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Informe desde Ucrania: por qué luchan

Me chocó y sorprendió una respuesta recurrente: por favor, no traten de obligar a nuestro país a firmar la paz con los invasores.

Un combatiente ucraniano, en una trinchera en el frente de Bajmut.

Un combatiente ucraniano, en Bajmut / Cordon Press.

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En mayo pasé un tiempo cerca de Bajmut, en el este de Ucrania, con comandantes y soldados que han estado luchando –a veces durante meses– contra los invasores rusos en esa ciudad devastada. La de Bajmut está siendo una de las batallas más largas que se hayan registrado en cualquier parte del mundo desde 1945, y es, con diferencia, la más brutal de este conflicto: rusos y ucranianos luchan a menudo cuerpo a cuerpo, la artillería martillea la ciudad hasta dejarla como quedó Stalingrado en la II Guerra Mundial y los niveles de mortalidad no tienen parangón con los registrados en ningún otro lugar en esta despiadada guerra de Putin.

Hablando con esos hombres curtidos en mil batallas, su gratitud por el armamento, las municiones y los equipos suministrados por Occidente era palpable y a veces conmovedora. Nos atribuían el mérito de haberles mantenido con vida y luchando. Les pregunté qué era lo que más necesitaban de nuestros países. Por supuesto, siempre decían que más armas, más municiones, más tanques, más proyectiles y aviones de combate. Pero me chocó y sorprendió otra respuesta recurrente: por favor, no traten de obligar a nuestro país a firmar la paz con los invasores.

Lo decían hombres que han visto caer a sus hermanos de armas, destrozados por las balas, las bombas, las esquirlas de los proyectiles; que han luchado para impedir que la vida se desprendiera de los cuerpos destrozados de sus camaradas; que han soportado la percusión enervante de los interminables bombardeos de artillería y que han arriesgado sus propias vidas cada hora que han pasado en la ciudad en ruinas. En un momento dado, la mortífera realidad de la vida en Bajmut se nos hizo patente cuando vimos flotas de ambulancias cargadas que pasaban a toda velocidad junto a nosotros, alejándose de la zona de combate.

Con su rotundo rechazo a las negociaciones de paz, ¿estaban estos combatientes desmintiendo las palabras del general estadounidense Douglas MacArthur en su famoso discurso sobre el deber, el honor y la patria pronunciado en West Point: "El soldado reza por la paz más que nadie, porque él es quien ha de sufrir y soportar las heridas y cicatrices más profundas de la guerra"?

No les hice esa pregunta porque comprendí inmediatamente lo que había detrás de su lúgubre determinación de seguir luchando, a pesar de todo el horror.

Antes había visitado la vecina Izium, donde la ocupación rusa está marcada no sólo por los hospitales, las escuelas, las casas y bloques de apartamentos destrozados y con impactos de bala, sino por las tumbas poco profundas en medio del bosque, ahora vacías y cada una marcada por una cruz de madera toscamente tallada.

Tras la expulsión de los rusos como consecuencia de la contraofensiva del Ejército ucraniano del pasado septiembre, se exhumaron allí 447 cadáveres, en su mayoría de hombres, mujeres y niños civiles, casi todos con signos de muerte violenta, muchos ejecutados, algunos mutilados y otros con las manos atadas. Los bosques de los alrededores están llenos de rasguños de tanques, de grandes agujeros donde los blindados rusos se habían atrincherado para proporcionar protección adicional contra la artillería y el fuego antitanque y contribuir a la ocultación desde tierra y aire. En uno de esos agujeros se encontraron los cadáveres de 17 soldados ucranianos. Antes de amontonarlos, los rusos arrojaron sobre ellos una mina antitanque para matar y mutilar a los encargados de desenterrarlos.

Algunos de los civiles muertos habían sido llevados a esos bosques desde la ciudad de Izium y desde Balakliia, a pocos kilómetros de distancia. En ambos lugares recorrí comisarías de policía con celdas miserables y sótanos sin luz donde los rusos habían encerrado a sus cautivos, hombres, mujeres y niños; y los habían aterrorizado, torturado, agredido sexualmente y asesinado.

Unos días después vi los mismos espantosos escenarios en Bucha, cerca de Kiev. Lugares así se encuentran en muchas ciudades y pueblos ocupados por los rusos. Recuerdan terriblemente a los centros de tortura y exterminio nazis que he visitado en Polonia, Francia y la isla de Alderney, en el Canal de la Mancha. Como estos, merecen ser preservados; como recordatorio del mal que hacen los hombres y en memoria de las pobres almas que sufrieron tan terriblemente bajo la bota rusa.

En las zonas del país que el ejército de Putin ocupó tras la invasión de febrero del año pasado también han secuestrado niños ucranianos, bebés incluidos. Masivamente. El Gobierno de Kiev ha documentado hasta ahora 19.393 casos, pero es muy probable que haya muchos más que aún no han sido identificados. Algunos permanecen retenidos en zonas de Ucrania que el Ejército ruso sigue ocupando, y otros han sido trasladados a territorio ruso.

Al igual que la tortura y el asesinato de civiles en Izium y en otros lugares, y la ejecución sumaria de prisioneros de guerra, estos secuestros son crímenes de guerra. Por ellos, la Corte Penal Internacional dictó en marzo órdenes de detención contra Vladímir Putin y su sedicente comisionada para los Derechos del Niño, Maria Lvova-Belova.

Las fuerzas y los burócratas civiles de Putin han secuestrado a niños de orfanatos y hogares infantiles, se los han quitado directamente a sus padres o se los han llevado para cuidarlos tras matar a sus familias. Algunos han sido acogidos o adoptados a la fuerza en ciudades como Moscú, San Petersburgo y Rostov. A veces les cambian el nombre y la fecha de nacimiento para hacerlos ilocalizables. Los niños ucranianos que defienden su tierra natal, cantan el himno nacional o hablan mal de Putin son reeducados por las autoridades rusas, en un proceso que incluye largos periodos de detención y aislamiento, intimidaciones, palizas salvajes. Algunos han sido alistados en un ejército juvenil ruso, en el que se les entrena y prepara para luchar algún día contra su propio pueblo.

En Kiev conocí a las desconsoladas madres de algunos de estos niños, cada una de las cuales vive un infierno que no terminará hasta que le devuelvan a sus hijos e hijas. El Gobierno ucraniano y la ONG Save Ukraine, así como los padres que pueden, están haciendo grandes esfuerzos para recuperar a esas criaturas, pero hasta ahora sólo un número muy pequeño ha vuelto a casa. Mientras que la tortura y el asesinato no pueden deshacerse, el secuestro de niños por parte de Rusia sí, y es inexplicable que no se haya generado una oleada indignación internacional a gran escala.

El secuestro de niños ucranianos tiene ecos monstruosos del Tercer Reich, que separó por la fuerza a por lo menos 20.000 niños polacos de sus familias y los transportó a Alemania; el mismo número que el de niños que sabemos han sido secuestrados por Putin hasta ahora. Muchos de esos niños polacos se enfrentaron a un destino casi idéntico al de los niños ucranianos secuestrados hoy.

Volviendo a los defensores de Bajmut: el conocimiento de estas perversas depredaciones es la razón por la que luchan; y la razón por la que ellos y los hombres que luchan en los otros campos de batalla de Ucrania están decididos a seguir atacando, conteniendo a los invasores a las puertas de sus familias hasta hacerlos retroceder más allá de sus fronteras, sin importar el coste personal que pueda suponerles.

© Gatestone Institute

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