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Los demócratas judíos deben combatir a los Socialistas Demócraticos, no tolerarlos

La facción de la izquierda dura se está organizando y ganando elecciones, aunque muchos en el partido no coincidan con ella ni compartan su antisemitismo. Si no se la detiene ahora, se hará con el control en 2028.

Manifestación de la Democratic Socialist of America (DSA). Imagen de archivo

Manifestación de la Democratic Socialist of America (DSA). Imagen de archivoAFP.

Desde hace 20 años oigo la misma historia de los demócratas judíos. Insisten una y otra vez en que la mayoría de quienes se identifican con su partido no son extremistas y que no odian a Israel ni a los judíos. Y les molesta profundamente que los republicanos judíos o los conservadores afirmen lo contrario.

En la época en que George W. Bush era presidente, esas quejas podían parecer razonables, aunque se basaran firmemente en una negación de los hechos —a saber, que la brecha entre los partidos respecto a Israel se estaba convirtiendo en un abismo que condenaba al fracaso los esfuerzos por mantener un consenso bipartidista. Resultaron aún menos convincentes cuando Barack Obama llegó a la presidencia y el apaciguamiento de Irán y la presión sobre Israel para que hiciera concesiones suicidas a los palestinos se convirtieron en doctrina del Partido Demócrata.

Un giro hacia la izquierda

Pero la pretensión de que no hay un abismo cada vez más amplio entre los dos grandes partidos no solo respecto a Israel, sino también respecto al auge del antisemitismo que siguió a los atentados terroristas árabes palestinos liderados por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, ya ni siquiera es remotamente creíble. El viraje de los demócratas hacia la izquierda en los últimos años quedó de manifiesto con el auge de los Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés), y lo que antes era una posibilidad probable se convirtió en un hecho.

Todavía existen demócratas proisraelíes, y algunos ocupan altos cargos en Washington y en muchos estados. Sin embargo, las encuestas de opinión de los votantes, las votaciones en el Congreso y el resultado de la mayoría de las primarias celebradas en el último año dejan claro que se han convertido en una minoría dentro de su partido.

La hostilidad hacia el Estado judío se ha convertido en el principio organizador de la política estadounidense en la izquierda. Lo que lo hace aún más preocupante es que la facción que impulsa esta agenda no pretende solo destruir a Israel.

Los DSA quieren rehacer Estados Unidos a imagen de sus fantasías ideológicas marxistas e interseccionales, y arrojar la Constitución de EEUU y la libertad económica al basurero de la historia, junto con Israel y los judíos. Además, creen estar a punto de hacerse con el control del Partido Demócrata y, aunque en política nada es seguro, podrían tener razón.

Lo que antes no pasaba de ser un argumento poco convincente en defensa de las lealtades partidistas de los liberales judíos se está convirtiendo con rapidez, más que en otra cosa, en la negación de una realidad política descarnada. Las victorias obtenidas en primarias del partido, e incluso en algunas elecciones generales, por candidatos afiliados o aliados a los DSA están creando hechos políticos que podrían determinar el resultado de las elecciones y producir giros radicales de política. En el próximo Congreso, los llamados progresistas aliados de la extrema izquierda dominarán los caucus demócratas en la Cámara de Representantes y en el Senado, ganen o no mayorías en las elecciones de medio mandato de otoño.

Y con el inicio de las preliminares del ciclo presidencial de 2028 a punto de comenzar a principios del año que viene, la idea de que alguien que suceda al senador Bernie Sanders (I-Vt.) como abanderado de la izquierda en las primarias gane la nominación del partido no es, en modo alguno, una apuesta remota. Quienes piensan que una figura como la representante Alexandria Ocasio-Cortez (D-N.Y.) no puede ser nominada por un Partido Demócrata que parece cautivo de la izquierda interseccional y de sus amigos  DSA no están prestando atención a los cambios ocurridos desde que ella y su “Squad” progresista llegaron al Congreso en enero de 2019.

