ANÁLISIS: El Kremlin contra las cuerdas: la economía rusa se desmorona luego de tres años de guerra
La resistencia ucraniana ha sido tan heroica, que la guerra se ha extendido por tres largos años en los que el régimen de Vladimir Putin parece estarse acercando más al declive soviético en Afganistán que a la incursión roja en Berlín, llevando a Rusia a un desgaste económico impensado.

El presidente ruso Vladímir Putin en una imagen de archivo.
Un año después de haber invadido Ucrania, la comunidad internacional se vio perpleja ante la forma en que la economía rusa había mejorado en comparación con 2022, al representar una clara evidencia de que el Kremlin contaba con la suficiente fuerza como para resistir tanto las sanciones de Occidente como la condición de paria en la que había caído tras iniciar una guerra que comenzó como la cuenta atrás de la anexión total de un país, y hoy puede terminar significando un error histórico.
Si bien el estado de la economía rusa también resultaba lo suficientemente sólido como para resistir el gasto de la guerra, este parecía ser un detalle irrelevante ante lo que se veía como el inevitable aplastamiento ruso, al tratarse del segundo ejército más poderoso del mundo y un país que —a priori— no contaba con la suficiente capacidad como para hacerle frente siquiera un par de meses. Sin embargo, la resistencia ucraniana ha sido tan heroica que la guerra se ha extendido por tres largos años en los que el régimen de Vladimir Putin parece estarse acercando más al declive soviético en Afganistán que a la incursión roja en Berlín, llevando a Rusia a un desgaste económico tan impensado que el Kremlin se ha visto forzado a tomar tres caminos tan incómodos como humillantes: tener que reconocer públicamente la debacle económica, reducir considerablemente sus ambiciones expansionistas con Ucrania, y tener que apurar sus operaciones bélicas en la invasión antes de que la Casa Blanca decida imponer un nuevo paquete de sanciones que podría ser ya devastador.
Inesperada admisión
El reconocimiento público del abismo económico al que se dirige Rusia tuvo lugar poco antes del Foro de San Petersburgo, evento en el que Putin se ha caracterizado por combinar datos reales y propaganda en los últimos años. Quien se encargó de manifestar de la forma más descarnada la realidad actual fue nada más y nada menos que el asesor de economía de la Administración Presidencial, Maxim Oreshkin, quien no solo aseguró de forma tajante que “este modelo de crecimiento se ha agotado”, sino que también resaltó que resultaba “necesario un avance, no hacia adelante, sino hacia arriba: hacia el siguiente nivel tecnológico y organizativo”.
Ya durante el evento, el ministro de Desarrollo Económico, Maxim Reshétnikov, advirtió que “estamos al borde de la recesión”, con la gobernadora del banco central ruso, Elvira Nabiúllina, detallando que las reservas que mantuvieron las cuentas finalmente “se han agotado”. De esta forma, dos de las figuras más importantes del régimen ruso reconocieron que el plan ejecutado por el Kremlin para blindarse ante las sanciones de Occidente y continuar con la invasión sin ver afectada su economía ha fracasado, desnudando así las miserias de una Moscú confundida y errática, señalando un destino para el que solo parecen haber caminos dolorosos.
Un cofre de guerra casi vacío
Desde que las Fuerzas Armadas rusas penetraron las fronteras ucranianas en 2022, Rusia ha experimentado un crecimiento económico impulsado tanto por su industria bélica como por su dinero del Fondo Ruso de la Riqueza Nacional, también conocido como ‘cofre de guerra’, el cual le ha permitido resistir las sanciones y el inevitable aumento del gasto militar en tiempos de conflicto armado. De acuerdo con lo manifestado públicamente por el Kremlin, dicho fondo parece haberse exprimido al punto en que ya este pilar de su estrategia ha dejado de ser sostenible y no podrá resistir la exigencia de una guerra cada vez más empantanada.

Vehículo militar en medio de una carretera ucraniana.
En mayo, el fondo nacional de riqueza registró un descenso histórico al ver sus activos líquidos reducidos a solo 35.700 millones de dólares. Para hacer la imagen más amplia, el cofre de guerra de Putin se ha reducido nada más y nada menos que un 71 % desde que el líder ruso decidió invadir Ucrania en el 2022, año en el que los activos líquidos del fondo se encontraban en 135.000 millones de dólares y representaban el 10 % del PIB del país.
Si bien hoy en día se puede pensar en los cientos de proyectos que podían haberse desarrollado con este dinero, lo cierto es que la ecuación del Kremlin para ese entonces no lucía tan descabellada: ante el drástico agigantamiento del complejo militar-industrial ruso y todo lo que se habría de gastar en defensa, el fondo se usaría para mantener todo el engranaje funcionando sin mayor inconveniente ante el paquete de sanciones disparado por Occidente, lo cual no habría de representar ningún riesgo al tratarse de una guerra que, en el peor de los casos, podría extenderse un año, al ser casi imposible que un país como Ucrania pudiera resistir contra el segundo mayor ejército del mundo. Después de todo, los exacerbados gastos en defensa en tiempos de guerra requieren de un fondo que evite que el país se desmorone ante los gastos elefantiásicos que la industria militar derramará de forma inevitable y a ritmo constante para materializar la victoria.
El problema de todo este escenario es cuando la victoria no solamente tarda en llegar, sino que se hace cada vez más difícil de materializar, considerando que en dicha circunstancia las únicas opciones son abandonar la guerra o aumentar aún más el gasto para mantenerse en esta. Este último es exactamente el punto en el que se encuentra el Kremlin, con una resistencia ucraniana que demostró ser más sólida que una economía rusa que finalmente se ha empezado a mostrar vulnerable ante las sanciones, tras verse absorbida por más de tres años en una guerra cuyo objetivo de erigir un gobierno títere o anexar a todo un país parecen ya imposibles de materializar.
Las sanciones hoy afectan directamente al cofre de guerra de Putin, corazón de su plan económico desde la invasión, ya que la economía rusa se basa en muy buena parte en recursos naturales como el petróleo o el gas, los cuales generan un ingreso que se destina al fondo cuando los precios de estos son altos. Detectando esta debilidad, parte de las sanciones han consistido en imponer restricciones a ambos recursos, lo cual ha hecho que el Kremlin gaste muchísimo más de lo que ingresa y se vea imposibilitado de seguir rellenando su fondo, el cual se ha debilitado gravemente al haber tenido que desembolsar casi 20.000 millones de dólares solo este año.
Un monstruo que se devora a sí mismo
La tormenta perfecta se materializa ante el hecho de que el gasto militar ha sido tan desproporcionado que hoy en día representa un 7,2 % del PIB ruso, siendo esto el doble de lo que representaba poco antes de la invasión en 2022. Hablamos de una coyuntura en la que la invasión a Ucrania puede terminar representando un suicidio económico con consecuencias impredecibles para Rusia. Y es que, sin darse cuenta, Putin agrandó una industria militar que se ha terminado haciendo adicta a la guerra y ha permeado en casi todas las capas del país, al contratar a millones de personas y ofrecer sueldos más que suculentos para los estándares rusos. Si bien el gasto en defensa terminó fortaleciendo la economía durante los primeros años, hoy es un lastre que se ha visto severamente afectado también por las bajas que ha sufrido Rusia, las cuales podrían haber superado ya el millón.

