OPINIÓN
Cuando la obra se convierte en lenguaje: por qué Christopher Nolan ya entra en el olimpo de los más grandes directores de la historia
El director inglés ha conseguido redefinir el cine moderno por motivos que van desde lo técnico y lo filosófico hasta lo puramente comercial.

Christopher Nolan en una imagen de archivo.
Por encima de cualquier otra cosa, son varias características que rodean al artista las que definen si este ha llegado a alcanzar o no la trascendencia, al ser esta una cima para la que no existen fórmulas ni caminos trazados en un mapa. Y quizás sea la existencia de figuras intermitentes lo que más dificulta determinar dicho logro: directores cinematográficos cuyas grandes obras aparecen de forma tan ocasional que acaban pareciendo casi anecdóticas dentro de su propia filmografía. Como si se tratara de destellos de brillantez que demuestran un incuestionable talento, pero no la suficiente grandeza como para adentrarse en la categoría de lo atemporal.
No son muchos los que han alcanzado este Everest, por lo que la lista de quienes pueden ser considerados como los mejores de todos los tiempos es tan corta como imposible de jerarquizar, con figuras que cada cierto período entran en el debate sobre si podrían formar parte de dicho grupo. La última de estas ha sido Christopher Nolan, quien, tras el éxito de La Odisea, puede ser fácilmente considerado como el mejor director de este siglo al haber conseguido redefinir el cine moderno por motivos que van desde lo técnico y lo filosófico hasta lo puramente comercial.
Y sí. El hecho de lograrlo durante doce años seguidos con siete películas hace que Nolan pueda ser ya considerado como parte de ese olimpo sin importar que su carrera esté lejos de terminar.
Obsesiones y paralelismos
No son pocas las características que hacen de sus películas obras excepcionales y casi inusuales. Porque lo que distingue al director británico no se reduce a la calidad de sus películas, sino principalmente a la construcción y ambición de un lenguaje cinematográfico propio: las obras de Nolan están atravesadas de forma explícita por una obsesión estructural con el tiránico rigor del tiempo, hecho manifestado con la falta de linealidad, los conflictos dramáticos, las inversiones temporales o las vorágines filosóficas.
A esto se le suma el uso deliberado de la escala de planos como una herramienta expresiva que va más allá del ornamento decorativo, el cual es un detalle crucial ante el hecho de que Nolan entiende el tamaño de la imagen como un elemento determinante a la hora de apreciar su obra. Todo debido al vértigo conceptual y emocional que estas pueden llegar a generar.
Otros elementos distintivos en su filmografía no son solo la necesidad de desafiar al espectador y rehusarse a la sobreexplicación, sino también su famosa renuencia al uso del Computer-Generated Imagery (CGI) salvo en casos donde sea inevitable, lo cual lo convierte en uno de los principales exponentes de la rebeldía y subversión contra una herramienta que puede ser ya considerada como el lenguaje dominante del cine de gran presupuesto.
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Porque, en la poética de Nolan, el fondo y las formas no se distinguen entre sí. Y, lejos de verse condicionado negativamente por esta postura, Nolan ha alcanzado el éxito absoluto manteniendo una convicción estética cuya piedra angular gira en torno al poder de la imagen y su credibilidad. Porque aun cuando sea indiscutible el hecho de que auténticas obras de arte puedan contener ilustraciones digitales, la filmación de aquello que ocurrió frente al objetivo representa una estética más meritoria y le ofrece al espectador una inmersión más realista y visceral.
En este último punto se encuentra un evidente paralelismo con Stanley Kubrick, quien también era conocido por ser un tanto contrario a la idea de que los diferentes avances tecnológicos disponibles para el uso en la obra audiovisual terminaran prevaleciendo, en detrimento de la precisión de la puesta en escena. E indudablemente, este es uno de los elementos que hicieron de Kubrick uno de los mejores de la historia, y que hacen que Nolan pueda sentarse en la misma mesa.
Adentrarse en las masas sin renunciar a su cosmovisión
Si hacemos mención a similitudes determinantes con Kubrick, es imposible no establecer este mismo paralelismo con Steven Spielberg al encarar de una vez por todas el elefante en la habitación en cuanto al análisis de la obra y carrera de Nolan: su capacidad casi inigualable de conectar con las masas sin renunciar a la complejidad de su cosmovisión, virtud que lo convierte en uno de los muy pocos directores que son capaces de amalgamar al autor cinematográfico con el showman taquillero que abunda hoy en día y que tantas alergias (y dinero) produce.
Esta monumental e infravalorada virtud es la que ha hecho que el director inglés haya logrado ejercer un impacto total en la industria, demostrando que una película puede ser conceptualmente profunda y un éxito taquillero a la vez. Demostrarles a propios y extraños que el cine de autor puede ser de escala industrial y que su patria no habita en tertulias de cinéfilos o festivales poco conocidos para aquellos cuyas referencias cinematográficas no son las más envidiables.
Esta realidad ha traído como consecuencia la existencia de un público dispuesto a enfrentarse a narrativas complejas. Y esta es otra razón de peso por la que Nolan puede ser ya considerado uno de los mejores directores de la historia del cine: su pulsión por hacer de sus obras el planteamiento de un problema en lugar del simple relato de una historia, llegando al punto en que buena parte de sus películas generan debates interpretativos que requieren que la apreciación de la obra ocurra más de una vez, evitando que esta se agote en su primer consumo.
La evolución que ha tenido su filmografía nos habla de la construcción de un corpus artístico que ha desembocado en vocabulario: hoy, el adjetivo “nolaniano” forma parte de las terminologías cinematográficas, lo cual, para un director, es una forma de canonización en vida. Y, como ocurre con casi todos los que alcanzan semejante nivel de reconocimiento, Nolan también ha generado posiciones enfrentadas: mientras algunos lo consideran un genio, otros creen que su prestigio ha sido exagerado.
Situar a Nolan en este instante entre los más grandes de la historia del cine no es ni una exageración ni un entusiasmo del momento. Es reconocer la forma en que, ante los ojos de todos, el director inglés logró crear un universo cinematográfico lo suficientemente significativo como para generar un impacto cultural y cambiar la manera en que se entiende lo que el cine comercial y de masas puede llegar a ser.