Trump: seis meses que cambiarán el mundo
El peligro no es Donald Trump, sino no entenderle. No saber leer sus motivaciones, sus objetivos y su manera de actuar. Y en eso, los europeos somos campeones. Aunque no sólo los europeos.

Donald Trump llega a su toma de posesión el 20 de enero
El 20 de julio se cumplen seis meses desde la inauguración de la nueva presidencia de Donald Trump. A muchos, particularmente a la izquierda americana y en general a los europeos, este tiempo les ha parecido una eternidad.
En primer lugar porque ha sido superintenso desde el minuto uno, con decenas de órdenes ejecutivas listas para ser firmadas el mismo día de la inauguración. Muchas de ellas para deshacer gran parte de los entuertos y errores de la era Biden.
En segundo lugar, porque las decisiones adoptadas por el presidente americano han afectado a casi todas las áreas imaginables, desde la inmigración a la política exterior y de seguridad, pasando por el comercio internacional, la lucha contra las élites y su ideología woke, las relaciones con Rusia, la política energética, el futuro de la OTAN, la alianza con Israel, China, Ucrania y el ataque preventivo contra el programa nuclear de los ayatolás iraníes. ¿Alguien da más?
Y en tercer lugar, porque el torrente de las políticas y declaraciones avanzadas por Trump junto a sus métodos de presión sobre amigos y enemigos, o sus aparentes contradicciones, han generado una gran dosis de confusión. La izquierda americana y mundial sigue prisionera del Trump Derangement Syndrome, según el cual todo lo que sale del presidente americano es intrínsecamente diabólico y condenable; pero buena parte de los conservadores han empezado a padecer en estos meses el Trump Confussion Syndrome, incapaces de entender desde su esclerótica estructura mental la actividad y la actitud de Donald Trump. No es lo que esperaban, creían que era o querían que fuese.
La izquierda americana y mundial sigue prisionera del Trump Derangement Syndrome, según el cual todo lo que sale del presidente americano es intrínsecamente diabólico y condenable; pero buena parte de los conservadores han empezado a padecer en estos meses el Trump Confussion Syndrome, incapaces de entender desde su esclerótica estructura mental la actividad y la actitud de Donald Trump. No es lo que esperaban, creían que era o querían que fuese.
Vaya por delante que para mí, Donald Trump por segunda vez en la Casa Blanca es lo mejor que le podía pasar a los Estados Unidos de América, sumidos en una crisis de identidad, y una gran oportunidad para el resto del mundo dicho occidental que se deslizaba por una pendiente suicida, antidemocrática, liberticida y con grandes dosis de acabar en un estallido social en lo doméstico y bajo la dominación de China en lo externo.
En general, y viviendo entre europeos, quienes creen que Trump es un regalo caído del cielo son una exigua minoría y muchos más quienes le ven como un tonto egocéntrico o un loco peligroso.
Pero, en realidad, el peligro no es Donald Trump, sino no entenderle. No saber leer sus motivaciones, sus objetivos y su manera de actuar. Y en eso, los europeos somos campeones. Aunque no solo los europeos. Donald Trump no es un presidente cualquiera. De hecho, es bastante 'unconventional'. Pero no por su estilo directo y a veces grosero -la crítica que normalmente se le hace desde las élites que se creen mejor educadas y más inteligentes que cualquiera. La supuesta superioridad del 'Davos Man' sobre el Hilbilly.
Trump, el presidente 'uncoventional'
Trump es radicalmente “unconventional” porque no se nutre ni admira los conceptos y las ideologías que han dominado la actividad política desde el final de la II Guerra Mundial. Trump no es heredero de la vertiente internacionalista o Wilsoniana de los Estados Unidos, ni se ve reflejado en los valores del Atlanticismo. No se ha nutrido ni de la historia ni del mundo intelectual que valoraba ese mundo. Como muy bien ha escrito Robert Kaplan en su ensayo Trump’s New Map: "(Trump) is post-literate. He exists in a world of social media and smartphones but has not immersed himself in the study of narrative History, even superficially”. Simplemente porque no lo necesita. Y eso es algo que exaspera a las élites internacionalistas de ambos lados del Atlántico, particularmente en la orilla europea.
