Rolex, yates y una isla reservada: los privilegios de Fidel Castro detrás del mito revolucionario
Durante décadas, el dictador cubano presentó la austeridad como una virtud revolucionaria y pidió al pueblo renunciar al bienestar individual en nombre del proyecto socialista. Sin embargo, testimonios de personas de su círculo íntimo, fotografías históricas y hasta fuentes oficiales cubanas dibujan una realidad muy distinta.

Fidel Castro, el dictador cubano (Imagen de archivo)
“Por algo no tenemos nada, y por algo seremos siempre hombres que no tendremos nada”.
Fidel Castro pronunció esas palabras el 8 de enero de 1959, apenas una semana después del triunfo de la Revolución Cubana. Aquel día aseguró también que los nuevos gobernantes no habían luchado para “vivir como un rey”, tener “un palacete” o disfrutar de “los gajes del poder”. El discurso, conservado hasta hoy por el diario oficialista Granma, prometía que el poder sería entendido como “un sacrificio” y que los revolucionarios renunciarían a los privilegios.
Las décadas posteriores dejaron una pregunta mucho más incómoda: ¿vivió Fidel Castro realmente según aquel principio?
La evidencia disponible obliga, como mínimo, a cuestionarlo.
Detrás de la imagen pública del comandante vestido de verde olivo existió un universo al que muy pocos cubanos podían acceder: propiedades exclusivas, embarcaciones, automóviles, alimentos especialmente seleccionados, puros concebidos originalmente para su consumo y vacaciones lejos de las miradas del país.
No todos los detalles pueden demostrarse con documentos patrimoniales y algunas de las revelaciones más extraordinarias proceden de antiguos miembros de su círculo de seguridad. Pero muchas coinciden con fotografías, testimonios posteriores y hasta información de organismos y empresas oficiales cubanas.
Y el contraste resulta especialmente duro mirando a la Cuba de hoy.
El revolucionario del Rolex
Una de las contradicciones más visibles estaba literalmente en su muñeca.
Numerosas fotografías históricas muestran a Fidel Castro utilizando relojes Rolex, especialmente modelos deportivos como el GMT-Master y el Submariner. Investigaciones especializadas sobre relojería han identificado incluso fotografías en las que Castro aparece llevando estos modelos durante los primeros años de la Revolución.
No era precisamente un accesorio proletario.
Rolex ya era entonces una firma suiza de prestigio internacional y sus modelos deportivos estaban asociados a pilotos, exploradores, buceadores y consumidores con elevado poder adquisitivo.
Hay imágenes aún más llamativas en las que Castro aparece llevando dos relojes simultáneamente, una costumbre que ha alimentado durante años el interés de coleccionistas e historiadores de la marca.
Por sí solo, un Rolex no demuestra una fortuna personal. Sí demuestra algo más sencillo: el hombre que convirtió la igualdad socialista en doctrina no llevaba precisamente el reloj que podía adquirir el trabajador cubano promedio.
Cohiba: el puro de Fidel antes que el puro del mundo
Algo parecido ocurrió con uno de los productos cubanos de lujo más famosos de todos los tiempos.
No hace falta recurrir a un opositor o a un exiliado para conocer esta historia.
La propia compañía Habanos SA reconoce que Cohiba fue creada en 1966 para Fidel Castro y que durante años sus cigarros estuvieron destinados exclusivamente al presidente y a regalos para dirigentes y personalidades extranjeras. Solo a partir de 1982 comenzó su comercialización internacional.
La empresa cubana describe actualmente Cohiba como su marca de mayor prestigio, fabricada con una selección de las mejores hojas de las zonas tabaqueras de Vuelta Abajo.
Antes de convertirse en uno de los símbolos internacionales del lujo cubano, Cohiba fue, literalmente, el cigarro reservado para Fidel Castro y su entorno diplomático.

El primer ministro sueco Olof Palme y Fidel Castro durante una visita de Palme a Cuba el 2 de julio de 1975
Castro dejó de fumar en la década de 1980, pero durante años el puro fue parte indisociable de su imagen.
