Las encuestas dan al partido gobernante una victoria de más del 40% de los votos frente a Alianza Democrática, pero escasa para lograr la mayoría absoluta.

Treinta años después del desmantelamiento del apartheid, Sudáfrica vota este miércoles en sus elecciones generales con una oportunidad única: privar por primera vez al Congreso Nacional Africano (ANC en sus siglas en inglés) de la mayoría absoluta.

Todas las encuestas dan al ANC una victoria muy holgada sobre el principal partido de la oposición, la Alianza Democrática (DA). Una victoria que superaría el 40% de los votos pero no alcanzaría el 50% que el partido de Mandela siempre había rebasado con suficiencia hasta ahora.

Esto obligaría al antiguo movimiento de liberación a buscar el apoyo de otros partidos en el Parlamento para gobernar, o a formar una coalición que implique la entrada en el Ejecutivo de uno o varios socios de Gobierno minoritarios.

Las razones de la caída

Más que del desgaste inevitable que suponen tres décadas ininterrumpidas de Gobierno, la posible caída del ANC por debajo del umbral mencionado es fruto de una gestión negligente y destructiva que acerca al que fuera en su día y con mucha diferencia el país mejor gobernado de África a la categoría de Estado fallido.

En estos treinta años de agobio a lo privado y deterioro generalizado de lo público, las políticas colectivistas y el revanchismo racial del ANC han condenado a Sudáfrica a la criminalidad rampante, al paro masivo crónico y a una degradación de los servicios básicos que ha convertido en un lujo el suministro ininterrumpido de agua corriente y electricidad.

El descontento resultante anuncia una caída electoral histórica de los responsables de la debacle. Pero la pérdida de la mayoría absoluta del ANC difícilmente se traducirá en una mejora de la situación de los sudafricanos a corto plazo.

El mapa político sudafricano

Segundo en las encuestas con algo más del 20% de la intención de voto está la DA, el partido más votado por la minoría blanca. Esta formación centrista, liberal y pro-occidental popular también entre las minorías coloured e india viene avalada por sus éxitos de gestión en el Cabo Occidental, una de las dos provincias del país donde la población negra no es mayoritaria.

Desde que en la década del 2000 tomara el poder en el ayuntamiento de Ciudad del Cabo y el gobierno regional, la DA puede presumir de las cuentas más saneadas de Sudáfrica, de la mejor labor de mantenimiento y construcción de infraestructuras y de las mejores cifras de creación de empleo.

Pero la desconfianza que provoca en buena parte de la población su imagen de partido de los blancos sigue mermando su potencial de crecimiento electoral.

Con algo más del 10% de los votos en los sondeos vienen después de la DA los boinas rojas de Julius Malema, los Economic Freedom Fighters (EFF), una escisión radical del ANC que propugna la redistribución por la fuerza de la tierra y fundamenta abiertamente su discurso en la animosidad racial.

Un porcentaje parecido obtendría el partido del expresidente ultracorrupto Jacob Zuma, uMkhonto we Sizwe o la lanza de la nación, que debuta en unas elecciones con el nombre del antiguo brazo armado del ANC. El zulú Zuma amenaza al partido al que dedicó su vida con una versión igualmente radicalizada del antiguo movimiento de liberación que espera capitalizar la popularidad de su líder en la tierra de los zulúes, la provincia de KwaZulu-Natal.

Con bastantes menos apoyos declarados concurre una constelación de pequeños partidos de distinta orientación ideológica y filiación étnica que en ningún caso superan por separado el 5% del voto pero podrían ser decisivos para decantar la balanza.

Las posibles coaliciones

En este escenario político fragmentado, el ANC deberá elegir dónde buscar apoyos si no alcanza más de la mitad del voto.

En caso de quedarse a pocos puntos, o a unas décimas, del 50%, al partido del actual presidente y candidato a la reelección Cyril Ramaphosa le bastaría con cooptar a las formaciones minoritarias que le son más afines. Esta opción le permitiría seguir gobernando con relativa comodidad y sin hacer cambios durante otro ciclo electoral de 5 años, lo que no sería necesariamente una buena noticia para los sudafricanos.

Todas las demás opciones se antojan bastante más tormentosas.

La posibilidad más natural podría parecer, a priori, una entente con los boinas rojas de Julius Malema, lo que traería una radicalización de las políticas más dañinas del ANC. Pero las diferencias de temperamento y programa (aunque sólo sea en el tempo al que unos y otros quieren hacer la revolución) entre ambos movimientos auguran un entendimiento complicado.

El mismo riesgo de acelerar la deriva del país, y dificultades aún mayores de entendimiento con otro antiguo camarada rebelde, acompañarían a una coalición con el uMkhonto we Sizwe de Zuma.

En estas circunstancias, la única oportunidad de que la situación mejore a corto plazo para Sudáfrica parece ser que el ANC renuncie a echarse al monte con los revolucionarios y opte por la moderación buscando una alianza con la DA.

En el mejor de los casos, el partido del hoy jefe de la oposición John Steenhuizen aportaría cierto pragmatismo y ortodoxia económica en el Gobierno a cambio de claudicar con alguna iniciativa populista del ANC para hacerse perdonar ante sus electores por haberles devuelto al poder a los blancos.

Un riesgo necesario

Ninguno de estos escenarios es fácil, y alguno de ellos podría resultar catastrófico. Pero que el ANC pierda su mayoría absoluta es un primer paso hacia la liberación de los sudafricanos de su antiguo movimiento de liberación.

Aplazar esta primera encrucijada otros cinco años no haría más que profundizar en la actual crisis, para haber de afrontar los mismos riesgos más tarde en una situación aún peor.