Para Kaplan, carente de Historia, a Trump sólo le queda la geografía como base para sus sentimientos y acción. Una especie de doctrina 'Donroe' sobre un mapa homogéneo que va de Groenlandia a Panamá.
Algo parecido explica Henry Olsen tras el reciente giro de Trump hacia Ucrania y Putin. Para Olsen, la mayoría de políticos, sobre todo en la rígida vieja Europa, se mueven dentro de unas grandes categorías filosóficas. Estas grandes corrientes, explícitas o no, conscientes o no, determinan en gran medida sus propuestas y sus reacciones. Así, por ejemplo, un “verde” jamás estará a favor de quitar los subsidios a las energías renovables o reducir los impuestos a los derivados del petróleo. O un neoliberal jamás culpará al mercado de la desigualdad o las crisis, por citar dos ejemplos.
Para Henry Olsen, Trump es una persona que no se adscribe ni ata a ninguna de estas grandes tradiciones intelectuales. Lo suyo es otra cosa, es el arte del acuerdo.
Es verdad que muchos líderes ven en Trump a alguien orientado a lo transaccional. Pero lo entienden más como una táctica que como un planteamiento vital. No es un toma y daca tradicional. Trump sabe qué quiere obtener de un acuerdo, pero la forma de alcanzarlo está supeditada al objetivo último. Él no quiere un proceso diplomático en el que el objetivo es la negociación; quiere el resultado que quiere. De ahí que, en el argot de la OTAN, nada esté cerrado hasta que todo está cerrado y todo está en solfa hasta que que se llega al acuerdo final.
Olsen lo aplica al giro sobre Ucrania y Putin para intentar sacar a los aliados europeos de un nuevo error. No es, como se cuenta ahora en Berlín, Paris y Londres, que Trump haya hecho su camino particular a Damasco y se le haya revelado la verdadera naturaleza de Putin. Simplemente, frustrado con el liderazgo ruso que le está impidiendo llegar a donde Trump quería, busca ahora un cambio de herramientas con las que despejar la ruta hacia ese acuerdo, bien explícito desde el día 1 (a saber, aceptación de la presencia rusa donde está a cambio de seguridad e independencia para el resto de Ucrania).
En resumen , hay que tener sumo cuidado a la hora de interpretar las acciones de Donald Trump, porque si se juzgan simplemente desde los parámetros de la vieja política, seguiremos sumidos en la confusión y en una creciente frustración con América.
Y tras esta primera gran advertencia, los hechos:
Desde La Casa Blanca, Trump ha intentado cumplir con el máximo de promesas electorales posible porque, a diferencia de la mayoría de políticos que creen que las promesas están para no cumplirse, Trump si quiere ser fiel a lo que dijo en su campaña.
En el terreno doméstico, ha revertido la política inmigratoria de Biden logrando que de unos dos millones de ilegales al año las entradas hayan caído a prácticamente cero. Igualmente, su política de deportaciones es un mazazo contra la ideología imperante y de izquierdas que ve en la emigración un derecho básico de las personas. Y en ese sentido, ha sido capaz de despertar un debate en Europa que estaba hasta ahora fuertemente censurado por un buenismo que ha degenerado en una política de puertas abiertas y difuminación de las fronteras insostenible a corto plazo y suicida a largo plazo.
En el terreno cultural, Trump ha lanzado una ofensiva contra el pensamiento woke instalado en las instituciones y muy particularmente, en las universidades americanas. Ha restituido la naturaleza del deporte femenino para las mujeres y tiene en el punto de mira a todo lo que huela a DEI. La Ley es igual para todos y todos iguales ante la Ley. En un mundo donde saber en qué baño público se debía entrar o a cual de las 37 categorías de género se pertenecía, reintroducir el sentido común es un hecho verdaderamente revolucionario.
