ANÁLISIS
Los hispanos en la Segunda Guerra Mundial: el esfuerzo olvidado que cambió Estados Unidos
Mientras cientos de miles de latinos luchaban en Europa y el Pacífico, la economía estadounidense afrontaba una escasez crítica de mano de obra. En agosto de 1942, Washington y México firmaron el Acuerdo de Trabajo Agrícola Mexicano, origen del Programa Bracero.

El monumento de Iwo Jima en Arlington, Virginia.
Más de 300.000 hispanos, en su mayoría mexicano-estadounidenses y puertorriqueños, sirvieron en las fuerzas armadas de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial (IIGM), una aportación masiva que transformó comunidades enteras y alimentó las primeras batallas organizadas por los derechos civiles de la población hispana en el país.
No hay un censo étnico de alistados: en las fichas militares la mayoría figuraba como “blancos”. Las estimaciones van de unos 340.000 a 500.000 hispanos reclutados o voluntarios entre 1941 y 1945. El tramo bajo sale de recuentos posteriores de veteranos; el alto lo usan museos y resoluciones del Congreso.
Según el Voces Oral History Center de la Universidad de Texas en Austin, que recoge testimonios de latinos y latinas en la Segunda Guerra Mundial, para muchos la experiencia vino acompañada de una sensación inédita de pertenencia.
El soldado raso Armando Flores, de Corpus Christi, Texas, por ejemplo, recordaba con cariño que lo reprendieron por meterse las manos en los bolsillos un día frío durante la instrucción básica. "Los soldados estadounidenses se cuadran", le dijo un teniente. "Nunca llevan las manos en los bolsillos". Años después, Flores seguía asombrado por lo que aquel momento significó para él: "¡Nadie me había llamado estadounidense antes!".
Una movilización sin precedentes de la comunidad hispana
La entrada de Estados Unidos en la guerra, tras el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, desencadenó una movilización sin precedentes. De los aproximadamente 16 millones de estadounidenses que sirvieron, las estimaciones sitúan a los hispanos entre 340.000 y 500.000. De ellos, más de 53.000 eran puertorriqueños y el grueso restante, del orden de 300.000 a algo más de 400.000, eran mexicano-estadounidenses.
Muchas veces el sacrificio solía ser de toda la familia. Un caso que circula en la historiografía hispana de la guerra es el de los Sánchez, llegados de Bernalillo, Nuevo México, al sur de California: de diez hermanos, tres hermanas fueron “Rosita the Riveter” en las fábricas y cinco hermanos sirvieron. Dos fueron soldados, uno médico militar, otro Seabee del batallón de construcción de la Armada y el mayor, de 50 años, vigilante de defensa civil. A uno lo mataron en Filipinas; de otro no sabían si había sobrevivido a las Ardenas.
A diferencia de los negros, los hispanos no fueron segregados en unidades específicas, salvo excepciones como el 65.º Regimiento de Infantería de Puerto Rico. Esa unidad, más tarde conocida como los “Boriqueneers”, apodo que se popularizó sobre todo en la Guerra de Corea, ya existía y sirvió en la Segunda Guerra Mundial.
Las estadísticas disponibles, aunque imperfectas, dibujan un panorama de contribución desproporcionada. Si los hispanos representaban aproximadamente entre el 2% y el 3% de la población estadounidense en los años 40, su presencia en las filas llegó a superar el 3% del total de efectivos. Las estimaciones de muertos hispanos en el conflicto oscilan entre 9.000 y cifras más altas, aunque la falta de registros étnicos precisos impide un recuento definitivo.
Héroes hispanos condecorados: 17 Medallas de Honor
El valor de los soldados hispanos quedó reflejado en el número de condecoraciones obtenidas. 17 hispanos recibieron la Medalla de Honor, la máxima distinción militar de Estados Unidos, por actos de heroísmo extremo en combate.