Tráfico vehicular cerca del Kremlin.
Ante semejante realidad, los reclutamientos por parte del Ejército ruso se han multiplicado, generando una considerable reducción en la mano de obra que ha forzado al Kremlin a tener que contratar a norcoreanos y afganos, ya no solo para engrosar las tropas invasoras, sino también para adentrarse en trabajos relacionados con la construcción. Por supuesto, semejante acto viola claramente una ley del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 2017 que prohíbe toda clase de empleo a trabajadores norcoreanos en el extranjero, lo cual no fue impedimento para el Kremlin a la hora de traer un total de 13.221 norcoreanos durante el año pasado. En este momento, se espera que el Gobierno de Rusia traiga a seis mil más del país asiático y a mil de Afganistán, cifra que podría aumentar a medida que pasen las semanas y las bajas en el frente aumenten.
Putin ha entrado en un contexto en el que mantener el gasto militar se ha vuelto una operación tan insostenible como autodestructiva. Y, a pesar de que el líder ruso haya insinuado públicamente que reducirá el gasto, los caminos que le quedan al Kremlin ante esta situación son tan complejos como delicados.
Laberintos y desenlaces
No es secreto que la solución con la que contaría el Kremlin para escapar de la actual crisis económica y un futuro cercano aún más dantesco sería restituir su condición de máximo exportador de gas y petróleo a Europa y recortar drásticamente el gasto militar. Sin embargo, dicha solución se antoja cuesta arriba considerando no solo el tiempo que tardaría el gobierno ruso en rearmar su relación comercial con Europa como destino principal de sus exportaciones energéticas, sino también la enorme cantidad de concesiones que tendría que ofrecer para que esta parte del mundo vuelva a ver al Kremlin como un actor lo suficientemente confiable como para volver a depender de este a nivel energético.
Asimismo, el recorte del gasto militar podría tener como obstáculo principal a los militares rusos, al ser estos los más beneficiados de un engranaje en el que cuentan no solamente con más poder sino también con mejores beneficios económicos, al punto en que hoy en día un soldado ruso gana más de 2.000 euros mensuales, cantidad más que aceptable en un país como Rusia, en el que el sueldo mínimo no llega a los 300. De esta forma, la estrategia creada por el Kremlin se ha visto tan descompuesta y estropeada por la resistencia ucraniana y las sanciones de Occidente que en este momento un acuerdo de paz implicaría la vuelta a un pasado cercano en el que los militares rusos contaban con menores beneficios económicos y cobraban una cuarta parte del actual salario. Y, ante el precedente de Yevgeny Prigozhin y su grupo Wagner, el Kremlin está plenamente consciente de que el estamento militar puede convertirse en un actor inimaginablemente peligroso si se toman decisiones perjudiciales para este.
En el caso de querer continuar con la invasión a como dé lugar, el único camino tangible para el Kremlin sería estrechar aún más su relación con China y tener a Pekín como su gran aliado militar y financiero. Materializar una gran reestructuración económica en la que se involucre a profundidad el régimen chino, creando de esta forma una dependencia sin precedentes del gigante asiático en la que Rusia inevitablemente cedería de forma directa o indirecta parte de su soberanía, abriendo la posibilidad de convertirse en la pieza de otra potencia geopolítica. Por supuesto, la claridad de Pekín sobre esta realidad ha sido lo suficientemente incuestionable como para ver al ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, comentándole (según varios medios) a la jefa de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Kaja Kallas, que el régimen comunista prefiere que Rusia gane la guerra debido a la forma en que dicho escenario mantendría la atención de los Estados Unidos alejada de China.
El Kremlin se ha adentrado en un complejo laberinto como consecuencia de una decisión basada en premisas erróneas, reflexiones anacrónicas y la subestimación de un país que se ha visto dispuesto a lo indecible para evitar ser absorbido por Moscú. A estas alturas, son casi inexistentes los desenlaces victoriosos, y casi inevitables los que marcan el punto de inflexión que divide no solo periodos, sino también los destinos de líderes y regímenes que se percibían indestructibles.