Un regalo para Petro: la oposición colombiana desorientada antes de las elecciones presidenciales
La izquierda colombiana lleva más de dos décadas intentando acabar con la imagen del expresidente Uribe. No ha podido. Pero que ahora a esos esfuerzos se les sumen voces de la derecha es incomprensible. Tan incomprensible como el autosabotaje del propio proyecto uribista.

Paloma Valencia y su compañero de fórmula, Juan Daniel Oviedo.
Colombia tiene por delante su elección presidencial más importante. El gran riesgo es que, bajo la candidatura oficialista de Iván Cepeda, Petro pueda continuar ampliando su proyecto político autoritario y liberticida, que tanto daño le ha causado a Colombia en cuatro años. Cepeda es un dogmático de extrema izquierda, como Petro, pero es mucho más disciplinado que el presidente, lo que lo hace más peligroso.
No obstante, el amplio rechazo a Petro ofrece una oportunidad tremenda para la oposición: no solo ganar unas elecciones, sino también consolidar un movimiento político que dinamite la propuesta de extrema izquierda y desmonte el petrismo como fuerza política. La oposición colombiana debería ganar cómodamente en una segunda vuelta en junio.
Pero ha surgido un problema: de cara a la primera vuelta presidencial, la oposición se debate entre dos candidatos con tracción.
Por un lado está Abelardo de la Espriella, un hábil conservador que se perfila como la opción más atractiva para la derecha más dura de Colombia. De la Espriella, antes de entrar en la política, era conocido como un abogado penalista sin escrúpulos, defensor de figuras controvertidas, pero, además, muy cercano al expresidente Álvaro Uribe —de quien también fue abogado.
Por el otro lado está Paloma Valencia, quien ganó con amplio margen en unas primarias celebradas por gran parte de la oposición el pasado 8 de marzo. Valencia representa el partido Centro Democrático, que es la fuerza política comandada por Álvaro Uribe —quien es, sin duda, el político más influyente de la historia moderna de Colombia.
Tanto De la Espriella como Valencia lucen fuertes. Tras las primarias, las opciones de Valencia de ganar la presidencia aumentaron en los mercados de apuestas. Según una encuesta de la prestigiosa AtlasIntel, en una primera vuelta presidencial pasarían Iván Cepeda y, como contendiente opositor, Abelardo de la Espriella. Sin embargo, en hipotéticos escenarios de segunda vuelta con De la Espriella o Valencia, ambos vencen a Cepeda con un margen amplio —siendo Valencia quien obtendría la mayor votación. Digamos que el horizonte no luce tan mal para la oposición, pero aún es temprano y de aquí a las elecciones puede pasar cualquier cosa.
Justo después de que se decantaran las primarias en las que ganó la opción uribista, ambos candidatos opositores anunciaron sus compañeros de fórmula. De la Espriella optó por José Manuel Restrepo, un tecnócrata prestigioso que se desempeñaba como rector de una de las mejores universidades privadas de Colombia. Por su parte, Paloma Valencia eligió a Juan Daniel Oviedo, un exfuncionario del Gobierno centrista de Iván Duque, con ideas sociales y culturales bastante de izquierda y liberal en lo económico; pero que, gracias a una votación considerable, obtuvo un importante segundo lugar en las primarias del 8 de marzo —es, además, homosexual y, aunque no es relevante, lo ha convertido en parte de su identidad política.
Desde entonces, la oposición colombiana entró en una suerte de guerra fratricida. El uribismo es el movimiento político más influyente de la derecha en el país, pero ante el dilema, se ha fracturado.
Paloma Valencia concentra a la militancia del partido de Álvaro Uribe, leal al expresidente, y a gran parte de la derecha moderada. No obstante, De la Espriella ha arrastrado, no solo a las expresiones más duras de la derecha en Colombia, sino a una cantidad importante de uribistas que se sienten decepcionados con la moderación por la que ha optado el Centro Democrático.
De la Espriella, con la elección de Restrepo como compañero de fórmula, se ensancha como alternativa, pero sin apelar a la izquierda: quien lo acompaña no es popular por posturas sociales progresistas, sino que es reconocido como un académico serio. Restrepo le inyecta cierta sobriedad a un proyecto claramente populista.
En cambio, Paloma opta por una estrategia más arriesgada y ambiciosa: captar, no solo a los moderados en la derecha, sino también al centro —esa quimera a la que llaman centro— y a la izquierda desencantada con Petro.
Pero la apuesta de Paloma ha abierto una brecha importante en la derecha: muchos que históricamente han sido leales al presidente Uribe y que lo consideran el gran referente de la derecha en Colombia están empezando a ver hacia otro lado. Huérfanos, encuentran cobijo en el movimiento de De la Espriella.
El gran problema es que, por esta divergencia, la derecha dejó de concentrarse en enfrentar a su gran adversario y amenaza, Iván Cepeda. Y, lo que es más inquietante y peligroso, algunos en la derecha han cedido a una tentación letal: atacar al expresidente Álvaro Uribe.