¿Qué van a hacer al respecto?

La pregunta es: ¿qué van a hacer al respecto los demócratas proisraelíes, que con despreocupación nos aseguraban que todo esto era un invento de la imaginación conservadora?

Sé que muchos demócratas judíos de a pie y otros liberales mainstream están alarmados por el auge de figuras como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y el candidato al Senado por Míchigan, el Dr. Abdul El-Sayed —y por el modo en que los candidatos respaldados por los DSA ganan primarias—, pero sus dirigentes no actúan como si hubiera un problema. Destacados demócratas judíos como el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, y muchos otros jefes del partido no solo han hecho las paces con Mamdani, sino que apoyan a candidatos como El-Sayed y a otros radicales en las elecciones generales.

Para ellos, su animadversión hacia el presidente Donald Trump y el Partido Republicano es la única prioridad, y nada —ni siquiera el antisionismo de estilo soviético de los DSA, que es un pretexto transparentísimo para el odio tradicional a los judíos— es más importante.

Esos demócratas moderados y proisraelíes que siguen restándole importancia al éxito de los DSA quizá no se equivocan sobre el desfase entre la ideología radical del grupo y el modo en que piensa la mayoría de los votantes. Pero su cada vez más frágil confianza en que los planes de la izquierda dura de un putsch a escala nacional son un fenómeno pasajero ya no es mera complacencia. Es un peligroso caso de pensamiento ilusorio que induce a demócratas por lo demás decentes a caer en una parálisis moral a la hora de combatir a los sembradodores de odio que se están apoderando de su partido. Si no despiertan pronto, en el próximo ciclo electoral se enfrentarán a una situación en la que aquellos judíos que no estén dispuestos a renegar de un elemento central de su fe y de su pueblo se verán ligados a un partido dedicado al aislamiento y al asesinato de la mitad de la población judía del mundo.

Todo lo cual significa que no bastará con rechazar las críticas de los conservadores insistiendo en que la mayoría de los demócratas son gente razonable y no antisemita, junto con réplicas justificadas sobre el odio a los judíos en la derecha, para salvar al Partido Demócrata, y mucho menos a sus adherentes judíos. Tampoco bastará con seguir culpando de su dilema a Trump —una afirmación falsa a la que se aferran desde hace una década— para hacer frente al cambio cultural en la izquierda que ha tolerado y normalizado el odio a los judíos de un modo que simplemente no tiene precedente en la historia política estadounidense.

El 7 de Octubre fue el punto de inflexión

La reacción de la izquierda política al 7 de Octubre, cuando abrazó el bando de miles de asesinos sedientos de sangre que cometieron la peor matanza masiva de judíos desde el Holocausto, no fue solo atroz. Ha resultado ser el motor ideológico que permitió un esfuerzo de los DSA y sus aliados por secuestrar el Partido Demócrata.

Esto obliga a los liberales, que siguen constituyendo la mayoría de los judíos estadounidenses, a enfrentarse a lo que solo puede describirse como una crisis existencial. Y su respuesta ante ello no puede ser a medias ni estar motivada principalmente por viejas lealtades políticas y un antagonismo profundamente arraigado hacia Trump y el Partido Republicano.

Si no se detiene en seco a los DSA y se los devuelve a los pantanos febriles de la extrema izquierda, donde pertenecen, el problema no será solo que los demócratas judíos se queden sin hogar político. Las consecuencias de permitir que una facción que es intrínsecamente antisemita, además de opuesta a los principios básicos de la libertad estadounidense que garantizan la seguridad de sus ciudadanos, irán mucho más allá de las sombrías perspectivas para algunos políticos judíos o de los problemas que esto causará para la alianza entre Estados Unidos e Israel.

