En defensa de Benjamín Netanyahu, un hombre de otros tiempos

Si se habla de Israel y modernidad al mismo tiempo es gracias a él.

Cuando Benjamín Netanyahu entró a su primera reunión de Gobierno tras convertirse en primer ministro, en 1996, quedó consternado por el lujoso despliegue del banquete con el que se acompañaban las discusiones. A la semana siguiente quienes quedaron consternado fueron los ministros: ya no había un banquete, sino una exhibición mucho más modesta del desayuno. Los tiempos habían cambiado.

Gestos como ese describen la naturaleza de Benjamín Netanyahu. En contra de la noción general de cómo se hacen las cosas, le tocó poner un pie, pisar firme y mantenerse inmóvil. Precisamente por ello el primer ministro se convirtió en el hombre más influyente de la Israel moderna —en gran medida porque si se habla de Israel y modernidad al mismo tiempo es gracias a él.

Entró al poder en el verano de 1996 con la disposición de sacar a Israel de la obsolescencia económica en la que se encontraba. En su libro de memorias, Netanyahu explica que, para entonces, Israel se parecía más a los países del tercer mundo que a las naciones modernas en cuanto a su estructura económica. Israel era, porque así fue concebido, un Estado paternalista, socialista, estatista y controlador.

Aunque Netanyahu se consideraba un dogmático del libre mercado, una motivación ulterior lo impulsó a llevar a cabo las reformas más importantes que ha vivido Israel: el primer ministro sabía que para sobrevivir, Israel necesitaba de una robusta fuerza militar, lista para defenderse o para atacar, según sea el caso. Y, para edificar un aparato militar de primer nivel, Israel debía ser una nación próspera.

Para mediados de la década de los noventa, el Estado judío tenía una economía controlada, con una masiva estructura burocrática y un rígido control cambiario. Desmontar todo aquello reñía con los intereses de la clase política independientemente del partido. En el fondo, la política israelí se sostenía sobre ese aparato burocrático. Aunque muchos consideraron el viraje, ninguno se atrevió por miedo a que las buenas intenciones se los tragaran. Netanyahu quiso arriesgarse.

"Una de mis reformas iniciales fue cumplir la promesa electoral de reducir a dieciocho el número de ministros, con cargos similares a los secretarios del Gobierno estadounidense", cuenta Netanyahu en sus memorias.

"En mi opinión dieciocho ministros era ya una cifra exagerada para dirigir un país pequeño, de hecho, cualquier país, y mantuve esa cifra durante mis tres años de mandato", escribe.

Luego, Netanyahu se dispuso a privatizar las grandes estatales. Fue su segunda gran reforma: el total de activos privatizados de su primer Gobierno alcanzó los 4500 millones de dólares, mucho más que todos los activos privatizados durante los casi 50 años de existencia del Estado judío.

Una de las primeras privatizaciones fue la del Banco Hapoalim, el mayor de Israel. Al respecto, un amigo de Netanyahu le dijo que "privatizar el banco Hapoalim en Israel es como abrir un McDonald's en la Plaza Roja". Y el entonces primer ministro daba ese paso como muestra del futuro.

Aunado al banco, Netanyahu privatizó las telecomunicaciones, lo que permitió que ahora un israelí pobre o de una ciudad en desarrollo pudiera llamar a un pariente en Nueva York o Los Ángeles a un precio sumamente bajo, a diferencia de lo que pagaba cuando el Estado controlaba el servicio. Lo mismo ocurrió con el transporte.

Finalmente, la tercera gran reforma del primer mandato de Netanyahu fue la liberación de la moneda. Siendo la mayor, implicó esfuerzos adicionales por la reticencia de los sectores políticos a dejar de controlar el bolsillo de los israelíes.

"En 1998 Israel se parecía aún a muchos países del tercer mundo en lo que respecta a la moneda. Los israelíes no podían sacar del país más de 7000 dólares sin una autorización especial del Banco de Israel, el banco central. Al regresar del extranjero, tenían que volver a depositar y registrar todas las divisas que poseían dentro del país", cuenta Netanyahu.

Por las restricciones, Israel no había logrado insertarse en el mercado mundial, que para la década de los noventa era pujante como no lo había sido. Paradójicamente, muchas de las grandes compañías tecnológicas de entonces eran israelíes, pero no podían tener presencia en el Estado judío.

Benjamín Netanyahu enfrentó una oposición dura, incluso de su mismo partido, a la liberación de la moneda. No encontraba a un equipo que lo acompañara en lo que parecía un salto al vacío. "Estaba convencido de que Israel sencillamente no podría avanzar hacia el año 2000 sin liberar su divisa. ¿Crees en el libre mercado o no?, me pregunté. Si es así, entonces adelante. Decidí arriesgarme", cuenta.

