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¿Tiene (mucho) futuro la OTAN?

No es de extrañar que Donald Trump calificara a la Alianza de obsoleta y que Emmanuel Macron afirmara que estaba “cerebralmente muerta”.

El tratado fundacional de la OTAN, expuesto en el cuartel general de la Alianza en Bruselas con motivo de su 75º aniversario. (Kenzo Tribouillard / AFP).

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La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) está de celebraciones: hoy, 4 de abril, se cumplen los 75 años de su creación y, como tributo a su longevidad, en su cuartel general de Bruselas (Bélgica) se ha rendido homenaje a su carta magna, traída desde Washington expresamente para tal fin. Más adelante, ya con mejor tiempo, en el mes de julio, se celebrará una de sus cumbres al más alto nivel que tendrá como anfitrión a un Biden inmerso en su carrera presidencial, y del que cabe esperar todo tipo de balbuceos, errores y confusiones.

Obviamente, la OTAN no invitará a Donald Trump, porque es una organización intergubernamental y porque, teóricamente, ni quiere ni puede interferir en los procesos políticos de sus miembros. Pero, con el miedo que tienen los aliados europeos a un posible regreso de Donald a la Casa Blanca, ya podían haberse inventado una buena excusa para no acrecentar aún más su instintiva animosidad hacia una alianza que ve obsoleta, irrelevante y profundamente injusta con los Estados Unidos.

Sea como fuere, lo que va hacer la OTAN es festejarse a sí misma. Primero, por lo que se considera un pasado exitoso que vende la imagen de una organización militar que derrotó a la URSS sin pegar un solo tiro. Aunque convendría recordar que la URSS cayó presa de sus propias contradicciones, que se agudizaron gracias a la política de Ronald Reagan, incluida su famosa guerra de las galaxias. Una política, no se olvide, denostada y resistida por los aliados europeos. Pero, bueno, no es el momento de desmontar el mito de la victoria atlantista.

Tras la desaparición de la URSS, la OTAN entró en un periodo de confusión sobre su ser, sólo resuelto gracias al estallido de los Balcanes y la elaboración de una doctrina que ponía el énfasis ya no en la disuasión frente a Rusia, sino en la proyección de misiones de apoyo a la paz. Es verdad que ese apoyo a veces se transformó en la imposición de la paz (bajo el liderazgo del español y socialista Javier Solana), pero ahí la OTAN sólo puede presentar un balance mediocre. La guerra contra Milosevic tardó 77 días en resolverse, a pesar de que se bombardeó intensamente a un enemigo pobre y asediado, y la campaña aérea estuvo plagada de errores fatales, como la destrucción de la embajada china en Belgrado y la de un tren de civiles (cosa que no estaría de más refrescar ahora que todo el mundo se rasga las vestiduras porque Israel ha confundido y matado a siete cooperantes de la organización del chef de origen español nacionalizado americano José Andrés. Es lo que tienen las guerras).

Con el 11-S, la OTAN activó por primera vez su famoso artículo 5, ese de la cláusula de asistencia directa a un miembro atacado, pero tuvo pocas consecuencias prácticas. La OTAN no estaba entonces en disposición de contribuir a la campaña de Bush en Afganistán y se refugió de nuevo en su aportación para la estabilización y el mantenimiento de la paz, algo que nunca se llegó a conseguir a pesar del esfuerzo colectivo.

Y de la guerra de Irak de 2003 podría decirse que la OTAN desertó en masa, espoleada por el antiamericanismo gaullista de Jacques Chirac y la desidia pacifista de Berlín. Cuando llegó tarde al escenario, fue para asistir con la instrucción y entrenamiento de un Ejército iraquí que sólo existía sobre el papel.

La intervención en Libia en 2008, teóricamente orquestada para evitar una catástrofe humanitaria, también se llevó a cabo por una minoría de Estados miembros, liderados por Reino Unido y Francia y con un Barack Obama “liderando desde el asiento de atrás”. Además de poner enseguida de relieve las múltiples carencias en capacidades militares de los aliados europeos (que se quedaron sin misiles a los pocos días del inicio de la campaña), el resultado estratégico no puedo ser más nefasto: el caos total en el país durante años.

En el mismo año 2008, Putin lanzó su primera aventura imperialista invadiendo Georgia, país hacia el que la OTAN había iniciado un ambiguo acercamiento. Pero como Georgia no era miembro de la Alianza, la OTAN se puso de lado. Después, en 2014, aparecieron los hombrecillos verdes en Crimea y el este de Ucrania, en un segundo asalto imperialista del Kremlin. A Ucrania también se la había dicho sí pero no en su adhesión a la OTAN, en un nuevo juego de ambigüedades. Y aunque la retórica y la crítica de la acción militar de Putin subieron de tono, como Ucrania tampoco era miembro de la OTAN, poco se estaba dispuesto a hacer. Ni siquiera el derribo del avión de pasajeros holandés MH17 por un misil ruso mientras sobrevolaba territorio ucraniano llevó a que la Alianza se movilizara contra Rusia.

No es de extrañar que, con esta historia, Donald Trump calificara a la OTAN de obsoleta y que Emmanuel Macron afirmara que estaba “cerebralmente muerta”.