Ya hemos visto qué ocurre cuando el antisemitismo se normaliza en la academia, la cultura, Hollywood, las artes y los medios. Aunque los DSA digan que odian a Israel, pero no a los judíos mismos, eso se parece a un viejo tropo de la propaganda de la era soviética. El antisionismo es simplemente el modo en que la izquierda moderna expresa su antisemitismo. Las calumnias de sangre según las cuales Israel y sus partidarios judíos son culpables del “genocidio” de los árabes palestinos en la Franja de Gaza son una forma de deslegitimar y demonizar a las víctimas de un “genocidio” histórico real en la Europa de mediados del siglo XX a manos de los nazis alemanes. También presta un apoyo tácito a las esperanzas de los palestinos de masacrar a más judíos, para lo cual las atrocidades indecibles del 7 de Octubre no fueron más que un avance de lo que pretenden hacer con el resto de Israel.

Doctrinas tóxicas

Este es el resultado inevitable de la aceptación de ideas tóxicas de la izquierda como la teoría crítica de la raza, la interseccionalidad y el colonialismo de colonos, que hoy dominan la sociedad intelectual liberal, base del Partido Demócrata. Que esas doctrinas etiqueten falsamente a Israel y a los judíos como opresores “blancos” fue ignorado o descartado por muchos liberales judíos ansiosos por seguir en sintonía con sus aliados tradicionales de la izquierda. Argumentaban que las preocupaciones por el catecismo woke de diversidad, equidad e inclusión (DEI) no eran más que puntos de la guerra cultural de la derecha.

Sin embargo, no solo han sido abandonados por estos antiguos amigos desde el 7 de Octubre, sino que ahora se ven obligados a ceder a las exigencias de doblegarse ante la ortodoxia woke y el odio hacia Israel, so pena de que también ellos sean tachados de "racistas" o de partidarios de Trump. Ese fue el destino del diputado Dan Goldman (demócrata por Nueva York), a pesar de su impecable historial anti-Trump. El hecho de que tantos judíos liberales estuvieran dispuestos a oponerse a los esfuerzos de Trump por erradicar del mundo académico el antisemitismo vinculado a estas doctrinas dice mucho de la desesperación que sienten aquellos que se enfrentan a la disyuntiva de apoyar a la izquierda, incluso cuando eso implica aceptar que sus propios hijos sean blanco de ataques.

En 2015, los judíos liberales se vieron obligados a elegir entre sus lealtades partidistas y la preocupación por la supervivencia de Israel cuando Obama impuso a su partido el acuerdo nuclear con Irán. En 2020, se sintieron obligados a alinearse con un movimiento Black Lives Matter que no solo estaba decidido a exacerbar las divisiones raciales, sino que estaba manchado por el odio hacia los judíos, incluso tras un verano de disturbios "en su mayoría pacíficos".

Desde el 7 de Octubre, los DSA y sus aliados han usado la difusión de calumnias de sangre sobre Israel no solo para socavar el apoyo al Estado judío, sino también para ganar elecciones y convertirse en el rostro del Partido Demócrata, sobre todo entre los jóvenes. De este modo ilustran las enseñanzas de la académica Ruth Wisse: el antisemitismo, más que un prejuicio ordinario, es siempre un vehículo para alcanzar el poder político.

Los demócratas judíos tienen una elección

Si los defensores de estas ideas se hacen con el control de uno de los dos grandes partidos de Estados Unidos, plantean a los demócratas una disyuntiva deprimentemente familiar para los judíos estadounidenses que aún votan por él. Aunque vivimos en una era hiperpartidista y en gran medida secular, en la que la política desempeña el papel que antes tenía la religión en la vida de la mayoría, las primarias de 2026 y la perspectiva de más de lo mismo en 2028 presentan a los liberales judíos algunas alternativas poco apetecibles.

Pueden actuar como si el apoyo de los DSA a Hamás y al radicalismo de extrema izquierda —ampliamente atestiguado por su copresidenta, Megan Romer, en entrevistas tanto con el liberal The New Yorker como con el conservador Fox News— no importara. Eso podría haber sido posible en el pasado, cuando sus miembros no ocupaban altos cargos ni derrotaban a oponentes liberales en las contiendas del partido. Pero ya no es el caso.

