ANÁLISIS
Suecia pone el foco en los padres: el problema de las pantallas ya no es solo de los niños
La recomendación parece sencilla: guardar el móvil durante los momentos compartidos con los menores y crear espacios libres de pantallas, como la mesa del comedor o el dormitorio. Pero detrás de este mensaje hay un fenómeno mucho más profundo que afecta a millones de familias en todo el mundo.

Adultos usando sus teléfonos móviles (Archivo)
Por años, el debate sobre el uso excesivo de pantallas se ha centrado en los menores: cuánto tiempo pasan frente a una tableta, cuándo deberían tener un móvil o qué efectos tienen las redes sociales en su salud mental. Sin embargo, Suecia acaba de dar un giro interesante a esa conversación. La Agencia de Salud Pública sueca ha pedido explícitamente a los padres que reduzcan el uso de sus propios teléfonos cuando estén con sus hijos, argumentando que los adultos son el principal modelo de comportamiento digital en el hogar.
La recomendación parece sencilla: guardar el móvil durante los momentos compartidos con los niños y crear espacios libres de pantallas, como la mesa del comedor o el dormitorio. Pero detrás de este mensaje hay un fenómeno mucho más profundo que afecta a millones de familias en todo el mundo.
Un cambio de enfoque: de controlar a los hijos a observar a los adultos
La advertencia sueca parte de una idea respaldada por décadas de investigación en psicología del desarrollo: los niños aprenden más por imitación que por instrucciones.
La psiquiatra Helena Frielingsdorf, citada por la autoridad sanitaria sueca, resume el principio de forma clara: los niños no solo escuchan lo que los adultos dicen, sino que observan lo que hacen.
Esta preocupación no surge de la nada. Ya en 2024, la propia agencia sueca había endurecido sus recomendaciones sobre tiempo de pantalla infantil, sugiriendo incluso que los menores de dos años evitaran completamente la exposición a dispositivos digitales y estableciendo límites progresivos según la edad. Entre las razones citadas figuraban asociaciones entre un elevado tiempo de pantalla y peores patrones de sueño, así como efectos negativos sobre la salud física y mental.
Ahora el foco se desplaza hacia un actor que hasta hace poco permanecía relativamente fuera del debate: los padres.
Lo que dice la evidencia científica
La literatura académica es sorprendentemente consistente en este punto.
Un estudio publicado en BMJ Open encontró que los hijos de padres que pasaban más tiempo frente a pantallas tenían una probabilidad significativamente mayor de desarrollar los mismos hábitos. Los investigadores concluyeron que el comportamiento digital de los adultos es uno de los predictores más fuertes del comportamiento digital infantil.
Otro trabajo basado en una muestra representativa de más de 2.300 familias estadounidenses llegó a una conclusión similar: el tiempo de pantalla de los padres era el factor más influyente para explicar el tiempo de pantalla de los hijos, incluso por encima de otras variables del entorno familiar.
Además, revisiones sistemáticas de la evidencia muestran que el ejemplo parental tiene un impacto directo tanto en la actividad física como en los hábitos sedentarios de los niños. Reducir el tiempo que los padres pasan frente a dispositivos suele traducirse en una reducción del tiempo de pantalla infantil.
La explicación psicológica es relativamente sencilla: los niños interpretan las conductas observadas como normas sociales. Si el teléfono está constantemente presente en la mesa, en el sofá o durante una conversación familiar, el mensaje implícito es que ese comportamiento es normal y deseable.
El problema invisible: cuando el móvil interrumpe la relación padre-hijo
Más allá de las horas de exposición, algunos expertos están preocupados por otro fenómeno menos cuantificable: la fragmentación de la atención.
La cuestión no es únicamente cuánto tiempo pasa un niño delante de una pantalla, sino cuánto tiempo pasa un padre mirando una pantalla mientras el niño intenta interactuar con él.
Diversos estudios sobre dinámica familiar han señalado que las interrupciones frecuentes provocadas por teléfonos móviles reducen la calidad de las interacciones entre padres e hijos y dificultan la comunicación emocional.
Especialmente durante los primeros años de vida, el desarrollo del lenguaje, la regulación emocional y las habilidades sociales dependen en gran medida de las interacciones cara a cara. Investigaciones sobre aprendizaje infantil muestran que los niños pequeños aprenden mucho más eficazmente de personas reales que de contenidos digitales.
Desde esta perspectiva, el problema no es únicamente tecnológico, sino relacional.
¿Está exagerando Suecia?
En las últimas dos años han proliferado las recomendaciones gubernamentales destinadas a reducir la exposición digital infantil. Autoridades sanitarias en varios países occidentales han endurecido sus mensajes sobre el uso temprano de dispositivos, la presencia de móviles en dormitorios y el consumo excesivo de redes sociales.
Incluso en la industria tecnológica existe cierta paradoja. Numerosos directivos de grandes empresas tecnológicas han reconocido públicamente que limitan el acceso de sus propios hijos a pantallas o establecen normas estrictas sobre su uso.
La preocupación ya no se limita a un debate académico. Se ha convertido en una cuestión de salud pública.
La otra cara del debate: no todas las familias parten del mismo punto
Sin embargo, también existe una visión crítica que conviene incorporar.
Algunos investigadores y expertos en políticas familiares advierten de que el debate sobre las pantallas puede simplificarse demasiado. En muchos hogares, especialmente aquellos con menos recursos económicos o con padres que trabajan largas jornadas, los dispositivos digitales cumplen funciones prácticas: entretener a los niños mientras los adultos trabajan, facilitar tareas educativas o simplemente ofrecer momentos de descanso a los cuidadores.
Desde esta perspectiva, culpar exclusivamente a los padres puede resultar injusto.
Además, la evidencia científica actual apunta cada vez más a que no todas las pantallas son iguales. No es lo mismo un niño consumiendo vídeos cortos durante horas en soledad que una familia utilizando una aplicación educativa, viendo un documental juntos o realizando actividades digitales compartidas.
Por ello, algunos especialistas sostienen que la conversación debería centrarse menos en el tiempo total y más en la calidad del uso y el contexto familiar.
Sociedad
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Más allá de las pantallas: una crisis de atención compartida
Quizá el aspecto más interesante de la recomendación sueca es que trasciende el debate tecnológico.
En el fondo, la Agencia de Salud Pública está planteando una pregunta más amplia: ¿cuánta atención real dedicamos a nuestros hijos?
El móvil se ha convertido en el símbolo de una sociedad permanentemente conectada, donde las notificaciones compiten constantemente por nuestra atención. La preocupación sueca refleja la creciente evidencia de que los niños no solo heredan nuestros genes o nuestras costumbres, sino también nuestra relación con la tecnología.
Y ahí reside probablemente el mensaje central: si queremos que los menores desarrollen una relación equilibrada con las pantallas, el primer paso no consiste en quitarles el teléfono a ellos, sino en observar cuánto nos cuesta dejarlo a nosotros.