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La desradicalización de Gaza y otros mitos

La receta para erradicar el extremismo islamista en la Franja puede ser una peligrosa quimera.

Militantes palestinos de Hamás

Militantes palestinos de HamásAFP.

Uno de los mitos más persistentes -y perniciosos- que se esgrimen en el debate sobre cómo lograr alguna solución pacífica a la violencia inducida por el islamismo radical en Gaza es la panacea de la "desradicalización" de los elementos islamistas extremistas. El razonamiento subyacente a la receta de la desradicalización es tan simplista como engañoso.

Después de todo, prima facie, ¿qué podría ser más razonable? Si el islam radical es el problema, sin duda la solución debería ser la desradicalización. Sin embargo, este razonamiento engañosamente sólido plantea dos preguntas cruciales: ¿cómo se va a conseguir esto y quién va a hacerlo?

Cuidado con las falsas narrativas

En este sentido, es crucial tener en cuenta que, si bien es cierto que algunas ideologías extremistas han sido desarticuladas en el pasado, como en la Alemania y el Japón posteriores a la Segunda Guerra Mundial, antes de extrapolar dicho éxito al caso del islam radical es esencial ser consciente de las diferencias sustantivas en los parámetros estructurales que separan ambos casos. De hecho, cualquier sugerencia de que pueden extraerse conclusiones útiles de la Segunda Guerra Mundial para el extremismo islamista actual se basa en una analogía completamente desacertada.

Después de todo, la Alemania nazi no estaba rodeada por una franja de naciones teutonas, ni el Japón imperial por una franja de naciones niponas que pudieran socavar cualquier influencia moderadora introducida por las victoriosas potencias aliadas. Así pues, a diferencia de los desafíos planteados por el islamismo radical, no existían fuentes significativas de influencia que pudieran incitar adversidad o insurgencia.

Sin embargo, ésta es precisamente la situación que prevalece con respecto al islam radical. Así, a diferencia de los casos de Alemania y Japón, Gaza es adyacente a extensas zonas de mayoría musulmana en Egipto (Sinaí) y está muy próxima a otras, que pueden servir de base para la incitación hostil y las operaciones subversivas.

Alcance transfronterizo de la radicalización

Sin embargo, la geografía propicia -proximidad y accesibilidad- no es la única diferencia que facilita la conservación continuada de la ideología radical gazatí en comparación con las condiciones de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. La otra es la tecnología, principalmente en comunicaciones e internet, los teléfonos móviles y las redes sociales, que permiten transmitir contenidos extremistas a amplios sectores de la población, exponiéndolos a sermones subversivos de clérigos islamistas en mezquitas lejanas.

En consecuencia, es probable que haya poca correspondencia entre la ubicación física de las fuentes de radicalización, por un lado, y los objetivos de los esfuerzos de desradicalización, por otro.

"La perspectiva de la desradicalización no es más que una esperanza desesperada para evitar la dura realidad".

Así pues, aunque se pongan en marcha iniciativas significativas de desradicalización en instituciones educativas y otras instituciones públicas de Gaza, es más que probable que sean contrarrestadas, socavadas y neutralizadas por los mensajes islamistas radicales transmitidos por el éter desde los púlpitos de los imanes y mulás fanáticos de toda la región hasta los corazones y las mentes de un público receptivo, a través de ordenadores portátiles, teléfonos móviles y otros dispositivos tan fácilmente accesibles hoy en día.

De hecho, los autores de la masacre de Bondi Beach en 2025, uno residente en Australia desde hace dos décadas y el otro australiano de nacimiento, ilustran hasta qué punto llega la influencia de los agentes radicalizadores y lo inmunes que son a las fronteras nacionales y la distancia geográfica.

La desradicalización exigirá décadas

Un tercer elemento que diferencia los retos de hoy a los del pasado es el tiempo, tanto en términos de la duración del régimen extremista como del tiempo necesario para erradicar la propia ideología extremista.

Mientras que el Partido Nazi ascendió al poder en 1933 y fue demolido en 1945, Hamás ha sido el elemento dominante en el sistema político palestino al menos desde 2006, cuando ganó las elecciones parlamentarias palestinas frente a la Autoridad Palestina controlada por Mahmoud Abbas (alias Abu Mazen) de Fatah, justo un año antes de expulsar violentamente a Fatah de la Franja.

De hecho, que Abbas posponga desde entonces la celebración de nuevos comicios -por temor a otra victoria de Hamás- es una prueba elocuente de que el islamismo sigue manteniendo ese dominio. El grupo terrorista islámico ha tenido así dos décadas para inculcar su nocivo credo en la psique de la población, especialmente en la de la generación más joven, que nunca ha experimentado otro tipo de régimen. Así pues, la expulsión de las ideas radicales de los corazones, las mentes y las almas de la población no será, evidentemente, un proceso instantáneo. Ni mucho menos.

Incluso en condiciones favorables, las estimaciones bien fundadas sugieren un periodo de transformación de entre 20 y 25 años, ya que no sólo habrá que desarmar a los militantes y reestructurar el sistema educativo, sino también reconstruir las instituciones cívicas y la cultura política.

El único camino práctico

Por otra parte, en lo que respecta al tiempo, además de la cuestión de la duración, está la de quién emprenderá el proceso de desradicalización.

Después de todo, si fuera Israel, esto requeriría al menos dos décadas de presencia israelí en Gaza, lo que de hecho implicaría una ocupación continuada, con todas las incertidumbres que conlleva un marco temporal tan extenso. Por otra parte, si se considera que debe dejarse en manos de fuerzas externas, la cuestión pertinente es qué potencia extranjera puede tener la voluntad y la resistencia necesarias para un proyecto de tal envergadura, en el que puede ser considerada como un intruso extranjero, y ante la dura oposición de las fuerzas islamistas contrarias, tanto internas como externas.

Visto en este contexto, la perspectiva de la desradicalización no es más que una esperanza desesperada para evitar la dura realidad, que es la siguiente:

La única forma en que Israel puede tener garantías sobre cómo se gobierna la Franja de Gaza, y quién la gobierna, es gobernándola. Además, la única forma en que puede gobernar Gaza sin convertirse en un opresor externo de otro pueblo es sacar al otro pueblo de los confines de la propia Franja.

Ese es el único camino factible hacia una desradicalización duradera.

Martin Sherman, founder of the Israel Institute for Strategic Studies (IISS), a member of the Habithonistim-Israel Defense & Security Forum (IDSF) research team, and a participant in the Israel Victory Project.

© JNS

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