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Sahel, el Afganistán que se cocina a fuego lento

Israel contra Hamás o Rusia versus Ucrania son las noticias de conflictos con las cuales el público despierta todas las mañanas. Ambas no dejan de ser relevantes por su contexto, pero a miles de kilómetros de distancia hay un teatro de operaciones que exige el mismo nivel de compromiso.

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Entre las arenas del Sahara y las costas de Eritrea reposa el área del mundo con más actividad terrorista de los últimos meses, donde las víctimas de los atentados se cuentan de a cientos en aldeas remotas cuyo nombre no aparece ni en los mapas locales. Esto es el Sahel, el epicentro del terrorismo que va rumbo a ser el Afganistán de las generaciones de relevo.

El Sahel comprende una amplia franja que atraviesa África de este a oeste y delimita la frontera no marcada entre las llanuras del centro y los desiertos del norte. Malí y Níger son algunos de los países que conforman la zona y que han sido especialmente golpeados por el fenómeno terrorista. Burkina Faso también forma parte de este grupo y lidera las estadísticas con más de cuatro mil civiles asesinados por los extremistas en menos de un año.

Francia y Rusia han intentado, cada uno por su lado, apoyar con asistencia militar a los ejércitos locales que combaten a los extremistas islámicos. París lo hizo a través de la 'Operación Barkhane' y Moscú a través del Grupo Wagner, en su intento por fortalecer su influencia como potencia en la región y al mismo tiempo, minimizar las amenazas a sus propias estructuras domésticas.

La 'Operación Barkhane' concluyó en fracaso tras la retirada del Ejército de Francia a petición de los gobernadores locales y el escenario de 'Enduring Freedom' no tardó en repetirse. Está vez no en Afganistán, sino en el Sahel, donde las afiliaciones religiosas y los conflictos tribales le valieron un ejército imparable a los militantes yihadistas que la inteligencia occidental consideraba derrotados.

Actualmente los ejércitos locales de Bamako y Ouagadougu solo cuentan con el Grupo Wagner para asesoría militar y asistencia en combate. Este vacío de poder dejado atrás por el colapso del apoyo europeo y el debilitamiento de las democracias africanas contribuye al crecimiento de las organizaciones terroristas que buscan monopolizar la violencia a través del ejercicio del poder de facto.

Organizaciones como el Estado Islámico en el Gran Sáhara y el Estado Islámico en la Provincia de África Occidental no han dudado ni por un segundo en aprovechar los juegos de poder y la corrupción rampante de las fuerzas gubernamentales para reclutar seguidores entre las tribus nómadas y los señores de la guerra bajo la promesa de un califato.

Aquello no solo implica el crecimiento territorial de las organizaciones terroristas, sino su expansión financiera, la región es conocida por ser un importante corredor para el tráfico de drogas y la trata de personas. El Estado Islámico y Al-Qaeda podrían valerse de su control sobre el terreno para extorsionar por protección a las organizaciones criminales dedicadas al contrabando y el bandidaje.

Sumado a la amenaza segura de que el teatro de operaciones se convierta en un refugio seguro para yihadistas internacionales gracias al control que las milicias islamistas ejercen en las regiones desérticas, pesa la posibilidad de que los fondos adquiridos por una nómada radicalizado en medio del desierto terminan en manos de una célula activa en una capital occidental.

El Estado Islámico en el Gran Sáhara y el Estado Islámico de África Occidental ya han demostrado su capacidad de realizar atentados a nivel local. Solamente es cuestión de tiempo antes de que las capacidades operativas de las amenazas terroristas progresen en el aumento de su rango de acción, como es el caso del Estado Islámico Provincia de Khorasan en la Sala de Conciertos Crocus de Moscú.

Estados Unidos y la Unión Europea pronto se enfrentarán a un fenómeno yihadista que se cocina a fuego lento, pero que promete convertirse en el epicentro del terrorismo islámico, un territorio inoshito de gobiernos débiles donde las milicias radicalizadas se camuflan sin dificultad y se refugian a su antojo mientras la comunidad internacional se cubre los ojos y mira para el otro lado.

Por Daniel Blanco Paz, periodista enfocado en crisis y conflictos.

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