Robo en el Louvre: metáfora de una Francia en ruinas
El Louvre, uno de los símbolos más importantes del esplendor francés, se une ahora a la creciente lista de cosas que el Gobierno ya no puede proteger, como la libertad de expresión, las mujeres, los niños, los turistas, la educación, la paz, el orden, la limpieza, la salud, el transporte y su propia estabilidad.

La policía científica investigando en el museo del Louvre tras el robo
El pasado domingo, cuatro ladrones irrumpieron en el museo más icónico de París, el Louvre, poco después de su apertura y robaron reliquias invaluables de la corona francesa. El robo tuvo lugar a plena luz del día, entre las 9.30 y las 9.40. Los asaltantes llegaron al museo, dos en moto y otros dos en un automóvil, y accedieron al interior a través de la fachada situada en el lado que da al río Sena, por una escalera mecanizada como las que se utilizan en las mudanzas. Entraron por un balcón a la galería de Apolo, situada en el primer piso, y destrozaron vitrinas en la galería, super ornamentada, construida para Luis XIV. El robo duró entre 4 y 7 minutos, pero la inconmensurable vergüenza tardará mucho más en disiparse.
El Louvre, uno de los símbolos más importantes del esplendor francés, que atrae a más de diez millones de visitantes al año, se une ahora a la creciente lista de cosas que el Gobierno ya no puede proteger, como la libertad de expresión, las mujeres, los niños, los turistas, la educación, la paz, el orden, la limpieza, la salud, el transporte y su propia estabilidad.
Una Francia sometida al desamparo
En todo el país, el caos se ha vuelto cotidiano. La crisis política más grave desde la fundación, la V República, coincide con un incremento espectacular de la violencia criminal: en Francia se cometen cada día tres asesinatos, 600 robos con violencia, 330 atracos con armas de fuego y 700 robos de automóviles. Los jóvenes de entre trece y diecisiete años protagonizan casi un tercio de los robos con arma. Los hurtos y saqueos en comercios —desde tiendas de barrio hasta las boutiques más exclusivas— están fuera de control.
Los disturbios estallan por cualquier cosa: un concierto, una detención, un proyecto de ley, un partido de fútbol. Tras la victoria del PSG en la Champions, decenas de jóvenes anunciaron en TikTok que los Campos Elíseos arderían esa noche, y así fue. En octubre pasado, cuando el concierto gratuito del grupo de rap L2B fue cancelado, miles de fanáticos se transformaron instantáneamente en una turba armada con bombas de humo y martillos, destrozando escaparates en pleno centro de París. Varias ciudades han tenido que imponer toques de queda para menores ante la violencia relacionada con el narcotráfico y los ajustes de cuentas entre bandas. Cada semana trae una nueva conmoción, un recordatorio de que Francia va a la deriva, hundida en una anomia de la que ya ni siquiera se habla porque se ha convertido en parte del paisaje.
En este contexto, el robo del pasado domingo generó una conmoción que evocó el trauma del incendio de Notre Dame, transformándose en un escándalo político que fusionó dos angustias ciudadanas: la inseguridad galopante y el declive de la nación. Y es que este no es un caso aislado. El robo de reliquias y artefactos en iglesias de todo el país es constante: en 2024 se registraron en Francia más de mil eventos, desde grafitis hasta daños graves como incendios o robos de objetos sagrados. Iglesias catalogadas como patrimonio de la UNESCO han sido vandalizadas e incendiadas.
Los robos millonarios, a la orden del día
A mediados de septiembre pasado, apenas unas semanas atrás, otro robo escandaloso ocurrió en el Museo Nacional de Historia Natural de París, durante el cual se llevaron muestras de oro nativo valoradas en 700.000 dólares. Los ladrones utilizaron una amoladora y un soplete para acceder al complejo junto al río Sena, muy frecuentado, por cierto. El oro nativo tenía un inmenso valor científico y cultural; su valor patrimonial es incalculable. Una fuente policial declaró que los sistemas de alarma y vigilancia del museo habían sido desactivados por un ciberataque en julio, aunque no estaba claro si funcionaban cuando se produjo el robo.