En un mundo donde saber en qué baño público se debía entrar o a cual de las 37 categorías de género se pertenecía, reintroducir el sentido común es un hecho verdaderamente revolucionario.
En el terreno económico, el presidente Trump ha echado mano de los aranceles para reequilibrar un comercio internacional que según él resultaba injusto para América. Los aranceles son anatema para los economistas liberales quienes todo lo supeditan al principio del libre comercio, pero es innegable que el libre comercio solo existe en sus cabezas. Todo el mundo, con China a la cabeza, busca sacar las máximas ventajas del sistema protegiendo sus industrias, bien a través de subsidios directos o indirectos, bien mediante ingeniería monetaria. Trump quiere una nueva Edad Dorada para la economía americana y está convencido de que su política arancelaria se lo va a permitir. Y de momento, no le está yendo mal, para ser sinceros. Ni hyperinflation como se auguraba, ni caída del consumo, ni reemplazo del dólar como moneda de cambio mundial.
En el terreno político, Trump no solo ha causado conmoción en los demócratas, sino que ha sorprendido incluso hasta los de su mismo campo, marginado a los elementos más extremos del movimiento MAGA, como se ha podido ver con el asunto Epstein. Una prueba más de su pragmatismo Y también, se dirá, de su egocentrismo: nadie la va a decir a Trump qué es ser MAGA de verdad. MAGA es su invención y no el producto de súper estrellas de la propaganda o de think-tanks en DC. El Trumpismo es lo que Trump quiere que sea, punto. En la política de las celebrities, menos es más en cuanto al número y los focos solo pueden iluminar al actor principal.
El el terreno de la seguridad y defensa, el miedo a Trump ha conseguido algo que ningún otro presidente había logrado hasta la fecha: que los aliados europeos se comprometan a gastar más en su defensa. Y aunque hay que ser escépticos dado que los europeos han venido prometiendo lo mismo desde finales de los 70s, esta vez es distinto: está Rusia por un lado y, por el otro, el temor a que Estados Unidos le abandone. Posiblemente, en la actualidad, solo Alemania, entre los grandes, esté en capacidad de aumentar significativamente su gasto militar, pero la dirección es clara: si la OTAN quiere seguir existiendo, hay que cumplir con lo pactado. Y si la apuesta es una defensa europea independiente y autónoma, no solo habría que gastar mucho más, sino que habría que recortar el estado de bienestar al que los europeos están tan apegados.
Trump es una persona que aborrece la guerra. De ahí que su primera opción siempre sea intentar un acuerdo que evite una confrontación militar. Pero como hemos visto, eso no quiere decir que no esté dispuesto a autorizar acciones bélicas sobre todo, si no implican soldados sobre el terreno y no se prolongan en el tiempo. Lo vimos con los Houthis en Yemen y lo acabamos de ver con la operación Midnight Hammer contra las instalaciones nucleares de Irán. Se acabaron las líneas rojas convertidas en rosa de la era Obama o la permanente parálisis de la administración Biden.
Como ha dicho Nial Ferguson, Trump ha restituido la credibilidad de América a los ojos del mundo. El mundo ha temido tradicionalmente una América hegemónica o un mundo sin América. Hay toneladas de tinta derrochadas sobre ambos escenarios. Ahora lo que se teme es una America First a la que se tilda de insolidaria y egoísta.
Convendría recordar a todos esos líderes políticos y de opinión que si, que es cierto que para Trump no hay amigos y enemigos permanentes Y que todo depende del momento y de la satisfacción de intereses recíprocos. Pero que eso no es un invento de Donald Trump. ¿No fue Lord Parlmenston quien dijo aquello de que “Inglaterra no tiene ni amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes”? Si fuéramos inteligentes deberíamos saber explotar los intereses comunes y minimizar aquellos que producen fricción. Quienes todavía creen que pueden sobrevivir a Trump cuatro años y que luego todo volverá a ser como antes, que se desencanten lo antes posible. El Trumpismo ha llegado para quedarse.