Pero cuando todo parecía perdido para la Organización, máxime en Europa, presa de un desarme mental y material agudo, apareció Vladímir Putin para rescatarla. En febrero de 2022 ordena su “operación militar especial”, destinada a derrocar al Gobierno de Zelenski y absorber Ucrania como parte integral del espacio ruso, y el mundo occidental súbitamente despierta. Estados Unidos y Europa imponen sanciones contra Moscú y cuando ven que Kiev resiste, después de haberla dado por perdida, empiezan a plantearse una ayuda militar con la que los ucranianos puedan frenar el expansionismo putinesco.

Lejos de hacer lo que sería coherente, dar más armas y tal vez, como sugería el presidente francés, enviar soldados a Ucrania, en cuanto Putin sacude el saco del apocalipsis nuclear, la OTAN se repliega. Lejos de disuadir a Moscú, la Alianza ha dado sobradas pruebas estos dos años de estar 'autodisuadida'.

Hay que decirlo alto y claro: la OTAN no sirvió para disuadir a Putin de que no invadiera Ucrania. Ni resultaba creíble su disuasión militar ni resultaba creíble su voluntad política. Y aunque ahora los aliados se vanaglorien de que sin ellos Putin estaría cenando tranquilamente en Kiev, la realidad es que, tras dos años de guerra, es poco lo positivo que se puede presentar.

Ciertamente, los ejércitos aliados han reforzado su presencia en las zonas limítrofes de la propia OTAN con Rusia, y hay quien se apunta la medalla de haber impedido un ataque ruso. Pero no está nada claro que la intención de Putin fuera atacar a un miembro de la OTAN. Aunque, como el éxito de la disuasión se mide por la ausencia de una acción enemiga, todo se puede argumentar.

En todo caso, lo que está claro es que la mayor y mejor maquinaria de guerra del mundo, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, con un gasto anual acumulado en defensa diez veces superior al ruso, con soldados más motivados y mejor entrenados, con un equipamiento sin igual, de poco ha servido para repeler al invasor en Ucrania, pues los rusos se mantienen en un frente más o menos igual al de hace dos años, y en nada ha contribuido a generar la percepción en Moscú de que esa guerra la tiene perdida. Al contrario, lo que crece en las capitales aliadas es la amarga sensación de que Kiev no puede ganar.

Y, sin embargo, la retórica aliada no hace sino atar más y más estrechamente su futuro a una derrota de Rusia en Ucrania. Se incrementan las declaraciones de apoyo a Kiev, aumentan las sumas de ayuda directa, se envía más y mejor material de combate y la retórica se apalanca en la idea de que si Putin gana, perdemos todos.

Pero, lejos de hacer lo que sería coherente, dar más armas y tal vez, como sugería el presidente francés, enviar soldados a Ucrania, en cuanto Putin sacude el saco del apocalipsis nuclear, la OTAN se repliega. Lejos de disuadir a Moscú, la Alianza ha dado sobradas pruebas estos dos años de estar autodisuadida.

No se deben hacer promesas que no se pueden o no se quieren cumplir. Y, sinceramente, si se preguntara a un ciudadano español, italiano o alemán si está dispuesto a morir por el Donbas, mucho me meto que la respuesta sería un rotundo no. Por mucho que digan sus líderes en el cuartel general de la OTAN en Bruselas.

He oído a un general español decir que la única amenaza para la OTAN no es Putin, que ha conseguido que hasta los nórdicos abandonen su tradicional neutralidad y se sumen al carro, sino un nuevo mandato de Donald Trump, quien volvería a amenazar con dejar en la estacada a sus aliados si no cumplen con la promesa realizada a finales de los 70 del siglo pasado de alcanzar el 2% del PIB en gasto en defensa. ¡Qué paradoja que quien reclama más y mejor defensa sea su principal amenaza!

Pero mientras esa supuesta victoria de Trump no llegue, la OTAN podrá celebrar tranquila su larga y supuestamente exitosa vida. Los primeros, los militares españoles, a quienes la OTAN les ha traído una internacionalización de puestos de mando y despliegues con los que entrenarse impensable con unos Presupuestos como los españoles fuera de la Alianza.

Pero lo que es bueno para el sector militar no necesariamente es bueno para la defensa de la nación. De hecho, la OTAN ha servido para desmantelar el único aparato de defensa que España necesita: el que le permita prepararse para un enfrentamiento en el sur con Marruecos. Por ser solidarios y aportar nuestro granito en medio mundo, a lo que se suma ahora –y en contra de la mitad del actual Gobierno– el fervor antirruso, falso pero resultón para un primer ministro que sólo cree en su persona, hemos dejado caer en el olvido aquello que antaño se llamaba “la amenaza específica” de España, y no digo en qué niveles están las capacidades militares para moverse con dignidad en un escenario bélico en nuestro bajo vientre estratégico.

Ahora, en su 75 aniversario, la OTAN vuelve a mirar a donde siempre miró, al Este, y el Sur pasa a ser un flanco residual y una distracción. Máxime si se tiene en cuenta que el aliado más importante, Estados Unidos, mantiene una excelente relación con Marruecos. Mejor que con España. Por no hablar de Francia. Si no somos capaces de disuadir a Rusia, será por una falta colectiva. Pero que no podamos disuadir a Rabat es responsabilidad enteramente nuestra. Que la OTAN y sus festejos no nos oculten el bosque.

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