A principios de septiembre de 2025, el Museo Nacional Adrien Dubouché en Limoges, referente de la porcelana, sufrió un robo de madrugada. Los ladrones se llevaron tres piezas de gran valor: dos platos chinos de los siglos XIV y XV y un jarrón de porcelana china del siglo XVIII. Solo este último jarrón estaba valuado en seis millones y medio de euros.
Estos hechos siguieron a un funesto mes de noviembre de 2024. El día 20, cuatro hombres armados con hachas y bates de béisbol destrozaron vitrinas en pleno día en el museo Cognacq-Jay de París, llevándose siete valiosas cajas de rapé del siglo XVIII. Literalmente al día siguiente, el 21 de noviembre, otro atraco armado golpeó el museo de Arte Sacro de Hiéron, donde robaron la pieza central de joyería, la obra "Vita Vitae", un tesoro nacional valorado en varios millones de euros. El reciente robo al Louvre, por tanto, llega en un momento crítico para las instituciones culturales, cuando el patrimonio francés sangra por heridas cada vez más profundas y frecuentes.
Cabe recordar un robo aún más humillante, el del Museo de Arte Moderno de París, en mayo de 2010: Vjeran Tomic, un ladrón croata apodado “Spiderman”, se llevó obras maestras valuadas en más de 100 millones de euros. El caso reveló fallas graves de seguridad en el museo, como detectores de movimiento que llevaban dos meses sin funcionar y tres vigilantes que no lo detectaron. El objetivo de Tomic era llevarse una sola pintura, “Naturaleza Muerta con Candelabro” de Fernand Léger, pero, al no activarse ninguna alarma, decidió tomar cuatro obras adicionales: Nature Morte aux Chandeliers de Léger, L'Olivier Près de l'Estaque de Braque, La Femme à l'Éventail de Modigliani, Le pigeon aux petits pois de Picasso y La Pastorale de Henri Matisse. Tomic no fue atrapado gracias a la investigación, sino que fue detenido infraganti tras tratar de cometer otro atraco y confesó el robo del Museo de Arte Moderno, pero las pinturas no fueron recuperadas.
Volviendo al robo del domingo, no es que no hubiera habido ninguna advertencia: una reciente auditoría interna ya había avisado acerca de la ineficacia tanto del personal como de los sistemas de alarma. El museo más famoso del mundo estaba indefenso. Un informe del Tribunal de Cuentas francés, previo al robo de este domingo, había detectado fallos en la seguridad del Louvre; advertencias similares han llegado de Versalles y del Museo de Orsay.
El documento, realizado antes del atraco para publicarse en diciembre, pero que ha sido adelantado por medios franceses, dice que hay salas que no cuentan con cámaras de seguridad. El diario Le Figaro señala retrasos persistentes en la puesta al día de las instalaciones técnicas del museo más visitado del mundo. En el sector Denon, donde se encuentra la robada Galería de Apolo, así como La Gioconda, un tercio de las salas no cuenta con ninguna cámara de vigilancia. En el sector Richelieu, tres cuartas partes de las salas carecen de vigilancia. Apenas más de un tercio de las salas dispone de al menos una cámara, señala el Tribunal de Cuentas, que apunta directamente a la dirección del museo.
Las políticas DEI
Dominique Buffin, la mujer encargada de la seguridad del Louvre, está ahora bajo escrutinio, y no pocos sostienen que debe su puesto a las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI). Nunca antes una mujer había ocupado un puesto tan estratégico, y su nombramiento fue festejado por la izquierda porque rompía estereotipos; poco se dijo de su capacidad para el cargo. También recayeron las críticas sobre Laurence des Cars, la primera directora mujer, a la que se acusa de haber priorizado la ideología a la eficacia en la gestión del museo.
El robo del Louvre no fue una anomalía: fue la escena perfecta de una nación que ya no sabe proteger lo que la define. Las advertencias estaban ahí y los responsables miraron hacia otro lado mientras priorizaban ideología sobre mérito.
Lo ocurrido el domingo no fue sólo el saqueo, sino la constatación de una rendición. Ahora el Louvre; el rostro de Francia, exhibe la cicatriz de una humillación que no se borrará fácilmente.