ANÁLISIS
Hambre y represión: protestas en los barrios habaneros
Hacia el interior de comunidades cubanas que acumulaban más de 72 horas sin electricidad y cerca de una semana sin agua, la discusión no giraba alrededor de quién vivía mejor. La urgencia era otra, conservar los alimentos, cocinar, bañarse, alimentar a los niños y soportar noches enteras sin corriente, con mosquitos, bajo las temperaturas sofocantes del verano cubano.

Residentes de un barrio cubano padecen la ausencia de agua potable en sus casas (Archivo)
En el municipio capitalino de Guanabacoa, en Cuba, la carencia de electricidad, agua y alimentos evolucionó en una suerte de metamorfosis, de un simple fenómeno abstracto en la geografía urbana, a nombres y coordenadas precisas. Ahí entran en juego barrios del interior como la Hata, El Naranjo y El Roble, asentamientos de marcada marginalidad en el contexto habanero, que no figuran en los folletos turísticos y que se convirtieron hace poco en uno de los termómetros más calientes de una crisis que el discurso gubernamental se empeña en relativizar.
Protestas nocturnas acompañadas de represión selectiva e intimidación fríamente calculada han hecho que la resiliencia popular choque frontalmente con la ineficiencia de los servicios, el abandono estatal y la represión institucional. Sin la necesidad de ser un erudito en ciencias sociales, se podía llegar a la conclusión de que, la anatomía de la desigualdad guanabacoense se lee en el propio paisaje urbano. En estas mismas manzanas, familias reubicadas desde albergues precarios y casas de latón conviven a la sombra de edificios militares mejor dotados.
El contraste es más brutal de lo que a simple vista se deja ver, el cemento agrietado de las aceras populares, lleno de hoyancos y escombros, se enfrenta a los azulejos relucientes y los jardines bien podados de las casas de los uniformados. Sin embargo, incluso esa desigualdad resulta insuficiente para explicar el origen del descontento.

Imagen de una protesta en Cuba (Cortesía de Food Monitor Program)
Hacia el interior de comunidades que acumulaban más de 72 horas sin electricidad y cerca de una semana sin agua, la discusión no giraba alrededor de quién vivía mejor. La urgencia era otra, conservar los alimentos, cocinar, bañarse, alimentar a los niños y soportar noches enteras sin corriente, con mosquitos, bajo las temperaturas sofocantes del verano cubano. Después de semanas de denuncias, llamadas y promesas incumplidas, la protesta apareció como el último recurso disponible para quienes habían agotado todo los demás.
Uno de los testigos recuerda el momento en que la tensión comenzaba a extenderse:
Justo frente a nosotros una moto paró al lado de una patrulla y le dijo al chofer que había 'gente tirada' para la calle en el Parque de los Judíos. Enseguida dieron la vuelta y se fueron. El policía, un mulato, ni siquiera bajó el cristal del todo; hizo un gesto con la mano y aceleró. Detrás de nosotros un viejo gritó: "¡Chivatón! ¡Eso es lo que eres, comemierda!". La patrulla frenó en seco. Pensé que nos iban a recoger. Pero no bajaron. Sabían que no podían llevarse a medio barrio.
Unos días antes, la tensión acumulada daba pie a otro de los ya tan comunes cacerolazos en el barrio de La Hata. Estos ya no solo llevan a los vecinos a tocar sus ollas en señal de protesta desde sus casas, sino que han detenido en puntos de reunión de varias familias e incluso en los casos mayores, de varias cuadras.
El descontento es patente, caminando sientes los comentarios de disgusto, aireados, pareciera que en cualquier momento podría volver a estallar una pelea con cualquier pequeña chispa. Escuchamos quejas por la situación, pero también críticas e insultos hacia las autoridades y las fuerzas del orden.
Las esquinas son también testigos del malestar, principalmente en los cruces de dos cuadras, popularmente conocidos como 'cuatro esquinas' encontramos barricadas improvisadas con la basura que las autoridades ya no recogen y que los vecinos convierten en las noches en fogatas dónde reunirse a pasar el apagón 'hablando mal del gobierno y esperando a que vengan los americanos', como relata una jovencita del barrio.
Y en algunas casas, también se aprecian pintadas contra el gobierno que en otra época fueran retiradas de inmediato pero hoy, permanecen hasta que se logra reunir una buena cantidad de personas como soporte o las pintadas aparecen frente a las calles más transitadas.

Casas pintadas contra el régimen de Cuba (Imagen cortesía de Food Monitor Program)
Según los residentes, la estrategia policial consistió en contener la protesta desde los accesos del barrio y esperar a que la madrugada dispersara a los manifestantes. Luego comenzó otra etapa, que sería más silenciosa y proporcionalmente tan despiadada como en los peores regímenes totalitaristas.
Un vecino, que pidió mantener su identidad en reserva por temor a represalias, describió así lo ocurrido:
“Los policías se quedaron en las afueras de La Central de la Hata porque la gente estaba encendida. Estaba todo oscuro, no se veía a nadie. Pero al otro día fueron casa por casa. Yo escuché que fueron como veinte viviendas donde entraron buscando gente. Eso es porque había chivatones entre nosotros”
Las listas, las búsquedas y el miedo
Entonces comenzaron las listas, las búsquedas y el miedo. Los registros domiciliarios, las identificaciones posteriores y las visitas policiales denotaron una vez más como la vigilancia comunitaria continúa siendo uno de los principales instrumentos de control social.
La oscuridad que protegió a quienes salieron a protestar dejó de servir al amanecer por culpa del aparato represivo y de vecinos que como ellos sufren los apagones y sus problemas pero eligen ponerse del lado del represor por razones varias: favores políticos, algún cargo en el trabajo, remuneraciones en especie o quizás, el placer perverso y humano del que tanto se acusa a parte del pueblo cubano que prefiere 'sacarse un ojo para verte ciego'.
Así funcionó la represión selectiva en esta zona de la Habana donde, a opinión de varios residentes, brigadas de respuesta rápida fueron infiltradas vestidas de civil para grabar con celulares quienes participaban y quienes no en las protestas. Una disuasión perversa que busca apaciguar a los cubanos, pero el hambre, la sed y los apagones tienen una característica incómoda para cualquier aparato de control estatal, siempre regresan.
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Lo ocurrido en estos barrios habaneros trasciende la protesta de una simple noche. Exponen el desgaste de un modelo que durante años fundamentó su legitimidad en la promesa de proteger a los sectores más vulnerables y que, contrario a eso responde con vigilancia donde antes prometía bienestar. A día de hoy, por descabellado que parezca, reclamar agua o electricidad en Cuba encuentra primero patrullas que soluciones y el mensaje que reciben los cubanos resulta difícil de ignorar. Son presos de un Estado que se enfoca únicamente en administrar el descontento popular y NO, en resolver las causas que lo producen.
Un testigo narra que a raíz de los cacerolazos y enfrentamientos, en las calles de Guanabacoa, se ha vuelto común ver caravanas conformadas por patrullas, motos, vehículos cargados de matones listos para reprimir cualquier intento de manifestación. Y ese, es un problema que poco tiene que ver con bloqueo, con políticas externas o decisiones económicas. A la larga ningún sistema puede sostener indefinidamente la idea de igualdad mientras la realidad cotidiana demuestra, calle por calle, quién merece protección, quién debe esperar y quién termina siendo vigilado por exigir lo imprescindible.