Cayo Piedra: el paraíso que los cubanos no veían
Las revelaciones más detalladas sobre la vida privada de Castro llegaron de Juan Reinaldo Sánchez, quien formó parte durante 17 años de su equipo de seguridad.
En su libro sobre la vida privada del dirigente cubano, Sánchez describió un lugar particularmente significativo: Cayo Piedra, al sur de Cuba.
Según su relato, Castro utilizaba aquel enclave como retiro privado, acompañado de familiares e invitados seleccionados. El lugar habría contado con residencia, casa para invitados, piscina, instalaciones vinculadas a la cría de animales marinos y áreas destinadas al ocio.
The Guardian, al recoger las revelaciones del antiguo escolta, describió el enclave como una especie de “jardín del Edén” utilizado por Castro para descansar y practicar pesca submarina.
Sánchez aseguró que Castro pasaba allí numerosos fines de semana y parte de sus vacaciones, lejos de la rutina que experimentaba el resto de los cubanos.
El antiguo escolta relató además que existía una zona de exclusión marítima alrededor del lugar y que Castro podía desplazarse desde allí a La Habana en helicóptero cuando sus obligaciones lo requerían.
La importancia del episodio va mucho más allá de si una piscina tenía determinado tamaño o de cuántas instalaciones exactas disponía el cayo.
Durante décadas, la propaganda revolucionaria presentó a Fidel Castro como un hombre absorbido por el trabajo, sin vacaciones ni placeres burgueses.
Sánchez sostuvo que esa imagen era falsa.
Aquarama II: navegar la Revolución con cuatro motores
Para llegar hasta su retiro caribeño, Castro tampoco dependía de una embarcación cualquiera.
Sánchez identificó uno de sus barcos como el Aquarama II, un yate utilizado por el dirigente para navegar hacia Cayo Piedra y realizar excursiones.
De acuerdo con el relato publicado por The Guardian, el barco estaba acondicionado con maderas procedentes de Angola y equipado con cuatro motores, que habrían sido proporcionados desde la Unión Soviética.
El exguardaespaldas recordó incluso a Castro instalado en una gran silla de cuero mientras navegaba y bebiendo whisky Chivas Regal. Ese detalle pertenece al testimonio de Sánchez y, por tanto, debe entenderse como tal, no como un inventario oficial de bienes del mandatario.
Pero el Aquarama II aparece repetidamente en los relatos sobre el entorno privado del líder cubano.
Sánchez afirmó además que existían varias embarcaciones de pesca y recreo vinculadas al complejo utilizado por Castro.
Mientras a generaciones de cubanos se les enseñaba que el consumo individual debía subordinarse a las necesidades colectivas, el jefe de la Revolución podía desaparecer durante días hacia un enclave inaccesible para prácticamente cualquier ciudadano de la isla.
Propiedades, Mercedes y espacios reservados
Las afirmaciones de Sánchez van todavía más lejos.
El antiguo escolta aseguró que Castro disponía para su utilización de alrededor de una veintena de propiedades o instalaciones, incluyendo Punto Cero, su conocida residencia en La Habana; instalaciones recreativas; casas en distintas provincias; áreas destinadas a la caza; una marina y espacios relacionados con su seguridad y atención médica.
También habló de una instalación donde se almacenaban varios automóviles Mercedes-Benz.
No existe un registro patrimonial público que permita determinar qué bienes pertenecían jurídicamente a Fidel Castro, cuáles estaban a nombre del Estado y cuáles formaban simplemente parte de la infraestructura asignada al jefe de Gobierno.
Pero desde la perspectiva del ciudadano sometido al racionamiento probablemente importaba menos quién figuraba en la escritura que quién podía utilizarlos.
Ese es precisamente uno de los problemas que rodeó durante décadas cualquier intento de calcular la riqueza de Castro: en un sistema donde el Estado controlaba hoteles, empresas, casas, vehículos, embarcaciones y numerosos recursos económicos, establecer dónde terminaba el patrimonio público y dónde empezaba la disponibilidad personal del gobernante era extraordinariamente complicado.