Por las reformas, más un apoyo —de financiamiento— sustancial a la educación científica del país, Israel logró unos números impresionantes para finales del mandato de Benjamín Netanyahu: las inversiones extranjeras llegaron a 25,000 millones de dólares; la cantidad de empresas emergentes de alta tecnología llegó a un promedio de mil al año; y el déficit se redujo en más de 4000 millones de dólares.

Estos cambios insertaron a Israel en la modernidad. Netanyahu los profundizó luego, cuando Ariel Sharon lo nombró ministro de Finanzas, entre 2003 y el 2005. De ellos se desprende el concepto de la nación start up y el país moderno, vanguardia mundial en tecnología. Pero faltaba, entonces, el otro eje que Netanyahu consideraba de su Gobierno: el ala militar.

Hoy Benjamín Netayahu, a propósito de la guerra en Gaza y las protestas domésticas, recibe una atención adversa de la prensa y la opinión pública mundial. Los Gobiernos y los medios de izquierda han construido el relato, bastante injusto, de la supuesta afinidad ruinosa y belicista de Netanyahu.

Netanyahu se fijó la defensa de Israel como prioridad y, siendo el primer ministro que más ha gobernado en la historia de Israel —y, por lo tanto, que ha enfrentado numerosas crisis de seguridad—, lo ha logrado, con sus grises.

Parte de esta defensa supone evitar que Irán, el mayor enemigo de Israel, consiga desarrollar las armas nucleares. Esa ha sido una de las grandes causas de Netanyahu y lo que lo llevó a, pese a la fama de belicista, lograr la paz con casi todas las naciones árabes, incluida, a punto, Arabia Saudita —paz interrumpida por la invasión y masacre perpetrada por Hamás el pasado 7 de octubre.

Netanyahu convirtió a Israel en una nación moderna para, luego, convertirla en una potencia mundial. Hoy por hoy, el país es uno de los doce más poderosos del mundo; y de ahí el secreto de su supervivencia.

Como muestra de esto último, aún en un estado prematuro pues para finales de los noventa Israel no era la potencia tecnológica de hoy en día pero ya la influencia de Netanyahu pesaba, está esta anécdota que cuenta en sus memorias:

"Aunque el auge completo de Israel en la escena mundial solo sería visible después (...) nos llegó un mensaje temprano del reconocimiento del poder del país por parte de una fuente inesperada. A principios de enero de 1998, Saddam Hussein impuso limitaciones a los inspectores de las Naciones Unidas encargados de supervisar una posible reactivación del programa nuclear iraquí. Las tensiones entre Estados Unidos e Irak se recrudecieron, lo que hizo temer que Saddam volviera a atentar contra Israel en represalia por una acción militar estadounidense. Ordené a los militares que adoptaran medidas de defensa y ataque por si se producía esa contingencia. A finales de enero, el viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia vino a verme con un mensaje del dictador iraquí. 'Saddam me ha pedido que le hiciera saber que no tiene planes de atacar Israel', dijo. Le devolví una respuesta mordaz: 'Dígale que eso es muy sabio de su parte'".

Hoy, en Gaza, con todas las implicaciones y daños colaterales que hay en una guerra —sobre todo cuando el enemigo se yergue sobre la táctica de utilizar a civiles como escudos—, Netanyahu está defendiendo los intereses de Israel. La respuesta, por más tajante e implacable que luzca, es proporcional a la mayor masacre cometida contra los judíos desde el Holocausto. La vida de un niño israelí lo vale.

Suelo comparar el liderazgo de Benjamín Netanyahu con el de Álvaro Uribe en Colombia. Aunque la brecha parece larga, las historias políticas de Netanyahu y Uribe se parecen bastante. Ambos estadistas, reinsertaron a sus países al mundo luego de plantarse con firmeza y sin piedad ante el terrorismo. La seguridad de su país fue el eje principal de sus Gobiernos, y ambos recibieron (y reciben) un trato inclemente y hostil por parte de la opinión pública.

Uribe, como Netanyahu, dejó un país próspero y seguro. Y a Uribe, como a Netanyahu, le acusan de lo mismo, solo por defender a los colombianos e imponer, con balas si fuera necesario, la justicia. Pero el trato, aunque inmerecido, se disipará, probablemente ante el peso de los hechos, como ya empieza a ocurrir en Colombia.

Al final, a los hombres que no son de su tiempo no los reconocen cuando corresponde sino después. Benjamín Netanyahu, con las reformas de economía de mercado, con su tozudez por convertir a Israel en una nación moderna y su inexorable empeño de enfrentarse al terrorismo será reconocido cuando Israel caiga en manos de sus enemigos —ávidos por arrebatarle el poder, apalancados en el odio y la calumnia. Entonces, los israelíes (y el mundo) añorarán la grandeza de un Gobierno que tuvo que hacer lo impopular porque era lo correcto.