Washington dicta, Bruselas acata. El verdadero legado de Turnberry
Trump, paradójicamente, aparece como el líder dispuesto a decir verdades incómodas sobre Europa y también parece ser el único que conoce las demandas reales de los europeos. Lo verdaderamente costoso para el Viejo Continente ha sido la humillación estratégica.

Donald Trump con Ursula von der Leyen, presidente de la Comisión Europea
Tras meses de ásperas negociaciones y amenazas de guerra comercial, Estados Unidos y la Unión Europea sellaron un acuerdo que el presidente Donald Trump presentó con grandilocuencia y siendo, en suelo europeo, él el anfitrión de la cumbre. Un gesto que lo dice casi todo.
Resulta que el anuncio tuvo lugar en una propiedad que el mandatario tiene en Turnberry, Escocia, de manera tal que Trump recibió, en representación del bloque europeo, a la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien siendo local, llegaba como invitada.
Los detalles del pacto se han expuesto largamente en estos días, lo más destacado es el arancel del 15% para la mayoría de los productos europeos y compromisos masivos de inversión por parte de la UE en EEUU. A grandes rasgos, incluye la compra de productos energéticos estadounidenses. Hay muchos detalles más, pero lo importante es que las partes están convencidas de que de esta manera se evita una guerra comercial que habría sido devastadora, dada la magnitud del comercio transatlántico. Von der Leyen lo calificó como una excelente noticia sobre todo en el aspecto de aportar certidumbre y los mercados financieros reaccionaron positivamente, celebrando la eliminación del riesgo inmediato de confrontación.
Pero las inversiones que en teoría hará la UE son difusas, y Von der Leyen depende de que a los dueños del dinero les interese su acuerdo/capitulación. Sobre todo en los países más ricos del bloque, que son los que menos conformes están. Además, muchos analistas esperan un impacto negativo en el PIB europeo así como en el poder de compra norteamericano. Pero la previsibilidad, aún en un mal acuerdo, es mejor que la incertidumbre de los últimos meses, de eso no hay dudas.
"El acuerdo revela las contradicciones internas de la UE e ilustra la creciente irrelevancia en el orden geopolítico global".
Existe el peligro de que este 15% pueda convertirse en el arancel estándar y es desde ya una marca muy alta, aproximadamente el triple que hace apenas unos pocos meses, lo que difícilmente mejore el comercio internacional. Este es uno de los problemas de la política comercial de Trump desde que anunció el "día de la liberación".
No obstante, la Casa Blanca considera lo ocurrido en la gira europea como una demostración de fuerza negociadora. Festeja, particularmente, la industria energética con la promesa europea de comprar al país y así, de paso, reducir la dependencia europea del gas y petróleo rusos. También festejan los fabricantes de automóviles por la reducción del arancel europeo. Pero (siempre hay un pero) si bien Trump proclamó el acuerdo como una victoria total, enfatizando que Europa abrirá sus países a más exportaciones estadounidenses, lo cierto es que quedan en el tintero gran parte de las demandas que nos trajeron hasta aquí: los impuestos y las regulaciones para las empresas digitales y tecnológicas, la desquiciada normativa alimentaria europea o la cuestión de los medicamentos que sigue en entredicho. Sin lograr ganar esta batalla, es difícil reclamar el podio.
El acuerdo, obviamente, no alegró a Europa. El primer ministro francés, François Bayrou, lo calificó como un día oscuro, lamentando que Europa haya salido peor parada que el Reino Unido. Viktor Orbán fue aún más directo: consideró que Von der Leyen no tenía peso para esa negociación y que Trump se la había devorado en el desayuno. Hasta Friedrich Merz admitió que hubiera preferido mejores condiciones.
Estas opiniones son particularmente determinantes si consideramos que el acuerdo depende de la firma de los 27 miembros, dado que en Bruselas, todo se decide por consenso entre múltiples actores. El resultado es un compromiso que refuerza la sensación de una Europa fragmentada, débil y resignada.
El acuerdo también revela las contradicciones internas de la UE e ilustra la creciente irrelevancia en el orden geopolítico global. De allí los intentos de ciertos líderes por mantener su influencia a través de gestos simbólicos. Trump, paradójicamente, aparece como el líder dispuesto a decir verdades incómodas sobre Europa y también parece ser el único que conoce las demandas reales de los europeos. Sus comentarios sobre la inmigración descontrolada, la extracción de petróleo, la ridiculización de los parques eólicos o las advertencias sobre la pérdida del "derecho a la libertad de expresión" resuenan como el reclamo de millones de europeos cuyas preocupaciones son sistemáticamente ignoradas por sus Gobiernos.
"Poco bueno se puede decir del acuerdo, más allá de que ha evitado o postergado una confrontación peligrosa".
Más allá de los aranceles
Por eso, los datos técnicos del acuerdo son apenas una parte de lo que la gira de Trump dejó como mensaje. En realidad, es más importante ver estas cumbres como el símbolo de un nuevo orden en el que Europa ya no negocia como par. Es la constatación de que la UE, atrapada entre burocracia y gestos sin peso, ha perdido la capacidad de defender sus propios intereses ante líderes decididos.
Mientras Francia se indignaba por el acuerdo, Macron se despachaba con una cortina de humo que fue el anuncio del reconocimiento de un Estado palestino, aun contra la voluntad de su pueblo. Su berrinche geopolítico fue públicamente despreciado por el presidente Trump que dijo que las palabras del mandatario francés no le importaban a nadie y no tenían peso. A esto se suma el juicio de Marco Rubio, que calificó la jugada de Macron como imprudente, afirmando que era funcional a la propaganda de Hamás.
La cumbre con el líder británico no fue menos ilustrativa, la defensa de Keir Starmer del alcalde londinense Sadiq Khan como "mi amigo" fue patética y apenas mereció una mirada de desprecio de Trump, que pasó el resto de la conversación dejándolo en ridículo.
JNS
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JNS (Jewish News Syndicate)
En definitiva, poco bueno se puede decir del acuerdo, más allá de que ha evitado o postergado una confrontación peligrosa. Los aranceles terminarán siendo una carga para los consumidores y esto se materializará en los precios finales de muchísimos productos. Los aranceles siempre funcionan como impuestos regresivos que afectan a quienes tienen ingresos más bajos.
Pero el verdadero triunfo de Trump, que quedó demostrado en el marco de la gira, no se mide en términos arancelarios, sino en el reconocimiento tácito de que Europa ha perdido su capacidad de negociar como igual con las superpotencias mundiales, mientras sus líderes continúan su embuste de relevancia global. Lo verdaderamente costoso para el Viejo Continente ha sido la humillación estratégica. Trump no sólo se impuso en ese tablero, también dejó en evidencia que Europa ha perdido la voz.