- Joe P. Martínez. Soldado raso. Attu, Alaska, 1943. Relanzó el asalto al paso nevado con BAR y granadas; murió tomando la posición. Primer hispano con Medalla de Honor en la SGM.
- Marcario García. Sargento. Grosshau, Alemania, 1944. Herido, rechazó evacuar y destruyó él solo dos nidos de ametralladora; mató a seis y capturó a cuatro.
- José M. López. Sargento. Krinkelt, Bélgica, 1944 (Ardenas). Con una ametralladora rechazó un ataque alemán; la citación le atribuye al menos 100 enemigos muertos.
- José F. Valdez. Soldado de primera. Rosenkrantz, Francia, 1945. Cubrió la retirada de su patrulla bajo el ataque de una compañía; murió a causa de las heridas recibidas.
- Manuel Pérez Jr. Paracaidista. Luzón, Filipinas, 1945. Neutralizó un búnker que detenía a su compañía y mató a 18 japoneses. Murió después por un francotirador.
- Silvestre S. Herrera. Soldado de primera. Mertzwiller, Francia, 1945. Asaltó un nido y capturó a ocho alemanes; siguió combatiendo tras perder ambos pies en un campo minado.
- Ysmael R. Villegas. Sargento. Villa Verde, Luzón, 1945. Limpió pozos de tirador uno a uno; cayó al asaltar el último.
- Rudolph B. Dávila. Sargento. Artena, Italia, 1944. Silenció tres ametralladoras alemanas. La medalla se le reconoció en 2000.
- Pedro Cano. Soldado raso. Schevenhütte, Alemania, 1944. En dos días eliminó varios nidos que frenaban a su unidad. Medalla elevada en 2014.
- Joe Gándara. Paracaidista. Amfreville, Francia, 1944 (Normandía). Destruyó tres ametralladoras y cayó herido de muerte. Medalla en 2014.
- Salvador J. Lara. Soldado de primera. Aprilia, Italia, 1944. Dirigió el asalto a varios puntos fuertes durante dos días. Medalla en 2014.
- Manuel Mendoza. Sargento. Monte Battaglia, Italia, 1944. Herido, rechazó un contraataque alemán. Sobrevivió, sirvió en Corea y murió en 2001; la medalla se le otorgó en 2014.
- Lucian Adams. Sargento de plana, 30.º de Infantería, 3.ª División. Saint-Dié, Francia, 1944. Avanzó prácticamente solo bajo fuego intenso, destruyó varios nidos de ametralladora y capturó a varios enemigos; su acción rompió la resistencia alemana en ese sector y permitió el avance de su compañía. Medalla concedida en 1945.
- David M. Gonzales. Soldado de primera, 127.º de Infantería, 32.ª División. Villa Verde, Luzón, 25 de abril de 1945. Un obús enterró a varios compañeros; bajo fuego los desenterró y murió al intentar sacar a otro. Medalla póstuma.
- Alejandro R. Rentería Ruiz. Soldado de primera, 165.º de Infantería, 27.ª División. Okinawa, 28 de abril de 1945. Su compañía quedó clavada ante un pillbox; se acercó, le falló el fusil, lo reparó bajo fuego, entró y mató a los 12 ocupantes. Sobrevivió.
- Cleto L. Rodríguez. Soldado raso, 148.º de Infantería, 37.ª División. Estación de Paco, Manila, 9 de febrero de 1945. Con John N. Reese Jr. asaltó la defensa japonesa de la estación; entre ambos se les atribuyen más de 80 enemigos muertos. Rodríguez sobrevivió; Reese cayó. Medalla en 1945.
- Harold Gonsalves. Soldado de primera, Cuerpo de Marines, 15.º de Marines, 6.ª División. Okinawa, 15 de abril de 1945. En un avance de artillería, se lanzó sobre una granada japonesa para salvar a su sección. Medalla póstuma.