Uno de los puntos de mayor tensión en la sociedad colombiana es la denominada «paz» —que es realmente impunidad— frente a la guerrilla comunista. Es la pugna sobre la que se erige la diatriba política y social. Ello no admite grises. La política colombiana se ha estructurado en torno a quienes secundan la impunidad y a quienes favorecen la justicia.
En esta divergencia, el uribismo representa la justicia y el orden ante la impunidad y el caos. Álvaro Uribe, entonces, vendría siendo un símbolo. Es el símbolo del triunfo del bien sobre el mal en un conflicto que ha marcado al país desde la mitad del siglo pasado. Porque fue Uribe quien, tras décadas de guerra civil, debilitó decisivamente a la guerrilla de las FARC a punta de fuerza militar.
Denostar ese símbolo hoy, como ahora lo hacen algunos desde la derecha, por considerar que fortalece a uno de los dos candidatos opositores, es insensato. Es suicida. Incluso para Abelardo de la Espriella, quien se autodenomina como «uribista», es inconveniente que sus simpatizantes, por intentar desprestigiar a Paloma Valencia, se lancen contra el hombre que en su momento salvó a Colombia.
La izquierda colombiana lleva más de dos décadas tratando de acabar con la imagen del expresidente Uribe. No ha podido. Aún hoy Uribe es el político más influyente de Colombia. Pero que ahora a esos esfuerzos se les sumen voces de la derecha es incomprensible.
Sin embargo, mucho de esto se evitaría si Paloma Valencia hubiera pensado mejor su fórmula. Y no digo que los ataques contra Uribe sean justificados; sino que lo que también le hace daño al expresidente es la incorporación del propio Oviedo, quien apoya los acuerdos de paz de Juan Manuel Santos que precisamente revirtieron gran parte de los éxitos militares y políticos de la presidencia de Uribe. Es decir: en la diatriba histórica de Colombia, su posición es contraria a la de la justicia y el orden.
Si tradicionalmente el uribismo representa el orden, y hoy el propio movimiento incorpora en su proyecto la apuesta por la impunidad, se empieza a diluir el clivaje que históricamente ha marcado la política en Colombia. Eso, en consecuencia, desdibuja a uno de los dos bandos.
Ceder ante las posiciones del adversario, aunque podría mercadearse como una moderación circunstancial, termina borrando la propia identidad. Es torpe. Y es parte de la inestabilidad de la actual fórmula vicepresidencial uribista.
Esta inconsistencia quedó expuesta esta semana en la primera entrevista que Valencia y Oviedo hicieron juntos. Ambos disienten en torno al punto de la paz y la manipulada justicia transicional legada por Santos. Pero no es el único punto de discordia. En la entrevista quedaron expuestas muchas otras divergencias: tienen desencuentros en cuanto a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, el aborto, los procedimientos de transexualidad en menores de edad y en la manera de catalogar a la extrema izquierda en el país. Mientras que Oviedo justifica las rabietas violentas de la izquierda en el pasado, Paloma Valencia las cataloga de "terrorismo urbano".
Ambos sostuvieron que esas diferencias, en vez de apartarlos, los unen. Insistieron en que, si no se pueden poner de acuerdo, no sirven para gobernar Colombia. Pero ese no es un argumento convincente: Colombia necesita una autoridad soberana que imponga el orden, recupere el territorio y sane la economía; una autoridad legítima que reclama unidad de decisión. La política concibe diferencias dentro de un gobierno, como en el gabinete, pero en el centro del poder debe expresarse como una sola voluntad. La autoridad, fragmentada, corre el riesgo de licuarse.
Es claro que la alianza entre Paloma y Oviedo es estratégica, electoral, no en torno a principios. Pero, de ganar, empezaría un Gobierno lesionado, frágil, sostenido sobre intereses loables, genuinos, pero no morales —es decir, no superiores a lo coyuntural. Y esto es problemático.
Hay dos opciones: u Oviedo es irrelevante en un eventual gobierno de Paloma Valencia, y es marginado; o, como ambos sostuvieron en la entrevista, tomarán decisiones en conjunto y construirán de la mano la Colombia tras Petro.
Si ocurre lo primero, habrá caos. Oviedo ya dijo, en esa entrevista, que se sentiría traicionado si Paloma avanzara en políticas con las que él no coincide.
De ocurrir lo segundo, los electorales de Paloma se sentirían defraudados, pues, al elegirla, esperaban un Gobierno de derecha, no uno que consintiera el relativismo y el globalismo que está socavando las sociedades occidentales.
Esta situación pone a la oposición a Petro en una suerte de Catch-22. En gran parte el leitmotiv de la lucha contra la extrema izquierda es el apoyo al proyecto político de Álvaro Uribe; pero hoy, acompañar la propuesta uribista pudiera entrar en conflicto con ese leitmotiv.
Toda esta deriva y este desconcierto amenazan con acentuar las tensiones dentro de la oposición colombiana. El temor es que se abran heridas que no cicatricen antes de la segunda vuelta presidencial. Porque Colombia puede salir de la tragedia en la que la metió Petro, pero precisa de una sociedad cohesionada.