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¡Apaguen el aire! Europa decidió morirse de calor por ideología

El absurdo al que asistimos cabe en una sola frase: una civilización que puede climatizar todo elige no hacerlo, y castiga a sus niños, expone a sus enfermos y entierra a sus ancianos cada verano, para no faltarle el respeto a un dogma.

Ola de calor en París-Imagen de Archivo

Ola de calor en París-Imagen de ArchivoAFP.

En Versalles, este mes, un grupo de alumnos rindió sus exámenes en un estacionamiento subterráneo: era el único lugar fresco del edificio. En otras escuelas francesas las clases se dictaron en los pasillos para escapar del horno de las aulas, y se viralizaron casos de chicos desmayándose con 40 °C (104 °F). Más de 1.300 colegios cerraron en una sola semana porque adentro no se podía respirar. En un hospital de París (un caso típico, no una excepción) apenas 3 de sus 30 salas tienen aire acondicionado, y las demás treparon a 35 °C (95 °F) con los pacientes dentro.

Todo esto ocurre en 2026, en uno de los continentes más ricos del planeta, frente a un problema que la humanidad resolvió de forma definitiva en 1902, cuando el ingeniero Willis Carrier desarrolló el primer sistema moderno de aire acondicionado. Y sin embargo, el gran debate político de las últimas semanas no fue con qué velocidad equipar escuelas y hospitales con equipos de refrigeración, sino algo bastante más delirante: si está bien, moralmente, encenderlos.

El absurdo al que asistimos cabe en una sola frase: una civilización que puede climatizar todo elige no hacerlo, y castiga a sus niños, expone a sus enfermos y entierra a sus ancianos cada verano, para no faltarle el respeto a un dogma. La propia Comisión Europea sacó este año un texto que reclama convertir la refrigeración en "el próximo derecho social" de Europa y que, dos párrafos más abajo, aclara que el aire acondicionado, por sí solo, no va a salvarnos. Por supuesto, nadie está diciendo que es la política y sus manías verdes quienes convirtieron a la refrigeración en un bien de lujo. En Europa, los precios de la energía son mucho más altos que en Estados Unidos y en gran parte de Latinoamérica.

¿La alternativa que ofrecen las autoridades europeas? Bajar las persianas, usar ventiladores, pintar los techos de blanco y plantar más árboles. Es decir, exactamente lo que hacía un campesino lombardo en 1450, pero con un PDF de la Dirección General de Energía. En Gran Bretaña la cosa va más lejos: hay municipios que obligan a los vecinos a desinstalar el aire que ya habían colocado.

No hay mejor emblema de esa teología que la postal que dejó la misma Comisión la semana pasada. En plena ola de calor, “se apagó” el aire acondicionado de los pisos 1 al 7 del edificio Berlaymont, en Bruselas, donde transpiran los tres mil empleados rasos. Ursula von der Leyen trabaja en el piso 13; los comisarios, del octavo para arriba. Allí el aire siguió funcionando, por supuesto. Luego de la catarata de críticas, la Comisión asegura que fue un “fallo técnico". Lo indiscutible es el resultado: los funcionarios rasos se quedaron sin refrigeración mientras la cúpula política no. La recomendación oficial para sobrellevar la canícula incluía no salir al mediodía, beber agua y "apagar las fuentes de calor de la oficina", o sea… las computadoras. La reprimenda a von der Leyen dio la vuelta al mundo. La clase que dicta directivas de eficiencia energética para 450 millones de personas está, literalmente, más fresca que sus súbditos.

Lo verdaderamente notable es cómo, en este clima moral, mantener viva a una abuela se volvió una posición de derecha. Cuando Marine Le Pen declaró que "el aire acondicionado salva vidas" y calificó de absurdo que la mayoría de las escuelas y hospitales franceses no lo tengan, la izquierda no respondió con un plan mejor: respondió con burla. El Partido Socialista tildó la propuesta de payasada; Jean-Luc Mélenchon sostuvo que instalar aire en todas partes solo agrava el daño. Traducido: como no todos pueden tener aire, lo elegante es que casi nadie lo tenga. El viejo truco de nivelar para abajo (menos para la realeza burocrática), tan Rebelión en la Granja que apabulla.

Y la contabilidad, cuando se la mira en serio, es donde el sinsentido pasa de gracioso a macabro. El estudio de referencia, de Barreca y colaboradores, siguió a los mismos estados de Estados Unidos antes y después de la llegada del aire acondicionado: la masificación del equipo hizo caer cerca de un 75% el riesgo de morir en un día de calor extremo a lo largo del siglo XX. No fueron los hospitales ni las campañas: fue el aparato que enfría. La penetración del aire en los hogares europeos ronda el 19%, contra el 76% de Norteamérica y más del 90% de Japón.

