Jerusalén no tiene alternativa a la alianza con Washington. Pero gracias al apoyo del estadounidense de a pie y del Partido Republicano, no tiene que sacrificar su seguridad para complacer a Biden.

La Administración Biden quiere que creamos dos cosas contradictorias al mismo tiempo. Dependiendo de circunstancias como la audiencia, Joe Biden y los altos cargos de su equipo de política exterior se comprometen a apoyar a Israel y están a favor de eliminar a Hamás... o no.

Tan solo la semana pasada, el presidente prometió en una ceremonia conmemorativa del Holocausto que siempre apoyaría al Estado judío y que nunca olvidaría las atrocidades terroristas del 7 de octubre. Al día siguiente, cambió el guion.

En una entrevista con CNN, volvió a hacer propia la mentira difundida por Hamás de que las tropas israelíes estaban asesinado civiles indiscriminadamente. Dijo que si invadieran a Rafah, el último bastión terrorista en Gaza, "no les proporcionaré armas". Postura cimentada en la excusa de evitar muertes palestinas, a pesar de que las Naciones Unidas aceptaron que las cifras de víctimas citadas por Washington no son creíbles. En esencia, esto significaría que el uso de escudos humanos le daría impunidad a Hamás.

Idas y vueltas de Biden

Aquellas declaraciones abrieron la puerta a un corte total del flujo de armas para asistir a un aliado en guerra contra un enemigo genocida que, a pesar de declaraciones anteriores, la Administración no quiere que sea eliminado. Cumpliendo esta amenaza, no se envió un cargamento de bombas. Luego, cuando los republicanos propusieron un proyecto de ley en la Cámara de Representantes que esencialmente obligaría a Biden a enviar las armas, el presidente aseguró que lo vetaría.

Pero esta semana, en un gesto que bien puede haber tenido por objetivo detener la hemorragia de apoyo centrista a la campaña de reelección del presidente, el Gobierno dijo al Congreso que tiene la intención de vender más de mil millones de dólares en nuevas armas a Israel. Aunque los vehículos tácticos y las municiones de este nuevo lote serán de gran utilidad, no incluirá bombas y misiles de precisión necesarios para eliminar el último bastión de Hamás.

Biden parece no querer un Estado judío completamente indefenso, pero tampoco quiere darle la capacidad de ganar guerras contra sus enemigos.

Todo aquello plantea algunas preguntas importantes. ¿Persigue Biden una visión teórica y enteramente fantástica de paz y seguridad para Israel que prescinde de una victoria decisiva sobre Hamás? ¿O acaso estamos observando una traición en cámara lenta, en la que Estados Unidos socava la alianza por etapas en lugar de hacerlo de un golpe? ¿Cuánto de lo que está haciendo la Administración es mero postureo destinado a encauzar la vacilante campaña presidencial demócrata?

Tóxico pero irremplazable

Tanto críticos como apologistas del Gobierno pueden responder aquellas preguntas de un modo u otro, pero el mero hecho de que puedan formularse deja algo en claro: Israel está, en el mejor de los casos, atrapado en una relación con una superpotencia aliada en la que no puede confiar, al menos de momento. Incluso si uno está dispuesto a creer en las palabras de Biden sobre su preocupación por los israelíes, la situación política actual puso en paréntesis su voluntad de ser un aliado fiel. Gran parte de la base izquierdista de su partido se opone ideológicamente a la existencia del Estado judío y es cada vez más indiferente al antisemitismo. El acto de malabarismo que el presidente está intentando realizar en consecuencia es un regalo para Hamás e Irán. También es sumamente perjudicial para Israel.

Como afirma un artículo de The New York Times publicado el fin de semana pasado, Jerusalén puede desafiar los dictados de Washington. Puede, en palabras del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, "estar solo" a la hora de derrotar a Hamás y garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Que se encuentra aislado en el escenario internacional ya es un hecho.

Israel no tiene más remedio que entrar en Rafah. Permitir la supervivencia de Hamás -dejándole así ganar la guerra que inició con una orgía de asesinatos, violaciones, torturas y destrucción sin sentido– sería un golpe potencialmente fatal a la capacidad del país de disuadir ataques. Es más, casi que garantizaría la repetición de los crímenes del 7 de octubre.

Nadie debería tomar a la ligera la cuestión del aislamiento de Israel, ni siquiera quienes ven en la dañina postura de Biden un argumento para buscar más autosuficiencia. Si bien buscar ayuda en otros lares podría resultar tentador, no existe ningún sustituto ni alternativa a la alianza estadounidense.

La traición de Biden

El aumento de la agitación antisionista y antisemita en la izquierda política convenció a la Casa Blanca de que una política pro-Israel podría costar demasiados votos demócratas. Se desvió, así, de su apoyo inicial. El deseo de proteger este caudal de votos alentó al equipo de política exterior del presidente -formado por exalumnos de la Administración Obama, hostil a Israel-, a que se opusiese a la erradicación del terrorismo en Gaza. El resultado fue una escalada de amenazas, que, en su última versión, prometen paralizar la campaña de las Fuerzas de Defensa de Israel al cortar el flujo de armas. También haría difícil, o incluso imposible, expulsar a Hezbolá de la frontera norte de Israel, territorio inhabitable por los cohetes y misiles lanzados desde el Líbano.

El giro de Biden va más allá de las armas y municiones, o incluso de la presión que está ejerciendo para obligar a Netanyahu a aceptar un alto el fuego prolongado con Hamás sin siquiera recuperar a cambio a todos los rehenes (incluidos cinco estadounidenses).

