sentido ante una imponente obviedad forjada en los últimos ocho años que ni el Flaco ni el Narigón lograron igualar, aun contando con entornos menos dramáticos.
En un país que durante décadas se debatió entre la pulsión por lo lírico y el cálculo implacable, Scaloni demostró que la verdadera maestría reside en la armonía inteligente, esa rara capacidad de unir belleza y eficacia sin traicionar ninguna de las dos. El actual director técnico de Argentina no solo ha cerrado la grieta entre dos filosofías irreconciliables; ha trascendido la propia dicotomía.
Allí donde Menotti encarnó la lírica fundacional y Bilardo el realismo crudo de la supervivencia, Scaloni representa algo más profundo y, acaso, más valioso: la síntesis serena de una nación futbolera que volvió a reconocerse en un espejo, la reconstrucción desde el cenicero de desilusiones y finales perdidas de una selección que parecía condenada a la nostalgia. Su verdadero triunfo no radica únicamente en los títulos —por monumentales que sean—, sino en haber devuelto a Argentina algo que había perdido: la convicción de que su grandeza no era un recuerdo del pasado, sino una posibilidad viva del presente.