Sobre esa base, Roger Pielke Jr. calculó el contrafáctico en un informe demoledor para el AEI: si Europa hubiera tenido la cobertura estadounidense en el verano de 2022, se habrían evitado unas 26.000 muertes; con cobertura casi universal, unas 35.000; e incluso un piso modesto del 40% salvaría entre 6.000 y 8.000 vidas al año. El telón de fondo es una matanza recurrente: el verano de 2022 dejó unas 68.000 muertes por calor en el continente y 2024 rondó las 62.800, mientras la canícula de 2003 ya había matado a más de 15.000 personas sólo en Francia. La propia UE admite, en el texto del "derecho social", entre 46.400 y 60.000 muertes en 2022, el 89% en mayores de 65.

La apuesta parece, pensando mal, darwiniana. Porque el calor europeo no mata parejo: mata viejos. El peligro del calor es un problema que se siente más en Europa, que tiene la población más envejecida de todos los continentes. Los mayores de 80 explican unos dos tercios de las muertes; los de 65, alrededor del 93%.

No haría falta climatizar cada oficina del continente para frenar esto: bastaría con equipar geriátricos, hospitales y casas de ancianos para capturar casi todo el beneficio. El dato que debería avergonzar a media dirigencia es el reparto: los países cuyos líderes más predican la templanza energética son los que más muertes evitables acumulan. Alemania tiene un 3% de hogares con aire; el Reino Unido, un 5%; Francia, un 25%. El norte rico, frío y moralmente impecable pone más cadáveres sobre la mesa que el Mediterráneo, no menos.

Aquí aparece la metáfora que ordena todo lo demás: esto es Europa muriéndose por algo que ocurría en la Edad de Piedra. El calor es el problema más antiguo de la humanidad, y lo veníamos manejando con cuevas, siestas y barro fresco mucho antes de inventar la rueda. Vale agregar un dato que la liturgia prefiere ignorar: en Europa el frío todavía mata bastante más gente que el calor, de modo que el pánico se concentra, encima, en la mitad menos letal del termómetro. Detrás de todo está la ideología del degrowth energético, que trata cada kilovatio-hora como una falta antes que como una herramienta para que la gente no se muera; el resultado es un continente que prefiere el cadáver limpio al compresor sucio.

El grado de internalización del discurso ecologista en Francia alcanza niveles difíciles de creer. Una encuesta de OpinionWay, realizada sobre una muestra representativa de la población francesa, encontró que el 58% de los franceses prefiere sufrir el calor antes que instalar un aire acondicionado, para proteger el medio ambiente. El mismo estudio revela además que casi la mitad (49%) siente culpa cuando utiliza aire acondicionado, y 48% incluso considera que los aires acondicionados deberían prohibirse por su impacto ambiental.

Europa se suicida por calor, no por designio geográfico, ya que tiene menos días de calor que casi cualquier región habitada, sino por ideología. El nivel de ironía rozó el ridículo cuando, durante la London Climate Action Week, una conferencia dedicada a debatir cómo adaptarse al calor tuvo que ser cancelada porque hacía demasiado calor. El evento, organizado en la London School of Economics, fue suspendido después de que una alerta roja hiciera inseguro utilizar un edificio sin aire acondicionado.

Mientras Europa delibera, el mundo mira y se ríe. La prensa estatal china cubrió el bochorno de los consejos de Von der Leyen con un entusiasmo que no se molesta en disimular: el Global Times lo presentó como prueba de la superioridad de su modelo de gobernanza y Xinhua lo amplificó, y el subtexto era uno solo: el país refrigera a 1.400 millones de personas mientras la potencia que lo sermonea no logra enfriar a sus propios funcionarios.

El broche lo puso Audrey Pulvar, vicealcaldesa de París, que en vez de comprar equipos salió a contestarles a los turistas estadounidenses que se burlaban de que la ciudad no tuviera climatización. Su argumento, parafraseado pero no exagerado: ustedes, los americanos, con sus ciudades "90% climatizadas", provocaron este calor, así que dejen de dar lecciones. Sí, efectivamente estaba culpando a Estados Unidos en lugar de culpar a su propia inoperancia y fanatismo. Es el círculo perfecto del razonamiento: el aire acondicionado causó el calor que te mata, por lo tanto morir sin aire acondicionado es tu aporte al planeta. En este razonamiento está condensada toda la enfermedad.

Porque de eso se trata, en el fondo. A Europa no la está matando el clima: la está matando su catecismo. Un continente que sobrevivió a la peste negra, a dos guerras mundiales y a la Pequeña Edad de Hielo se deja voltear por el mes de junio, no por falta de tecnología ni de dinero (las pérdidas económicas que la propia ola provoca se cuentan en cientos de miles de millones), sino porque convirtió en herejía apretar un botón. El suicidio no es térmico; es litúrgico. Y como todo buen mártir, Europa va a morir convencida de que su sacrificio salva al mundo, con el pequeño detalle de que el mundo, esta vez, ya tiene el aire encendido y la está mirando transpirar.

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