Próxima parada en la disputa entre Estados Unidos y China por el dominio mundial: la Luna
Nuestra capacidad para aterrizar con seguridad en la Luna y devolver a los astronautas a La Tierra definió nuestra nación, nuestro liderazgo, la prominencia mundial y la capacidad de la democracia para lograr grandes cosas. Ha llegado el momento del segundo acto.

La Luna, fotografiada desde un observatorio. Imagen de archivo
Al anunciar la misión de alunizaje Apolo hace casi 65 años, el presidente John F. Kennedy dijo: "Elegimos ir a la Luna... no porque sea fácil, sino porque es difícil".
Nuestra capacidad para aterrizar con seguridad a los estadounidenses en la Luna y devolverlos a la Tierra definió nuestra nación, nuestro liderazgo, la prominencia mundial y la capacidad de la democracia para lograr grandes cosas.
Ha llegado la hora del Acto Nº2.
La carrera del siglo XXI para devolver a los humanos a la Luna hace que la era Kennedy parezca pintoresca: lo que está en juego hoy va mucho más allá del orgullo nacional. Estados Unidos debe dar prioridad a volver a la Luna antes que a China, para asegurarse ventajas estratégicas aquí en la Tierra para las generaciones venideras.
Como ocurrió durante los días de la primera carrera espacial, el liderazgo lunar se traduce directamente en dominio tecnológico y económico en nuestro planeta. Además, la nación que establezca la primera presencia lunar sostenible fijará las normas de acceso a los recursos espaciales, las comunicaciones y la soberanía interplanetaria. El liderazgo lunar también crea una ventaja estratégica en la extracción de elementos de tierras raras que se han convertido en esenciales para la tecnología del siglo XXI. No es de extrañar que los chinos hayan utilizado el acceso a sus propios recursos de tierras raras como moneda de cambio clave con la Casa Blanca. Los científicos creen que hay muchos más en la Luna.
Debemos reconocer que permitir que China reclame la primacía lunar representaría también un profundo cambio en la dinámica de poder mundial. El programa espacial de China está ligado a sus ambiciones más amplias de dominio global. Una Luna china podría significar reivindicaciones que excluirían a otras naciones del acceso a la Luna o a los recursos lunares. Este escenario replicaría las políticas terrestres de China y crearía conflicto en lugar de cooperación.
Igualmente crucial, el liderazgo estadounidense en la Luna refuerza los valores de una sociedad abierta, la colaboración y el liderazgo científico.
No es de extrañar, pues, que la Administración Trump acaba de reabrir el contrato para construir la nave espacial diseñada para llevar a los estadounidenses a la Luna. Descontento con el ritmo de la actual adjudicación a SpaceX, el administrador en funciones de la NASA, Sean Duffy, ha declarado a los medios: "Cualquiera que pueda llevarnos primero a la Luna, lo vamos a hacer... Me siento bastante seguro de que con esta competición vamos a vencer a los chinos".
John F. Kennedy lo habría aprobado. Sí, ir a la Luna es difícil. Demostrémonos una vez más que el liderazgo estadounidense conquistará ese reto.