Muchas de estas condecoraciones llegaron décadas después del conflicto, fruto de una revisión ordenada por el Congreso que identificó casos de heroísmo ignorado. El reconocimiento tardío no borra el hecho de que los hispanos obtuvieron la mayor proporción de Medallas de Honor por habitante entre todas las minorías del país durante la guerra.
Sociedad
Herencia hispana: pese a los desafíos, el poder de la comunidad sigue creciendo
Israel Duro
Las mujeres hispanas y la IISGM
Muchas mujeres hispanas se incorporaron al esfuerzo bélico aunque en sus comunidades no era habitual que una hija o esposa saliera sola de casa y recorriera el país. Su español e inglés las volvió especialmente útiles: cifraban mensajes, operaban comunicaciones e interpretaban.
Otras atendieron heridos como enfermeras del Cuerpo de Enfermeras del Ejército, un cuerpo distinto de las unidades auxiliares, o como voluntarias de la Cruz Roja. También se alistaron en los cuerpos femeninos creados en la guerra: las Women’s Army Auxiliary Corps (WAAC) del Ejército, convertidas en 1943 en Women’s Army Corps (WAC); las WAVES de la Armada; y la Reserva Femenina de los Marines.
Según Voces, con 19 años María Sally Salazar, de Laredo, Texas, usó el acta de nacimiento de su hermana para alcanzar la edad mínima de 21 e ingresar en el Women’s Army Corps. Destinada a Nueva Guinea y después a Filipinas, pasó año y medio en la jungla, en la oficina del cirujano general y, cuando hacía falta, atendiendo heridos.
El frente interior: el Programa Bracero y la economía de guerra
Mientras cientos de miles de hispanos luchaban en Europa y el Pacífico, la economía estadounidense afrontaba una escasez crítica de mano de obra. En agosto de 1942 Washington y México firmaron el Acuerdo de Trabajo Agrícola Mexicano, origen del Programa Bracero. Entre 1942 y 1945 entraron de forma legal unos 170.000 a 220.000 trabajadores agrícolas mexicanos; en los ferrocarriles se contrataron decenas de miles más, en torno a 80.000 en los años de guerra.
Los braceros sostuvieron cosechas y vías del llamado “Arsenal de la Democracia”. Su experiencia, sin embargo, estuvo marcada por vivienda precaria, discriminación, salarios bajos y, en la frontera, fumigaciones con DDT. En el campo se usó con frecuencia “el cortito”, una azada de mango corto que obligaba a trabajar encorvado y dejó lesiones de columna en muchos jornaleros, un daño que se arrastró a lo largo de todo el programa, vigente hasta 1964.
Discriminación y primeras batallas por los derechos civiles
A pesar de su servicio, los veteranos hispanos regresaron a un país que muchas veces les negaba igualdad de trato. Muchos se enfrentaron a la segregación en escuelas, restaurantes y cines, especialmente en el suroeste. En Texas, por ejemplo, los hispanos eran clasificados oficialmente como “blancos” pero sufrían discriminación de facto en todos los ámbitos de la vida pública.
Esta contradicción entre el sacrificio en el frente y la marginación en casa alimentó un incipiente movimiento por los derechos civiles. Organizaciones como la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC) y el Foro Americano GI multiplicaron su activismo en la posguerra, denunciando la violencia policial, la segregación escolar y la exclusión política. Casos emblemáticos, como el del soldado Félix Longoria, cuyo funeral fue rechazado por una funeraria de Texas en 1949, pusieron en evidencia los problemas de un sistema que pedía lealtad en la guerra pero negaba dignidad en la paz.
Un legado que redefine la identidad hispana en Estados Unidos
Para muchas familias, la guerra también significó la primera generación de veteranos con acceso a beneficios como la Ley GI de 1944, que ofrecía educación, préstamos hipotecarios y apoyo para la reinserción laboral. Aunque el acceso a estos beneficios no fue equitativo y muchos veteranos hispanos enfrentaron barreras administrativas y raciales, la experiencia sentó las bases para la expansión de la clase media hispana en las décadas siguientes.