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Por qué el "nearshoring" necesita mejores instituciones, y no más subvenciones: el caso de Próspera

Próspera constituye un ejemplo práctico de cómo la competencia institucional puede crear empleo, reducir la migración y reforzar la posición estratégica de Estados Unidos en el hemisferio occidental.

Tegucigalpa, capital de Honduras.

Tegucigalpa, capital de Honduras.Johny MAGALLANES / AFP.

Publicado por
Emmanuel Rincón

El año pasado visité Honduras por primera vez. Volví a casa con una pregunta sencilla: ¿Por qué Honduras no es más rica?

El país se encuentra a solo un corto vuelo de Miami. Goza de acceso preferencial al mercado estadounidense, una población activa joven y una ubicación estratégica que debería convertirlo en uno de los mayores beneficiarios del hemisferio a medida que las cadenas de suministro globales se acercan a Norteamérica. Sin embargo, más de la mitad de los hondureños siguen viviendo por debajo del umbral nacional de pobreza, lo que convierte a Honduras en uno de los países más pobres del hemisferio occidental.

El contraste es difícil de ignorar. A Honduras no le falta geografía. No le falta población. No le falta proximidad a las oportunidades.

Lo que le falta son las instituciones capaces de convertir esas ventajas en prosperidad.

Hace más de ochenta años, Friedrich Hayek explicó por qué. La prosperidad no puede diseñarse desde arriba porque el conocimiento necesario para asignar el capital de manera eficiente se encuentra disperso entre millones de individuos. Los mercados tienen éxito no porque los gobiernos los dirijan, sino porque los emprendedores son libres de descubrir oportunidades dentro de un marco de derechos de propiedad seguros, normas predecibles e intercambio voluntario.

Esa idea ha cobrado cada vez más relevancia a medida que las empresas se replantean las cadenas de suministro globales.

El "nearshoring" suele abordarse como una cuestión geográfica. No lo es. Es una cuestión de confianza institucional.

Los responsables políticos suelen dar por sentado que el capital sigue los incentivos. Los inversores saben que sigue la certeza. Pueden tolerar salarios más altos, rutas de transporte más largas o diferencias fiscales modestas. Lo que les cuesta tolerar es la incertidumbre. Quieren saber que se cumplirán los contratos, que la normativa se mantendrá estable y que la inversión de hoy no se convertirá en el blanco político de mañana.

Esto ayuda a explicar el caso de Honduras.

Sobre el papel, el país debería ser uno de los grandes casos de éxito del nearshoring en América Latina. En cambio, gran parte de la inversión que podría transformar su economía sigue fluyendo hacia otros lugares.

Una posible respuesta es la experimentación institucional.

Próspera, una jurisdicción económica especial en la isla de Roatán, es quizás el ejemplo más ambicioso de ese enfoque en América Latina. En lugar de intentar atraer la inversión principalmente a través de subvenciones, busca competir mediante la propia gobernanza. Las empresas pueden operar voluntariamente bajo un marco jurídico diseñado en torno a una regulación estable, derechos de propiedad sólidos, seguridad contractual y un arbitraje reconocido internacionalmente.

La premisa es sencilla: si la incertidumbre institucional desalienta la inversión, unas instituciones más sólidas deberían atraerla.

Queda por ver si Próspera cumple finalmente esa promesa. Ningún modelo institucional debe juzgarse únicamente en base a la teoría. Pero la idea general merece una consideración seria. Los mercados evolucionan a través de la experimentación. Los emprendedores descubren mejores formas de organizar la producción a través de la competencia. No hay ninguna razón obvia por la que se deba negar a la gobernanza el mismo proceso evolutivo.

Si las jurisdicciones pueden competir ofreciendo mejores instituciones, también pueden competir por el capital, el talento y el espíritu emprendedor.

Las implicaciones van mucho más allá de Honduras.

Durante décadas, una de las mayores exportaciones de Honduras ha sido su población. La migración es, fundamentalmente, una decisión económica. La gente se marcha porque las oportunidades ya se han trasladado a otros lugares.

Crear más oportunidades en el país es, por lo tanto, una de las políticas migratorias a largo plazo más eficaces que se puedan imaginar.

Ahí es donde convergen los intereses de Honduras y de Estados Unidos.

Cada empresa estadounidense que decide fabricar, desarrollar software, construir infraestructuras logísticas o establecer operaciones regionales en Honduras genera valor a ambos lados de la frontera. Los trabajadores hondureños consiguen mejores empleos. Las empresas estadounidenses construyen cadenas de suministro más resilientes. Los inversores estadounidenses —muchos de los cuales ya respaldan proyectos como Próspera— obtienen beneficios al tiempo que contribuyen a crear una economía regional más próspera y estable.

Las implicaciones van más allá de Honduras. Si tienen éxito, los modelos institucionales basados en la seguridad jurídica y la libertad económica podrían servir de modelo para otros países de América Latina que busquen atraer inversiones sin depender de subvenciones permanentes ni de una política industrial impulsada por el Estado. La región no adolece de falta de talento ni de ventajas geográficas. Con demasiada frecuencia, adolece de falta de confianza en las instituciones.

A medida que China sigue ampliando su influencia económica por toda América Latina, esto se convierte en algo más que una cuestión de desarrollo. Se convierte en una cuestión estratégica. La mayor ventaja competitiva de Estados Unidos nunca ha sido su capacidad para superar en gasto a sus rivales mediante la política industrial. Ha sido su capacidad para defender instituciones en las que florezcan el espíritu emprendedor, el capital privado y la innovación.

Si Estados Unidos quiere que el "nearshoring" sea algo más que un eslogan, debería dedicar menos tiempo a mirar mapas y más a reflexionar sobre las instituciones.

La geografía determina dónde se encuentran los países.

Las instituciones determinan si el capital decide quedarse.

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