Trump no traicionó al movimiento MAGA. Trump es el movimiento MAGA
Trump, pese a las presiones de algunos simpatizantes, no parece dispuesto a corregir el rumbo y asumir una actitud completamente aislacionista. Él no es así, ni piensa así.

Trump es el movimiento MAGA.
Donald Trump debutó en política con el lema Make America Great Again (Haz a América grande de nuevo), cuyas siglas, en inglés, forman la palabra MAGA. Lo que comenzó como un eslogan de campaña pronto se convirtió en un movimiento populista nacional.
El concepto detrás del eslogan era la idea de que Estados Unidos fue una vez un país ejemplar, cuyo liderazgo infundía respeto en todo el mundo y cuyas tradiciones, republicanas y culturales, eran valoradas popularmente. En 2015, Trump cuestionaba el país que Obama estaba dejando; pero también cuestionaba, entre otras cosas, los errores que habían cometido los republicanos que precedieron a Obama —sobre todo Bush.
Y dos de esos grandes errores fueron las incursiones militares, primero de Afganistán y luego de Irak. Las experiencias, caóticas y con consecuencias dramáticas tanto para Oriente Medio como para Estados Unidos, dejaron instalada la idea de que las incursiones militares estadounidenses, especialmente en países árabes u orientales, contravenían los intereses de Estados Unidos.
El Partido Republicano que en 2016 elige a Donald Trump ya era, de por sí, un partido diferente. El concepto MAGA resonaba, sobre todo, entre las clases populares, hasta entonces frustradas con la administración demócrata, con el establishment en general y con la emigración descontrolada. Y durante los cuatro años de esa primera administración Trump, paradójicamente, el apoyo de la clase trabajadora aumentó.
Pero Trump, que antes de su carrera política navegaba libremente por los partidos, no era ni es un hombre dogmático. Todo lo contrario. Su imagen de hombre de negocios pragmático y sin escrúpulos era lo que le convertía en un candidato tan interesante para muchos. Gestionaría el país como ha gestionado sus negocios. No eran principios, sino instinto, lo que regía el concepto MAGA, un concepto creado, esculpido y definido por el propio Trump.
Y por eso la primera administración de Trump fue tan impredecible. Trump desafió la sed neoconservadora de injerencia en los países de Oriente Medio, pero al mismo tiempo tuvo una política exterior enormemente activa, decisiva, influyente y, sí, también belicosa. Por ejemplo, llevó hasta el final su lucha contra el terrorista Estado Islámico, cuando Estados Unidos acabó con el líder suní Abu Bakr al-Bagdhadi. Unos meses después, en enero de 2020, Trump anunció orgulloso que había matado con un dron al segundo hombre más poderoso de Irán, Qasem Soleimani.
Trump también se dedicó a bombardear células terroristas en África, amenazó a Kim Jong-un antes de sentarse a negociar con él y aisló y presionó a regímenes comunistas en América, como Nicolás Maduro en Venezuela o Díaz-Canel en Cuba, como ningún otro presidente había hecho.
Ahora, en su segunda administración, con los estadounidenses —y especialmente los republicanos— más frustrados con la presencia de soldados estadounidenses en todo el mundo —un sentimiento reforzado tras la desastrosa salida de Biden de Afganistán, la interminable guerra de Rusia contra Ucrania y el conflicto entre Israel, Hamás e Irán—, Trump no parece dispuesto a corregir el rumbo y asumir una actitud completamente aislacionista. Él no es así, ni piensa así.
El pasado fin de semana Donald Trump decidió, tras días de tensiones y idas y venidas, bombardear las instalaciones nucleares de Irán. El apoyo estadounidense a Israel incomodó tremendamente a una parte importante de la derecha dura, hoy concebida bajo el paraguas del concepto MAGA. Importantes voces como las de Tucker Carlson, Candace Owens, Jack Posobiec o Charlie Kirk, que han sido muy influyentes en la construcción del movimiento en torno a Donald Trump, expresaron su descontento y algunos fueron más allá al afirmar que el presidente estaba traicionando al movimiento MAGA.
Pero eso es un disparate. Primero, porque nada de lo que está haciendo Trump contrasta con lo que alguna vez propuso o hizo. Trump ha dicho históricamente que EEUU no puede permitir que Irán desarrolle un arma nuclear. Es más, durante su primera administración fue claro en que, de ser necesario, EEUU debe usar la fuerza para eventualmente lograr la paz. Esta es precisamente la manifestación de otro concepto que el movimiento MAGA ha rescatado, esta vez de la época de Reagan: "Paz a través de la fuerza".
Segundo, porque Trump no puede traicionar al movimiento MAGA cuando él es el movimiento MAGA. Trump no ha traicionado al movimiento MAGA, porque lo MAGA ni le precede ni le trasciende. El concepto MAGA nunca se ha sostenido sobre una base dogmática o ideológica. No puede hacerlo cuando quien lo concibió no tienen ni dogma ni ideología, sino que se mueve por olfato o instinto. Con sus caprichos, con su incoherencia y con su pragmatismo, el MAGA lo define Trump.
Es cierto que el concepto apela a una grandeza histórica de Estados Unidos. En el fondo, arroja la noción de que se eleva sobre la voluntad de rescatar las tradiciones, la soberanía y el poder de Estados Unidos, ya sea económico, militar y cultural. Y todo esto puede estar efectivamente consagrado en la ética MAGA, así como en la del propio Trump. Pero no hay mucho más allá. No puede decirse que el movimiento MAGA sea aislacionista o neoconservador, como tampoco puede decirse que sea capitalista, como tampoco puede decirse que sea proteccionista, o corporativista o populista. Es todo y, al mismo tiempo, nada.
Por eso, el bombardeo de las instalaciones nucleares iraníes es tan MAGA como la insistencia de Trump de negociar con Putin o la presión para que Europa aumente el gasto en seguridad. Todo responde a lo que Trump ha hecho toda su vida: negociar o actuar según su olfato.