También pueden racionalizar una alianza con los DSA como un camino al poder. Esa es la opción de Schumer y de un rosario de otras luminarias demócratas que respaldaron a El-Sayed y a otros como él. Algunos, como ya ha hecho el senador Jon Ossoff (D-Ga.), transigirán con los izquierdistas volviéndose cada vez más estridentes en su “crítica” a Israel y votando a favor de cortar la venta de armas al Estado judío, mientras siguen posando de moderados que no comparten la ideología de los DSA.

Pueden afirmar, además, que los ataques de Trump y de otros republicanos contra los DSA como un revival del comunismo son retórica hiperbólica desconectada de la realidad. Al hacerlo, harían la vista gorda ante el modo en que Romer, Mamdani y El-Sayed no solo imitan las mentiras soviéticas sobre los judíos, sino que pretenden imponer políticas marxistas adversas a los derechos de los judíos y a los de otros estadounidenses.

Y pueden señalar la popularidad de demócratas judíos como el gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, o las raras derrotas sufridas por candidatos DSA —como el fiasco de su candidato a gobernador de Wisconsin— como prueba de que su partido no ha abandonado a los judíos ni a la corriente política dominante.

Pero, aunque el triunfo de los DSA está lejos de ser completo, pretender que lo que importa son las excepciones a la regla actual en la izquierda es un camino para garantizar que el problema solo crezca. Necesitan agrupar fuerzas en torno a disidentes demócratas como el senador John Fetterman (D-Pa.), que, pese a su política liberal y a su historial de voto, es un opositor declarado de los DSA y un partidario explícito de Israel. El hecho de que Fetterman sea hoy mucho más popular entre los republicanos de Pensilvania que entre los demócratas lo dice todo sobre el desplazamiento de la alineación política del país.

No vote por los antisemitas

La única alternativa racional es que los demócratas judíos liberales dejen claro que, pese a su hostilidad hacia Trump y el Partido Republicano, no votarán por candidatos afiliados a los DSA ni por otros nominados de su partido que ataquen a Israel. Además, deben apoyar a los oponentes de ese movimiento, siempre que sean proisraelíes y estén decididos a extirpar el antisemitismo de sus propias filas. No hace falta decir que los republicanos deberían hacer lo mismo, aunque, por fortuna, la facción de los "groyper" que odian a los judíos en ese extremo del espectro político parece estar perdiendo las primarias.

Si se niegan a hacerlo, no solo estarán revelando que la lealtad partidista es su valor más importante. También se estarán condenando de hecho a la irrelevancia política. Y estarán permitiendo que una facción dedicada a despojar a los judíos de protecciones y a destrozar la libertad constitucional se acerque a las palancas del poder más que en cualquier otro momento de la historia de Estados Unidos.

Hace ya mucho que los demócratas judíos deberían haber dejado de ignorar o minimizar el peligro que acecha a su partido y al país, proveniente de un movimiento que ha dejado de ser una moda política y se ha convertido en una amenaza genuina. En política nada es permanente. Aun así, los DSA no serán derrotados esperando pasivamente a que desaparezcan mientras sus partidarios ganan poder político a toda velocidad y son ovacionados por los medios mainstream.

Una política de no ver enemigos en la izquierda política es una receta para el desastre. Si quieren seguir siendo demócratas, los judíos liberales deben luchar por el alma de su partido procurando purgar sus elementos antisemitas, con independencia de su popularidad actual. Cualquier cosa menos que eso debe considerarse aquiescencia a un secuestro que, si no se detiene, podría desembocar en una tragedia histórica para todo el país.


Jonathan S. Tobin es redactor jefe de JNS. Síguelo en: @jonathans_tobin.

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