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Tucker Carlson, humillado no una sino dos veces por Vladimir Putin

El ánimo de adulador no le sirvió para nada al periodista. El líder ruso aspiraba a utilizar a Tucker, pero no le sirvió y se deshizo de él.

Tucker Carlson, humillado no una sino dos veces por Vladimir Putin

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La entrevista de Tucker Carlson a Vladimir Putin no fue la del año, como muchos esperábamos. Lo contrario: fue bastante decepcionante. Tucker tuvo una gran oportunidad y la desperdició, en gran parte por su poca disposición a confrontar a quien evidentemente quería agradar. Y ese fue el problema de Tucker: su admiración por Putin es tan evidente, que las emociones lo dominaron. No fue un periodista sino un groupie.

Su actitud de groupie, no obstante, le jugó en contra. Putin sabía que, al concederle la entrevista al periodista más importante de la derecha americana, tenía una gran oportunidad para persuadir a una audiencia frustrada con su Gobierno y muy dispuesta a dejarse coquetear por los enemigos de esta Casa Blanca. Para eso, Putin necesitaba a un periodista afín, pero duro, que le diera la oportunidad de persuadir más que exponer. Para decepción de todos —y del mismo Putin– no ocurrió.

La casi infantil exaltación de Tucker quedó expuesta y Putin, ya no para persuadir, aprovechó el momento para humillar al entrevistador. Esto, por supuesto, como una admirable exhibición de músculo y determinación ante un periodista que se ufana de ser afín. Fue una cruel demostración de superioridad ante la cordialidad de un hombre disminuido pese a ser uno de los periodistas más importantes de su país (y del mundo). Y lo humilló no en una sino en dos ocasiones.

Primero, le hizo sentir, en el curso de la entrevista, que Tucker no se la estaba tomando en serio. Claramente le frustraban sus preguntas. Luego, lo desafió al ventilar lo que podría verse como una intimidad: que Tucker Carlson había aplicado para servir en la inteligencia de Estados Unidos y, afortunadamente, dice, lo rechazaron (con un tono irónico, y con poca sutileza, llamó mediocre a Tucker).

Pero el cuchillazo vino después. En una entrevista local, Vladimir Putin le dijo a un periodista que Tucker había hecho un mal trabajo. Que le parecía que había sido demasiado complaciente, demasiado frágil.

"Yo honestamente pensaba que él iba a ser más agresivo e iba a hacer preguntas fuertes. Yo quería eso, porque yo le hubiera dado respuestas fuertes. Para ser sincero, no me satisfizo mucho esa entrevista", dijo Putin.

Catastrófico. Putin danza sobre el papelón de Tucker. El ánimo de adulador no le sirvió para nada. Putin aspiraba a utilizar a Tucker, pero no le sirvió y se deshizo de él. Lo hizo añicos. Le decepcionó, por supuesto, que Tucker fuera incapaz de controlar sus impulsos y no entendiera que ante él tenía a un hombre con el que, para congraciarse, no tenía que ser complaciente.

Nosotros, la audiencia, nos quedaremos con ganas de que un periodista de verdad, inteligente, como se supone que es Tucker, se plante frente a Putin y le pregunte por cada uno de los crímenes que ha cometido. El déspota merece explicarse y dar esas respuestas fuertes que son provocadas por preguntas fuertes.

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