Fidel Castro recibía a la estrella argentina Diego Armando Maradona en Cuba (Archivo)
¿Fue Fidel Castro realmente multimillonario?
En 2006, Forbes estimó la fortuna asociada a Fidel Castro en unos 900 millones de dólares, después de haber calculado aproximadamente 550 millones el año anterior. La revista lo incluyó entre los gobernantes más ricos del planeta.
Castro reaccionó furiosamente.
Durante una extensa aparición televisiva negó poseer cuentas bancarias en el extranjero y desafió a Forbes a demostrar que tenía siquiera un dólar depositado fuera del país. Llegó a afirmar que renunciaría si la revista podía probarlo.
Pero el debate sobre su cuenta bancaria puede distraer de una realidad mucho más fácil de documentar. Castro no necesitaba aparecer como propietario de un yate, una residencia, un Mercedes o una isla para disfrutar de ellos. El sistema estaba a su disposición.
Fidel pedía sacrificios
El contraste con su discurso público difícilmente podría ser mayor.
Desde los primeros meses de 1959, Castro presentó el sacrificio individual como uno de los pilares morales de la Revolución.
En marzo de aquel año decía que los cubanos recogerían en el futuro “los mejores frutos de los sacrificios y del trabajo” que estaban realizando. Días después habló expresamente del “sacrificio” que el Gobierno pedía a los trabajadores para ahorrar recursos y conseguir divisas.
En septiembre de 1960 volvió a elogiar a un pueblo capaz de sacrificar “todos los intereses individuales” por un ideal revolucionario.
La palabra sacrificio se convertiría en una constante del lenguaje político cubano. Sacrificio frente al embargo. Sacrificio frente a las dificultades económicas. Sacrificio durante las crisis energéticas. Sacrificio para proteger la Revolución. Sacrificio durante el llamado Período Especial.
Pero la austeridad no se distribuía por igual.
Del paraíso de Fidel a la Cuba de las carencias
Casi siete décadas después del triunfo revolucionario y una década después de la muerte de Fidel Castro, Cuba atraviesa una de las crisis económicas y sociales más profundas de su historia reciente.
El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas señala que el PIB cubano se contrajo alrededor de un 15% durante los últimos seis años (2020-2026) y advierte de inflación persistente, escasez de combustible, dificultades para importar alimentos y retrasos incluso en la distribución de la canasta básica estatal.
En su nuevo plan para Cuba correspondiente al período 2026-2030, el organismo advierte además que la pérdida de poder adquisitivo está deteriorando el acceso a los alimentos y que la dieta del hogar cubano promedio resulta con frecuencia insuficiente en energía, diversidad y calidad nutricional.
Las cifras de pobreza son más difíciles de establecer porque Cuba no publica regularmente un indicador nacional de pobreza comparable con los de muchos otros países.
Una medición independiente del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, realizada entre junio y julio de 2025 mediante 1.344 entrevistas en 70 municipios, estimó que el 89% de los encuestados vivía bajo su definición de pobreza extrema.
Pero incluso al margen de esa cifra, la profundidad de la crisis resulta difícil de ocultar. Millones de personas afrontan apagones, escasez de agua, dificultades para comprar alimentos y deterioro de los servicios públicos.
El verdadero lujo no era tener $900 millones
Quizás la pregunta sobre si Fidel Castro tenía 900 millones de dólares sea, al final, la menos importante.
En un país capitalista, riqueza significa disponer de dinero suficiente para comprar una mansión, un yate, automóviles de lujo, alimentos exclusivos o vacaciones privadas.
En el sistema construido por Fidel Castro existía otra modalidad de riqueza: no necesitar comprarlos.
Mientras tanto, al ciudadano se le explicaba que renunciar al consumo era una virtud moral y que el sacrificio individual era indispensable para garantizar la supervivencia de la Revolución. Ese quizá sea el legado más revelador de los lujos de Fidel Castro. No que se haya demostrado la existencia de una gigantesca cuenta bancaria secreta.
Sino que el hombre que aseguró en 1959 que nunca viviría “como un rey” construyó desde el primer día un sistema en el que no necesitaba legalmente ser dueño de un reino para disponer de él.