El riesgo de que la Casa Blanca se niegue a usar su veto en la ONU contra la creación de un Estado palestino o para frenar las sanciones contra Israel también coloca a Jerusalén en la posición de un Estado vasallo sin control sobre su propio destino.

Es comprensible que muchos israelíes cuestionen el futuro, así como el valor de una alianza estadounidense que en este momento podría describirse como Washington manteniendo de rehén a la seguridad de Estado judío.

¿Existe otra opción?

Ese dilema lleva a dos preguntas que el Gobierno israelí debe plantearse: ¿puede Jerusalén hacer algo para disminuir su dependencia de Washington? y ¿existe una alternativa a la alianza con Estados Unidos?

Las respuestas a esas preguntas son un "sí" matizado y un "no" enfático.

Es cierto que Israel puede y debe aumentar su capacidad de fabricación de armas y municiones. Los últimos siete meses de combates contra Hamás demostraron, una vez más, que hacer la guerra es un negocio caro. El prolongado conflicto puso a prueba las reservas de municiones de Israel, así como su capacidad para mantener sus defensas antimisiles como la Cúpula de Hierro. La Administración Biden vio allí una ventana abierta para intentar gestionar al detalle la ofensiva israelí.

Pero Israel no está en condiciones de fabricar importantes sistemas de armas, como aviones de combate o defensas antimisiles. Esto resulta, sobre todo, de una consistente política estadounidense que tiene por objetivo desalentar o impedir que Israel pueda hacerlo: en parte para proteger a los fabricantes estadounidenses -casi toda la ayuda se gasta en Estados Unidos, por lo que es tanto un programa de ayuda para la industria armamentista estadounidense como para las fuerzas israelíes-, en parte para mantener a Israel dependiente de su aliado. Esta política comenzó cuando Reagan detuvo la producción del cazabombardero Lavi en 1987 y continúa hasta hoy, cuando a Israel le cuesta dejar el hábito de la dependencia tras el compromiso de ayuda militar de 10 años de la Administración Obama.

Amigos con beneficios

A pesar de todo, no hay que olvidar que la alianza benefició enormemente a ambos socios.

El apoyo estadounidense permite a los israelíes el respaldo de la superpotencia con el ejército más poderoso del mundo, además de acceder a armamento de punta y gozar de la cobertura diplomática que conlleva tener un amigo con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.

A cambio, los estadounidenses obtienen acceso a la inteligencia (aunque no actúen necesariamente de forma recíproca ) y experiencia israelí en alta tecnología y a su desarrollo de armas, que mejora sus sistemas de defensa. Y también consiguen el invaluable beneficio de tener un aliado confiable y democrático que comparte sus valores en una región tan estratégica como Medio Oriente.

Muchos en la Administración Biden parecen ya no valorar la amistad de Israel o, incluso, estimar más a los regímenes árabes moderados. Su necia búsqueda de un acercamiento con Irán no hizo más que debilitar la influencia de Estados Unidos, sacrificando sus intereses y los de sus socios.

Sin embargo, por poco confiable y tóxica que se haya vuelto la relación con Washington, la idea de que existe alguna alternativa viable a Estados Unidos es absurda. Ninguna otra nación –ni siquiera un Gobierno comunista chino que está tratando de comprar influencia en todo el mundo– podría brindarle a Israel el tipo de ayuda que brinda Washington. Y a pesar de todos los problemas que conlleva esta relación, buscar vínculos más estrechos con Pekín o Moscú sería entablar acuerdos con naciones antidemocráticas y hostiles que serían mucho menos confiables y estarían más dispuestas a ejercer una influencia excesiva. Acercarse a China, el principal enemigo geoestratégico de Estados Unidos en el siglo XXI, también aumentaría el peligro de distanciarse tanto de demócratas como de republicanos en Estados Unidos.

Israel no está solo

Dicho esto, Netanyahu no necesita arrodillarse ante Biden ni obedecer todos sus dictados. El primer ministro israelí, el actual o los que le sigan, siempre querrá permanecer cerca de los estadounidenses, pero no a costa de la seguridad de Israel. Como demostró Netanyahu al desafiar repetidamente al expresidente Barack Obama en cuestiones como Jerusalén y las fronteras del Estado judío, Israel puede decir "no" si es necesario.

La razón es que Israel conserva el apoyo de la mayoría del pueblo estadounidense, incluso cuando las relaciones están en un punto bajo -y contrariamente al artículo citado del New York Times citado previamente-. Dado que los oponentes republicanos de Biden son abrumadoramente proisraelíes, una traición al Estado judío le costará caro en las urnas. Sobre todo si se enfrenta al expresidente Donald Trump, quien puede presumir de ser el presidente más proisraelí en la historia.

Un consenso bipartidista a favor de Israel sería mejor que la situación actual, en la que los demócratas están profundamente divididos. Pero mientras uno de los dos partidos principales siga dedicado a preservar la alianza (y la mayoría de los estadounidenses todavía se identifique con Israel y considere, con razón, que la causa palestina está inextricablemente ligada al terrorismo islamista), no hay necesidad de que Israel busque otro aliado a la desesperada. En cambio, debe luchar para reparar y preservar la relación. Como demuestra el último gesto de Biden hacia Israel, hasta él sabe que una traición total puede acarrear un precio demasiado alto.

© JNS