El público tiene derecho a ver estos abusos con sus propios ojos. Debemos poder juzgar por nosotros mismos, evitando que reporteros quizás sesgados decidan por nosotros.

Si estuvieras cambiando de canal entre CNN y Fox News después del interrogatorio a Stormy Daniels en el caso penal de Nueva York contra el expresidente Donald Trump, habrías tenido la impresión de que el comentarista de CNN, que afirmaba estar informando lo que sucedió en la sala del tribunal, describió un evento completamente diferente al del reportero de la otra cadena, que también estaba en la sala del tribunal. Era como si hubieran escuchado a dos testigos y dos abogados diferentes.

El presentador de CNN informó que Daniels había hecho un gran trabajo resistiendo el incompetente contrainterrogatorio del abogado de Trump. El de Fox News, que el letrado, extraordinariamente eficaz, había destruido completamente la credibilidad de la actriz porno.  ¿En quién deberías creer? El primero era un abogado experimentado que decía describir con precisión lo que había sucedido. Sin prejuicios ni subjetividad. El segundo era un exjuez y fiscal con amplia experiencia, y  también aseguró describir libre de prejuicios. La versión de uno era completamente negra, la otra, inequívocamente blanca. Ninguno pretendió siquiera un asomo de gris. No había matices.

Si el juicio hubiera sido televisado, el color dominante habría sido el gris. Los contrainterrogatorios a lo Perry Mason son raros en la vida real y testigos como Daniels rara vez salen ilesos cuando cuestionados, incluso por abogados mediocres.

A nosotros, el público estadounidense, se nos negó el derecho a juzgar por nosotros mismos cómo va el caso contra el otrora y posiblemente futuro presidente. No podemos sopesar la credibilidad de los testigos, la imparcialidad del juez o la eficacia de los abogados, sino que dependemos de relatos subjetivos y en general sesgados en boca de reporteros a menudo partidistas.

Si "la luz del sol es el mejor desinfectante", la falta de visibilidad es una importante fuente de desconfianza.

Las encuestas posteriores al caso de OJ Simpson sugirieron que aquellos que vieron personalmente el juicio por televisión se sorprendieron menos por el veredicto de no culpabilidad que quienes sólo se informaron por medios de comunicación, que mayormente describieron el proceso como uno resuelto de antemano. Predijeron, en general, que sería encontrado culpable. Minimizaron u omitieron lagunas en el caso de la fiscalía y errores cometidos por los fiscales que pueden haber llevado a los jurados a encontrar dudas razonables.

Lo mismo podría ser cierto en el caso de Trump, excepto que estamos obligados a mirarlo a través del prisma de los reporteros. Aquellos que buscan noticias en fuentes anti-Trump se sorprenderán e indignarán si hay una absolución o un jurado dividido en este sólido caso contra el expresidente. Quienes recurren a fuentes pro-Trump se sorprenderán e indignarán si este caso tan endeble acaba en una condena.

Obligarnos a confiar en fuentes secundarias y partidistas en lugar de nuestros propios ojos deriva, inevitablemente, en una creciente desconfianza en el sistema judicial.

El resultado de hacernos confiar en fuentes secundarias partidistas en lugar de nuestras propias observaciones directas es la inevitable desconfianza en el sistema de justicia. Si "Sunlight is the best disinfectant" ("la luz del sol es el mejor desinfectante"), la falta de visibilidad es una importante fuente de desconfianza.

Todo juicio importante que involucre a figuras públicas debería ser televisado. Estos días comenzó el juicio contra el senador Robert Menéndez. También debería publicarse para que el público pueda ver cómo el Poder Judicial aborda un proceso tan importante, en que un miembro del poder legislativo se sienta en el banquillo. Hasta la Corte Suprema permite ahora transmisiones de audio en directo. Ojalá pronto permitan la transmisión por televisión, ya que hay poca diferencia entre escuchar y ver a magistrados y abogados.

Nuestro derecho a juzgar

Los redactores de la Constitución pretendían que todos los procedimientos judiciales fueran públicos, no querían juicios secretos. En aquel entonces, público significaba abierto a periodistas de medios impresos. Hoy, significa difundir por audio y video.

El juicio de Trump en Nueva York es un escándalo nacional. No existe un crimen que juzgar. El juez permitió testimonios altamente perjudiciales e irrelevantes. Dictó numerosas sentencias injustas, que la fiscalía buscó aprovechar. El público tiene derecho a ver este abuso con sus propios ojos, para que todos podamos juzgar por nosotros mismos en vez de permitir que periodistas acaso parciales decidan por nosotros.

Michael Cohen, testigo estrella del gobierno, aparece frente al jurado esta semana. Su credibilidad promete ser un factor clave, todo ciudadano debería poder evaluarla. No existe razón alguna para permitir que CNN nos diga si Cohen es o no confiable cuando podríamos arribar a una conclusión diferente basándonos en nuestros propios ojos.

© Gatestone Institute